Columna publicada el 24 de agosto de 2016 en El Espectador.

olombia ha estado en conflicto (casi) permanente desde la Guerra de los Mil Días.

La historia del país está marcada por generaciones y generaciones que vivieron en medio de la violencia, la desigualdad y el despojo. No conocemos otro entorno que no sea el conflicto y la sospecha. En un contexto como este, decir sí, creer que un acuerdo de paz es posible, imaginar otro país con optimismo y no con vergüenza, es un acto revolucionario.

Que las Farc pasen de ser un grupo armado a ser un grupo de ciudadanos con la posibilidad de convertirse en un partido político significa, para el país, que estamos dispuestos a discutir nuestras extremas diferencias sin matarnos. Significa quizá pasar de las piedras a los insultos, pues paz no significa que vayamos a estar de acuerdo, sino que somos capaces de vivir en y con el disenso, no ignorándolo, no matando al opositor, sino confrontando en una conversación activa en la que tenemos que participar todos: este es el primer reto que le presentan a la ciudadanía lo acuerdos de paz. Y la participación política de las Farc también es un paso hacia adelante para la participación política de todos y todas. Abre la ventana a que nuestros debates no estén irremediablemente dominados por el statu quo; es también una garantía para que hablemos de derechos humanos sin miedo a una censura violenta.

En Colombia no estamos acostumbrados a hacer acuerdos ni concesiones. Nuestros métodos de resolución de conflictos van desde el “deje así” (que consiste en ignorar el problema con resignación) hasta la violencia y el asesinato. Aunque muchas veces hacemos la pantomima de discutir nuestras diferencias, las cosas se definen y se arreglan por debajo de la mesa o porque gana el más fuerte a mansalva. Esto también quiere decir que siempre pierden los más débiles, que los derechos de las minorías no son respetados, y que quienes tenemos menos poder (como las mujeres) siempre salimos perdiendo. Cuando decimos que en Colombia la justicia es para los de ruana, estamos diciendo que todo está dado estructuralmente para mantener los privilegios. Incluso la guerra.

Son las mujeres rurales, las campesinas, las afro, las indígenas, las que han tenido que llevar sobre sus cuerpos de sobrevivientes el peso de este conflicto. La mayoría de mujeres urbanas, que no podemos imaginar vivir y crecer en medio del conflicto, tenemos un compromiso moral de ser solidarias con todas las demás. A todas nos han negado la urgencia de la garantía de nuestros derechos (como una vida libre de violencia o nuestros derechos sexuales y reproductivos) con la excusa de que en Colombia el conflicto es lo único prioritario. Solo pasando la página del conflicto armado temas como la educación, los derechos de las comunidades afro, indígenas, LGBTI y las mujeres tendrán presupuesto y espacio para ser relevantes.

Fue con un plebiscito, en 1957, que las mujeres colombianas estrenaron su participación política. Lastimosamente fue para avalar un Frente Nacional que nos dejaría sumidos en una suerte de apatía y descreimiento de los que apenas estamos despertando. Pero el plebiscito que le dará el aval de la ciudadanía a los acuerdos de paz en La Habana es todo lo contrario. Votar Sí para refrendar los acuerdos de paz es el primer paso para cambiar de manera activa la vida de las colombianas.

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