Carta de una feminista en respuesta al presidente Obama

Columna publicada el 4 de agosto de 2016 en Univisión.

Querido señor presidente:

Cada vez que un hombre poderoso, como usted, o como Justin Trudeau, Primer Ministro de Canadá, dicen públicamente que son feministas se siente una especie de satisfacción o alivio al ver esos mismos argumentos que esgrimimos a diario las feministas, en otra voz, la voz de alguien que será validado sin cuestionamientos y luego un poco de tristeza, al saber que esta otra voz valida nuestro discurso solo con asumirlo.

No es un gesto menor, es muy, muy importante que el presidente de los Estados Unidos, uno de los países más influyentes cultural, política y económicamente en el mundo se declare feminista. Porque parece que el feminismo fuera un problema de nicho, como si las “cosas de mujeres” no afectaran a más de la mitad de la población. El género es una forma de organización social, no solo una identidad. Aún así los hombres rara vez se interesan en la defensa de nuestros derechos, es una conversación incómoda porque para los hombres esto significa perder privilegios, y porque algunos hombres no son capaces de participar en una conversación en la que no sean protagonistas. Así como es importante que las mujeres tengamos modelos, en la ficción y en la vida real, de mujeres fuertes, exitosas, asertivas, seguras de sí mismas, diversas y complejas; es importante que los hombres tengan modelos de hombres que puedan ser feministas, que ayuden a convertir el respeto, la igualdad y la defensa de los derechos de las mujeres en algo aspiracional. Los hombres necesitan poder imaginarse cómo es un hombre que apoya los derechos de las mujeres. Estos arquetipos son tan escasos como los de las mujeres fuertes, independientes, y autosuficientes.

Pero luego de los elogios es importante recordar, que esta declaración de ser feminista, la hace desde un lugar de poder, con la autoridad incuestionable que le da su cargo y su género, que cuando usted dice estas cosas recibe aplausos, pero cuando las mujeres las dicen recibe críticas, estigmatización, rechazo, golpes y hasta amenazas de muerte. Lo que usted acaba de decir es lo mínimo que debería decir cualquier hombre inteligente, sensible y justo.

Demasiados hombres se suman a la defensa de la igualdad porque les conviene directamente a ellos (para poder llorar y tener una vida emocional multidimensional, por ejemplo), o porque, como usted, tienen esposa, madre, hermana, hijas (aquí sigue primando su conveniencia) o porque al decirse feministas reciben ovaciones y hasta aumentan su sex appeal. Son motivos egoístas, pero hasta se valen, siempre y cuando el resultado sea una igualdad de género real, palpable, revolucionaria. Sin embargo el feminismo es una lucha por una sociedad justa. Y ojalá esta fuera siempre la principal razón para ser feminista.

El feminismo combate, desde la crítica, la cultura, el activismo, la política, el arte, y todos los flancos posibles, a una desigualdad de poder de género que es una máquina perversa que cobra las vidas de las mujeres a diario. Los feminismos confluyen en la defensa de una verdad que debería ser evidente: que las mujeres somos personas, y por eso tenemos derechos. Por eso, considerar nuestro tiempo, nuestras dobles y triples jornadas de trabajo doméstico, y de cuidado doméstico y emocional, o señalar que el mundo está diseñado para que nuestras virtudes se vuelvan en nuestra contra, es lo mínimo que esperamos de un presidente como usted y de todos las y los presidentes.

Pero más que eso, esperamos que sus palabras no se queden en la anécdota personal o en una estrategia de campaña, o un modelo de discurso para que otros hombres repliquen, esperamos acciones reales y concretas que mejoren las vidas de las mujeres: garantizar el acceso al aborto en todo el territorio, acabar de manera real con la discriminación laboral, un Estado que le crea a las víctimas, que tome responsabilidad por el bienestar y crianza de la niñez y el cuidado de la tercera edad en vez de relegar el trabajo a las mujeres, igualdad de representación política, educación con perspectiva de género desde el comienzo, acciones afirmativas para ayudar a avanzar a las mujeres profesionalmente en todos los campos y muchas otras políticas públicas que reconocen las necesidades de las mujeres como ciudadanas.

Usted se enfoca bien en lo cultural, en los valores, en lo simbólico. Y tiene razón. Eso es clave. Pero no hay que olvidar que lo es también el cambio de políticas públicas. Cambio real, no solo la intención de un cambio. Una responsabilidad que no es única del presidente, sino de todo el gobierno. Y no solo para las mujeres estadounidenses, igualdad también para las negras, las latinas, las indígenas, las migrantes, las indocumentadas, las explotadas, las que viven con alguna discapacidad. También las mujeres que alrededor del mundo vivimos a diario, en nuestras vidas cotidianas, el impacto de las políticas norteamericanas.

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