Cuidado con los balcones

Columna publicada el 11 de agosto de 2016 en El Espectador.

La semana pasada, el cuerpo de la modelo caleña Stephanie Magón amaneció desnudo en una calle de la colonia Nápoles, un barrio de clase media en la Ciudad de México.

Aunque Édgar Elías Anzar, presidente del Tribunal Superior de Justicia de México, dijo a los medios que la modelo había sido víctima de un feminicidio, que la cogieron a golpes hasta matarla (tenía la mandíbula fracturada y desprendimiento de los dientes y rasgos de violencia sexual), dos días más tarde la Procuraduría de la Ciudad de México PGR (que es algo así como la Fiscalía) desmintió a Anzar y dijo que la modelo se había suicidado.

Y no es la única. Un extraño impulso por desnudarse y tirarse del balcón aqueja a las colombianas que llegan a México. En la misma madrugada de la “caída” de Magón, la ibaguereña Sara Ramírez Bonilla, de 22 años, que estaba en Cancún con su novio, “se tiró” del balcón. En el 2012, la cantante y modelo Diana Alejandra Pulido Duque, de 27 años, “se lanzó” de un séptimo piso en la colonia Polanco. Los medios se dieron un festín morboso contando cómo solo vestía “una tanga azul”. Luego de la caída, el hombre que acompañaba a Pulido escapó del edificio. Una vecina —que luego se retractó— dijo que la escuchó gritar “no me bote”, pero la PGR dictaminó que había sido un accidente. El periódico Excélsior tituló “Baile seductor provocó muerte de cantante colombiana”.

Además está Mile Virginia Martín, conocida por ser una de las víctimas del infame multihomicidio que ocurrió exactamente hace un año en la colonia Narvarte (justo al lado de la Nápoles). Martín no “se cayó” del balcón, la encontraron brutalmente asesinada en su apartamento, desnuda y con la ropa interior en la boca. Por ser colombiana se convirtió, casi inmediatamente, en el chivo expiatorio del crimen y aunque hay poca información sobre ella en el expediente, los medios dieron por sentado que era “la culpable” de su propia muerte y de las otras cuatro personas que asesinaron en el apartamento. Los medios y las autoridades hablan de estas colombianas intercalando la palabra “modelo” con “edecán” (que en México puede ser un eufemismo para la prostitución prepago). Sin embargo, la insinuación no pasa del chisme, si la PGR de verdad pensara que estas mujeres están vinculadas con redes de prostitución y delincuencia, ¿por qué no investiga a las agencias de modelos que las trajeron? Y, si estas agencias son legales, ¿por qué dejan en semejante estado de vulnerabilidad a sus empleadas?

No es que los feminicidios sean algo raro en México. Pero al ser mujeres migrantes no hay familia, ni redes, y muchas veces ni siquiera el ejercicio de plena ciudadanía. Una mujer extranjera y sola en México tiene muchas razones para tener miedo, pero, además, si eres colombiana, estás sujeta a una constante estigmatización. Es tan grave que, tras la muerte de Magón, el gobierno de la Ciudad de México, ingenuamente, recomendó a los chilangos no decir “colombiana” sino “persona de nacionalidad colombiana” para “no estigmatizar”. Cuando Trump dijo que los migrantes mexicanos eran unos violadores, Latinoamérica entera saltó para mostrar su solidaridad. Con inmensa hipocresía, México niega esa solidaridad a los y las migrantes que recibe en su territorio y vilifica deliberadamente a las mujeres centro y suramericanas que llegan al país solas, y esa estigmatización contribuye a la impunidad. Ah, pero si las víctimas fueran europeas o estadounidenses, esto sería un escándalo internacional.

Tristemente, ni siquiera es escándalo ni para la Cancillería colombiana, que se limita a contactar a las familias para repatriar los cuerpos (a veces se demoran tanto que llegan a Colombia en cajas y descompuestos). Lo peor es que validan el discurso de la PGR, que anuncia oronda que todas las diligencias y entrevistas se han hecho en presencia de representantes de la embajada. Desde que quitaron la visa para entrar a México, el consulado colombiano no da abasto con el sinnúmero de abusos que enfrentamos en el aeropuerto y no alcanza a prestar ayuda legal para las familias de estas víctimas ni hace seguimiento a los crímenes. Como mínimo en Colombia tendríamos que preguntarnos ¿por qué tantas colombianas jóvenes migran en estas condiciones de extrema vulnerabilidad? y ¿es que acaso una vez salen del país nos deja de importar su vida y su dignidad?

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