Ni Juanga pudo quitarnos la homofobia

Columna publicada el 31 de agosto de 2016 en Univisión.

Vamos por partes: Juan Gabriel significa “algo”, poco o mucho, revolucionario o domesticado, la vida, el personaje, la música de Juan Gabriel provoca una reflexión sobre esa categoría de “lo masculino”.

Por dos razones: la primera es que sus canciones (música y letra) han servido para que los y las latinoamericanas hagamos sentido de esa cosa tan rara, e inaprehensible por el lenguaje, que es el amor. Y el desamor. Nos guste o no (y la verdad es que a la mayoría nos gusta) la música de Juan Gabriel ha estado ahí para nosotros, para ayudarnos a hacer sentido de los sinsentidos más grandes. Por eso su muerte nos toca de manera personal: él estaba ahí en esos momentos decisivos de nuestras vidas para ayudarnos a contar nuestra historia. De esta manera Juan Gabriel se incrusta en nuestra biografía, y en esa medida hace parte de las narraciones que tenemos sobre los hombres y sobre el amor romántico.

La segunda razón es que Juan Gabriel era evidentemente homosexual. Y esta obviedad es un problema en un país en donde los ídolos románticos son binarios machos bigotones. En el arte y el entretenimiento hay millones de personas de la comunidad LGBTI que tienen que permanecer en el clóset para ser aceptados en el trabajo.

Pero Juan Gabriel no era un Rock Hudson, sus maneras eran inocultables, su homosexualidad tan innegable como el amor de sus fans, o el hecho de que México es uno de los países más homofóbicos del mundo. El día de su muerte muchas publicaciones en las redes sociales hicieron referencia a familiares que, a pesar de esta homofobia explícita, tenían a Juan Gabriel por cantante favorito. Mi padre, que decía en voz alta cosas como ‘los homosexuales no son de fiar’ adoraba rabiosamente a Juan Gabriel. Postal de mexicanidad contó el comentarista Luis Resendiz.

¿Representó la orientación sexual del cantante algún tipo de encrucijada para sus admiradores homofóbicos? Lo más probable es que no. El talento de Juan Gabriel era tan inmenso que obligó a que Latinoamérica a tolerara su homosexualidad. “Tolerar”, que no es lo mismo que aceptar, acoger, celebrar.

La activista y performista mexicana Franka Polari opina que “JuanGa era ese espantapájaros que advertía que demasiado afeminamiento te condenaría a haber nacido para no amar y que nadie habría nacido para ti. Porque la Loca del Pueblo es única, sola, objeto de desprecio diurno y lujuria nocturna, un objeto más que revela las ambivalencias de la figura del macho.”

Es cierto. Juan Gabriel era menos un activista y más un bufón, y para muchos fue también una advertencia. Además, como muchos grandes creadores mexicanos (como Octavio Paz) puso su inmenso talento al servicio del Statu Quo, de ese monolítico oxímoron mexicano que es la “Revolución Institucionalizada”, y que solo admite la homosexualidad como una excentricidad despolitizada.

Lo más cercano que estuvo Juan Gabriel a aceptar públicamente su homosexual fue su legendaria frase “lo que se ve no se pregunta” seguida de un “y por qué es importante que yo sea homosexual o no”. Juan Gabriel tenía razón. Era irrelevante. Él se resistía a ser “el homosexual” porque quería ser, primero, “el artista”. Sin embargo para nosotros siempre fue “el artista homosexual”.

Cuando era niña recuerdo que alguien me dijo, con sorna, lo que era “ser un Juan Gabriel”, mientras quebraba la mano en un gesto amanerado. Yo recuerdo el gesto perfectamente, pudo ser el primer referente que tuve sobre la homosexualidad. Pero esto también es importante, porque en un mundo donde todo está blindado para que no veamos más allá de la heteronorma, estaba Juan Gabriel: una primera noticia de que había algo más.

Dijo Carlos Monsivais en su célebre ensayo sobre el artista, que a Juan Gabriel “nada le fue fácil, solo el éxito”. Y debería ser incómodo para nosotros, sus admiradores heterosexuales, saber que muchas de las letras de sus canciones vienen del dolor desgarrado que produce la discriminación.

Fuimos nosotros quienes le hicimos creer a Juan Gabriel que no nació para amar, que nadie nació para él. Y él en su gesto más potente, dulce y generoso, nos contó su dolor para que nos lo apropiáramos, para con sus palabras y su voz habláramos de nuestros sentimientos. Tomó toda esa opresión por no ser un “hombre convencional” y les regaló de vuelta, a los hombres que sí eran “convencionales”, un espacio seguro para expresar sus sentimientos y su vulnerabilidad.

Esto debería bastar que hacernos empáticos con toda la comunidad LGBTI, pero no, somos así de malagradecidos, ni Juanga ha podido quitarnos la homofobia. Pero sí le enseñó a los machos mexicanos (latinoamericanos) otra forma de ser hombres: hombres que lloran, aman, hombres menos violentos, menos herméticos, más humanos. Y nos mostró que para ser el “mero mero” no es necesario ser un macho. Juan Gabriel no nos trajo la revolución sexual, pero sí fue un artista revolucionario. Y desde su ubicuidad, sensibilidad, y profunda humanidad, se convirtió en el mejor modelo de masculinidad que han tenido los mexicanos.

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