Las marchas del odio (y una esperanza)

Columna publicada el 13 de agosto de 2016 en El Heraldo.

Las Marchas de odio el miércoles en Barranquilla son una vergüenza para la ciudad. Fue un tenebroso contrasentido llenar la Plaza de la Paz con un reclamo por la discriminación y la violencia; un testimonio de la ignorancia y fanatismo conservador de muchos barranquilleros. El alcalde Char, como sabe que esos son votos, dio unas declaraciones ni fu ni fa: “Barranquilla es incluyente pero cree en los valores familiares”. Pero no, Barranquilla no es incluyente, y usa el término “valores familiares” para justificar una discriminación que, además de ser inconstitucional, cobra vidas: el Caribe es la región de Colombia con más crímenes de odio contra la población LGBTI.

Por eso, estos discursos violentos no merecen “tolerancia”. Yo no voy a tolerar que la gente haga comentarios o tenga comportamientos homofóbicos en frente mío. ¿Tolerar la discriminación? Eso debería ser intolerable. Mejor hablar de respeto. Yo puedo no tolerar la homofobia y respetar los derechos de una persona. De hecho, cuestionar la homofobia de alguien es una forma de respeto, eso de “mejor ni le digo nada” es franca condescendencia. Y también se vale ridiculizar esos argumentos absurdos de que “hay una conspiración mundial para volver a los y las niñas homosexuales”. Esa “ridiculez” que no tiene nada de inofensiva, y más bien es bastante violenta, merece toda la ridiculización del mundo.

Parece que esto se tratara de una disputa entre distintos puntos de vista sobre cómo ver el mundo, pero en realidad tiene que ver con el derecho al acceso a la información de los, las y les niñes, que tienen derecho a tener información veraz y oportuna sobre sus derechos sexuales y reproductivos (entre esos, el derecho a no ser discriminades por su orientación sexual o identidad de género). Recuerdo que en el colegio, en algún punto nos embolataron la clase de Orientación sexual y ese papel lo suplió la profesora de Religión (¡imagínense!) quien nos insistía en que “los anticonceptivos eran pecado”. Nos falló el colegio cuando nos puso a una profesora que enturbió la información que teníamos sobre anticoncepción, sin hacer un contrapeso que nos informara cómo se usan y funcionan los anticonceptivos desde la ciencia y porqué son importantes para el proyecto de vida desde la laicidad. No hacerlo genera problema de salud pública (discriminación, depresión, suicidio, embarazo adolescente). La salud sexual y reproductiva de los y las colombianas no puede garantizarse sin información.

Quizás la única esperanza tras las Marchas de odio es que hace unos años la ultraderecha-anti-derechos ni siquiera tenía que marchar. Eran indiscutibles sus “razonamientos” que niegan de tajo la diversidad. Hoy de hecho, se está implementando política pública para cambiar nuestro estado permanente de discriminación. Y no hay que olvidar que aunque Santos se desmarcara del documento Ambientes escolares libres de discriminación, son varias las sentencias de la Corte que mandan educación sexual con perspectiva de género, y tarde o temprano se tendrán que implementar. La igualdad es imparable y las Marchas de odio son una reacción al comienzo del fin de un modelo basado en la desigualdad.

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