¿Por qué no lo deja?

Columna publicada el 3 de septiembre de 2016 en El Heraldo.

La semana pasada, en una oficina del edificio Santander, en el Centro Histórico de Cartagena, John Castro Campás apuñaló a su ex-pareja, Mimis Patricia Urbina Blanco, cuando estaban reunidos con el abogado, a punto de firmar el divorcio. Castro y Urbina se casaron hace tres años, y al día de casados Urbina lo dejó alegando “diferencias personales”. Cuenta su hermano que Urbina estaba feliz por firmar el divorcio, que Castro, celoso, le había preguntado si se iba con otro hombre y que ella le contestó que se quedaría soltera porque le había ido muy mal. Y estuvo a punto de ser una mujer libre, si no fuera porque Castro la mató.

El 24 de diciembre de 2015 Miguel González Guerrero acuchilló a su pareja con unas tijeras porque ella lo quería dejar. El feminicidio de Clarena Acosta a manos de Samuel Viñas, uno de los crímenes más mediáticos de Barranquilla, ocurrió precisamente porque ella lo había dejado y no tenía intenciones de volver con él.

Con frecuencia la gente se pregunta por qué las mujeres víctimas de maltrato se quedan con sus parejas, a veces incluso hasta que las matan. Recuerdo mucho una noticia (la he mencionado ya en varias columnas) de un hombre que regresaba borracho a su casa y en un “ataque de celos” sacaba el colchón y lo incendiaba con gasolina. Cuando el periódico le preguntó a su esposa si había sido violento (como si no fuera evidente) ella contestó que “él ni a mí, ni a los niños nos echó gasolina” y que “en ningún momento me golpeó ni a los niños; lo que quiero es que esto se arregle y que él vea por los pelaos, porque yo no tengo a más nadie”. Su testimonio es inmensamente revelador. Katty Milena Reyes justificaba a su agresor, Federmann Carrillo, porque tenía dos hijos y dependía de él económicamente y por eso se aguantaba esos desmanes tan peligrosos.

Las relaciones entre víctima y agresor suelen venir de hondas diferencias de poder, y por eso se crean dependencias que son difíciles de romper. A esto hay que sumarle que, antes de llegar al maltrato físico, hay sostenido maltrato psicológico que deja a las víctimas en una condición más vulnerable. Luego, como si fuera poco, un porcentaje importante de feminicidios ocurren precisamente cuando las víctimas intentan dejar a su agresor. A veces quedarse en una relación abusiva es una manera de mantenerse vivas.

Por eso no basta con decirles a las mujeres que “se empoderen”, que “no se dejen”, y que “denuncien”. Todas estas exigencias las ponen en peligro. Lo que tendríamos que hacer, en cambio, es trabajar para cambiar esas condiciones estructurales que generan la desigualdad: que las mujeres no tengan independencia económica, que los celos y la violencia en los hombres estén normalizados y hasta celebrados por la sociedad, que a las mujeres nos enseñen que debemos tolerar con paciencia estas violencias. Y, sobre todo, debemos recordar que la violencia contra las mujeres es un problema de salud pública, que no hace falta en la vida privada de una pareja y que al hacernos los de la vista gorda, exigiéndoles a las víctimas que sean ellas las que se defiendan, estamos siendo cómplices de los victimarios.

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