¿Qué pasaría si los hombres menstruaran? La broma que se volvió un debate feminista en redes

Columna publicada el 7 de septiembre de 2016 en Univisión.

#ifmenhadperiods (#SiLosHombrestuvieranelperiodo) se hizo trending topic cuando la Doctora Jennifer Gunter dijo que “si los hombres tuvieran periodos las toallas sanitarias serían gratuitas”. La gente siguió tuiteando cosas como que la sangre sería motivo de orgullo y fanfarronería, que habrían licencias especiales para quedarse en la casa y todo tipo de facilidades y concesiones para que el mundo se adapte a los cuerpos de los hombres (es decir los privilegiados) ahora menstruantes.

La pregunta es una “broma” clásica del feminismo del Siglo XX. Gloria Steinem tiene un texto divertidísimo en donde propone la respuesta. Básicamente el comentario se trata de que, gracias al privilegio masculino, los “cuerpos de los hombres” se han endiosado y reverenciado, muchas veces de manera gratuita. El texto es un comentario a machistas como Freud, que se inventó que las mujeres “teníamos envidia del pene”, una idea sorprendentemente ridícula porque presume una “competencia de genitales”. Hasta aquí, todo es cierto.

El problema es que con frecuencia, los chistes tienen fecha de caducidad. Nadie culpará a Gloria Steinem, una de las más importantes representantes del feminismo de la segunda ola, por escribir un texto como ese hace décadas. Pero hoy, la discusión es diferente, porque en el 2016 se reconoce la existencia de hombres que, de hecho, menstruan: los hombres trans. Y esto marca un cambio importante para la teoría feminista.

Una de las críticas que hace la tercera ola del feminismo es que ni los hombres ni las mujeres lo son en tanto sus cuerpos biológicos o sus genitales, sino en tanto que eligen su género. Para la tercera ola del feminismo no hay nada que sea “natural” pues los humanos somos animales culturales, y que mucho menos hay algo que sea “naturalmente femenino” o “masculino”. Para filósofas como Judith Butler, todo, nuestro género, es incluso el sexo, son construcciones culturales.

Entonces cambia la respuesta a una pregunta básica del feminismo: ¿qué significa ser mujer? (y por contraste, ¿qué significa ser hombre?). ¿Acaso ser mujer es quedarse en la casa y cuidar de la familia? Las feministas de la primera ola, las sufragistas, dijeron que “No”. ¿Es tener el pelo largo y usar falda o ser “femenina”? Las feministas de la segunda ola dijeron “No”. ¿En tener genitales femeninos, vulva o vagina? Las feministas de la tercera ola dicen “No”. Si ser mujer fuera tener útero, muchas dejarían de ser mujeres tras una histerectomía. Tampoco depende de nuestra composición cromosómica: la mayoría de nosotros la desconocemos por completo, y aún así, estamos seguros de nuestra identidad de género.

Pero, además, este “No” tiene que ver directamente con el reto que presenta a la teoría feminista la existencia de las personas trans; aquellas cuya identidad de género y género asignado al nacer no son concordantes. Una de las largas luchas del feminismo de la tercera ola consiste en no patologizar ni los cuerpos de las personas trans, esto es, no pensar que “están locas” o “enfermas”, ya que ser mujer poco tiene que ver con la biología. Esto aplica también para eso de “ser hombre”, que no depende de tener pene (¿acaso nos cercioramos de que todos los hombres que conocemos sí tienen pene?) sino en una serie de decisiones diarias y de un lugar que se ocupa en el contexto de nuestra sociedad.

Aunque parece algo teórico, entender que el género es una construcción que no está determinada por los genitales, es clave para aceptar y respetar a las personas trans, que hoy son discriminadas y violentadas por su identidad de género. Una de estas violencias consiste en negar, de plano, su existencia. Esto se llama “cisexismo” y es una forma de discriminación, a las personas trans, en donde se asume que todas las personas somos “cisgénero”. El prefijo cis viene del Latín y significa “de este lado” y hoy la palabra se usa para referirse a aquellas personas que no somos trans, esas a las que antes, a falta de palabras y exceso de prejuicios llamábamos “normales”.

Cuando uno piensa en esta crítica el chiste de #SiLosHombresPudieranMenstruar deja de ser chistoso. Porque reafirma que lo que nos determina como hombres y/o mujeres es una diferencia biológica, lo cual, por un lado es falso y por el otro discriminatorio, pues borra del discurso a todo un grupo de personas.

Algunos MachiTrolls comentaron que la discusión entre feministas que se dió en Twitter a raíz del hashtag era una muestra de cómo las feministas “no estamos contentas con nada” y “ni nos ponemos de acuerdo”. Tienen razón. Afortunadamente. Las personas que nos identificamos como mujeres somos un grupo extremadamente diverso, y hemos hecho críticas feministas desde cada uno de nuestros contextos. Por eso decimos “los feminismos”.

Gracias a esa diversidad y permanente exámen, la teoría feminista no está escrita en piedra, sino que se mantienen en constante crítica y conversación. Eso sí, con una intención base: visibilizar y darle lugar a aquellas personas que han sido estructural e históricamente borradas, explotadas, discriminadas, o negadas en su identidad. Tener una discusión sobre la vieja broma de #SiLosHombresPudieranMenstruar es una forma de mostrar que las personas trans están excluidas del discurso, y el solo cuestionamiento nos obliga a pensar en su existencia. Y ese ejercicio de inclusión, es en sí un ejercicio feminista. La vitalidad de los feminismos está precisamente en su disenso.

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