La manzana

Columna publicada en El Espectador el 4 de agosto de 2016.

En el mito fundacional de la cosmogonía judeocristiana, Adán y Eva fueron expulsados del “Paraíso” por caer en “la tentación de morder el misterioso fruto del «Árbol del conocimiento»”. Adán y Eva, “menores de edad”, no saben, por lo tanto, no tienen “culpa” (o responsabilidad). Morder del fruto del Árbol del conocimiento les levanta un velo de los ojos. Esa desobediencia por “querer saber”, que es en esencia una postura crítica ante la autoridad (Dios), hace que Adán y Eva sean expulsados del Paraíso cargando con el “pecado original”.

Uno puede hacer muchas interpretaciones de esta historia paradigmática del pensamiento occidental. Por ejemplo, uno podría entender que es propio de lo humano el interés por el conocimiento y que con la expulsión del Paraíso nació el libre albedrío. Otra interpretación, que confunde inocencia con ignorancia, apunta a que el conocimiento es malo y que debemos obedecer ciegamente a la autoridad religiosa sin cuestionarla. Aunque esa obediencia a la doctrina judeocristiana es selectiva. Nadie impulsa referendos para prohibir el cerdo y el camarón. En realidad esa “obediencia ciega” se ocupa de defender a toda costa las estructuras tradicionales de poder y el statu quo. Aquí nace una de las vetas más nefastas del cristianismo: una persecución contra la ciencia, y contra cualquier individuo que cuestionara estas estructuras de poder, y que llevó a muchos y muchas a la hoguera. Los cristianos (y quienes hemos sido educados en la cultura cristiana) le debemos a la humanidad todos estos asesinatos, cometidos en defensa de la ignorancia y el poder, pero en nombre de la fe.

Estas ideas han permeado la educación colombiana, que históricamente ha estado en manos de grupos religiosos y siguen siendo el primer obstáculo para que nuestro país sea verdaderamente laico. La revista colombiana Juventud Femenina publicó en 1958 (cuando ya las mujeres teníamos derecho al voto) un test para que sus lectoras descubrieran “¿qué tan católica eres?” La pregunta ocho era: “¿Te atreves a opinar en contra de la jerarquía «porque tú puedes pensar muy bien» sin necesidad de orientación?”. Antes, como hoy, educar en la crítica antes que en la obediencia es algo que se percibe como peligroso en Colombia. Socialmente “desestabilizador”. Por eso el temor a la educación sexual. La educación crítica es peligrosa porque el miedo y la ignorancia son mecanismos de control de la población.

Mecanismos violentos de control, como lo muestra la historia de Sergio Urrego, cuyo suicidio fue provocado por el matoneo institucional de su colegio, que aferrado con uñas y dientes a la heteronorma, fue incapaz de respetarlo en su identidad sexual. Y como él muchas, muchos, muches, que han caído en la depresión y el suicidio por el trato cruel de unos fieles que paradójicamente profesan la compasión. La única manera efectiva de resolver el problema de salud pública que es la violencia de género es educando a las nuevas generaciones en el respeto por los derechos y por la diversidad. Porque aunque estos creyentes (antiderechos) cierren sus ojos “en oración” para negar la diversidad sexual y de género, para negar el derecho de las mujeres sobre sus cuerpos, éstos siguen estando ahí. Las cosas no desaparecen con desconocerlas. Ya no estamos en el Jardín del Edén.

Quizá no son todos los cristianos. Pero sí es específicamente la religión cristiana y católica la que ha servido de escudo y propulsor a los grupos antiderechos. Por eso cualquier cristiano que tenga una postura crítica frente a estos miedos irracionales, que más que religión son una defensa del statu quo, tiene la obligación ética de incidir en su comunidad y no quedarse impávido y callado ante la violencia y la injusticia que se cometen en su nombre. La cruzada que han emprendido grupos ultraconservadores (entre los que se cuentan varias funcionarias y funcionarios públicos usando la voz y los recursos del Estado) en contra de la educación sexual y con perspectiva de género, es un ejemplo de que el empecinamiento en la ignorancia sigue cobrando vidas. Ser buen cristiano es hacerles ver a otros cristianos que la homofobia mata.

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