El “peligro” de las políticas mexicanas para el canciller brasileño

Columna publicada en Univisión el 28 de julio de 2016.

“Debo decir, querida ministra, que México, para los políticos hombres en Brasil, es un peligro, porque descubrí acá que la mitad de las senadoras son mujeres”, le dijo esta semana el canciller brasileño José Serra a su homóloga mexicana, Claudia Ruiz Massieu, durante una visita oficial a México.

Lastimosamente el chiste machista del canciller es mucho más que un chiste, es un síntoma de uno de los gobiernos más sexistas de todo el continente: el presidente interino, Michel Temer, tiene un gabinete con 23 hombres blancos, la primera vez en cuatro décadas, desde tiempos de la dictadura militar.

Este es el panorama de la representación política en Brasil desde la revocatoria del mandato de la presidenta Dilma Rousseff, la primera presidenta mujer en la historia de Brasil y una de las defensoras de derechos humanos más aguerridas de toda Sudamérica. Fue evidente que el sexismo se usó como una herramienta para sacarla del poder. Y no es que Rousseff fuera perfecta, no.

Pero son muchos los políticos hombres que, como Rousseff, han sido acusados de “pedaladas fiscais”, de maquillar las cuentas públicas, pero solo en el caso de la presidenta estas acusaciones tuvieron tamaña consecuencia. El sexismo simbólico en la campaña para sacarla de su cargo era descarado. Los periódicos titulaban “Regrésate a la casa” y en los coches, alrededor del orificio del tanque de gasolina, pegaron stickers con la cara de la presidenta y unas piernas abiertas, para violarla simbólicamente, una y otra vez, con la manguera de gasolina.

El sexismo en Brasil, lastimosamente, no se quedó en lo simbólico. Los mismos políticos que sacaron a Rousseff a patadas del poder, se dedicaron a pasar una serie de leyes que retroceden de manera directa y significativa los derechos de las mujeres: se aprobó el Estatuto do Nascituro, que reconoce a los embriones humanos como personas desde la concepción; se definió “familia” en la Constitución como la “unión de un hombre, una mujer y sus hijos”; también se pasaron proyectos para prohibir discusiones sobre el género en el Plan Nacional de Educación y para criminalizar el aborto cuando el embarazo es fruto de una violación.

El sexismo del Estado brasilero ha afectado de manera directa y negativa las vidas de las mujeres, desde su presidenta hasta cada una de sus ciudadanas.

Por eso no es chistoso cuando el canciller Serra comenta que la paridad en la representación política es un “peligro”. Primero porque el peligro es que no haya representación de las mujeres: un Estado que solo está encarnado en cuerpos de hombres no puede entender el problema estructural de la desigualdad de género.

Mientras la representación es una ganancia para la democracia, es un peligro para el status quo patriarcal y machista de un mundo pensado solamente por y para los hombres. La representación no es garantía de que haya avances en los derechos de las mujeres. México es un excelente ejemplo de cómo “ser mujer en la política” no te dota en automático de perspectiva de género ni te quita el machismo cultural. Pero lo que sí es innegable es que excluir a las mujeres de la participación política limita las perspectivas en la construcción de política pública y relega los problemas que padece la mitad de la población a una preocupación minoritaria. El chiste del canciller es apenas un síntoma lo que pasa cuando el sexismo es política de Estado.

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