De paraíso a purgatorio

Columna publicada el 20 de agosto en El Heraldo.

De eso tan bueno no dan tanto, parecen decirle a la ciudad el alcalde y la Constructora Bolívar con su anuncio de que las 51 hectáreas de terreno, liberadas por el Batallón Paraíso, no serán todas para el disfrute de todos los barranquilleros. 34 hectáreas serán para espacio público (¿pavimentado?) y solo 25 hectáreas se destinarán a hacer un parque (que ellos llaman “megaparque” aunque ni se compara con las 283 hectáreas que tiene el Parque Nacional o las 400 del Parque Simón Bolívar). El resto del terreno será para vías, y 17 hectáreas para edificaciones en donde piensan embutir 6.000 viviendas en torres de hasta 20 pisos. Imagínense el infierno que va a ser, en términos de tráfico, los al menos 6.000 vehículos que tendrán que transitar por la zona.

Y, en cambio, la urbanización dejará a Barranquilla sin un potencial pulmón como no hemos tenido nunca, un espacio público que una ciudad que crece necesita. Los barranquilleros suelen estar orgullosos de la ciudad por ser un “buen vividero”, que es la manera coloquial de decir que en Barranquilla los y las ciudadanas tienen bienestar. Ese bienestar necesita más que orgullo, como evidencia el hecho de que algunos de los escenarios culturales más importantes de la ciudad, como el Teatro Amira de la Rosa, estén en peligro. Y la ciudad cada vez es más violenta, más llena, más difícil. Sin una política pública que le garantice a los y las ciudadanas espacios públicos donde podamos vivir y convivir, descansar, o tomárnoslos, como suele ser la costumbre en carnavales, se van a disminuir el bienestar y la calidad de vida de la ciudad. Eso de “buen vividero” no se sostiene solo a punta de “cheveridad”.

Barranquilla es una ciudad caliente. Y cada día está más caliente. Tenemos menos árboles que hagan sombra y por donde pueda correr la brisa. Tenemos un tráfico terrible, que enmugra el aire de la ciudad. Y tenemos una historia de privatizar lo que podría ser el espacio público para poner los intereses de la empresa privada por encima del bienestar de los y las ciudadanas. O por qué creen que no lo pensamos dos veces cuando pusimos las fábricas cercando las orillas de nuestro Río Magdalena, dejándolo tan inaccesible, que apenas lo vemos de vez en cuando desde las azoteas. Estas 6.000 viviendas que tanto cacarean no le traen bienestar alguno a la ciudad; son casas que van a vender, un buen negocio para las empresas privadas y quizás también para el charismo unanimista de la ciudad. Ni los futuros habitantes, destinados a vivir entre el hacinamiento y el cemento caliente, se verán beneficiados por esta urbanización.

A los barranquilleros de a pie, que somos los principales afectados por esta decisión, ni nos preguntaron. Michicatearon nuestro espacio público a puerta cerrada y sin preguntarnos. Y somos muchos los que no estamos de acuerdo, y queremos pedir que se reconsidere la distribución de este proyecto (ustedes pueden sumarse firmando la petición de Change que está rotando en redes sociales). Queremos que el parque haga parte de una nueva configuración de espacios pensados por y para la ciudadanía. Queremos que Barranquilla no cambie la posibilidad de un paraíso por el lucro de un purgatorio.

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