Algunas chicas nos cuentan sobre la primera vez que se sintieron poderosas

Texto publicado en Vice el 4 de agosto de 2016. Con su versión en Inglés para Vice Internacional.

CATALINA, 33, COLOMBIA

Hace unas décadas, cuando la gente votaba en Colombia, tenía que hundir el dedo en una tinta cuasi-indeleble que servía como una marca para que nadie votara dos veces. Yo era una niña entonces. Sé que era muy niña porque cuando mi bisabuela me llevaba de la mano yo tenía que levantar el brazo.

Calculo que sería 1986, cuando fueron las elecciones para presidente en las que ganó Virgilio Barco. Mi bisabuela me llevó a votar con ella, habló con el encargado para que me dejara entrar con ella a marcar el tarjetón y para que me dejaran hundir el dedo en la tinta también. Recuerdo que me dió mucho orgullo, no creo que supiera exactamente por qué, pero vi la emoción en la cara de mi bisabuela, que para entonces tendría 86 años.

Carlota, mi bisabuela, nació en 1900 y siempre tuvo ideas políticas muy apasionadas. Aprendió a leer de manera autodidacta a los 15 años, y desde entonces siguió con vehemencia todos los debates de la opinión pública. Militó brevemente con las sufragistas. Reventó el puño contra la mesa de dominó alguna vez discutiendo de política. Pero no pudo votar si no hasta que tuvo 57 años. Ella quería que yo supiera lo importante que era ese reconocimiento de participación política. Sabía, quizás, que mi generación lo daría por sentado, olvidando a veces el largo trabajo de tantas mujeres antes que nosotras para que pudiéramos votar.

Carlota se murió cuando yo tenía 17 años, un año antes de que yo cumpliera la mayoría de edad. De todas formas hizo que a lo largo de mi niñez y adolescencia siempre la acompañara a votar. Y entré con ella hasta el cubículo hasta las elecciones de 1994, cuando ganó Samper. Esta vez, ella le decía a los jurados de votación que su vista estaba gastada y que yo le ayudaría a leer. Hoy a mí me hace sentir poderosa saber que gracias al trabajo de tantas mujeres yo tengo derechos que eran impensables para las mujeres de unas generaciones atrás. Eso quiere decir que los derechos son conquistables, y que los movimientos de mujeres son poderosos.

La lucha por la equidad de género ha sido la revolución social más eficiente y permanente de los últimos siglos, y se construyó con las manos de muchas mujeres, que como mi bisabuela, hicieron su parte, así fuera tan solo enseñándole a una nieta el orgullo de votar.

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