¿Qué significa ser una familia?

Columna publicada el 17 de septiembre de 2016 en Univisión.

La pregunta no es menor, no en vano nos repiten una y otra vez que la familia es la base de nuestra sociedad. Bajo esa imagen uno podría imaginarse a todas las familias como piezas de lego, se apila una sobre la otra y así crean los metafóricos edificios de nuestras instituciones. Para imaginar esto es necesario creer que todas las familias son iguales y que esa uniformidad es la clave de la estabilidad de las construcciones.

Pero la vida real poco se parece a esta monótona imagen. Cuando declaramos que un grupo de personas es ‘nuestra familia’ lo hacemos por una afinidad profunda, un amor y un deseo solidario de enfrentar la vida en equipo, no porque se ajusten a un molde específico. Como todos y todas somos diferentes y vivimos en diferentes circunstancias, nuestras familias son múltiples y diversas, buenas y malas, como la misma vida, como la realidad.

Así que por más que algunos insistan en que la única familia que vale es la de un padre hombre heterosexual, una madre mujer heterosexual y el hijo, hija o hijos biológicos de ambos, la realidad embiste y hay familias de solo mujeres, de abuelas y tíos, sin vínculos biológicos, las posibilidades son infinitas. Negar estas familias, o negarle el acceso a los derechos a estas familias, no nos garantiza una sociedad ordenada como una construcción de lego, sino una sociedad ficticia y negada a verse al espejo en su realidad.

Sin embargo, una ola de odio contra las familias recorre Latinoamérica. El 10 de septiembre marchó en México el Frente Nacional por la Familia, conformado por más de 1000 asociaciones civiles que buscan que iniciativa de Enrique Peña Nieto para garantizar en todo el país la adopción y matrimonio igualitarios sea rechazada, y que además se limite la definición de familia a hombre y mujer con hijos biológicos (porque afirman que el propósito de la familia es la procreación). Es importante advertir que la iniciativa de Peña Nieto fue torpe e innecesaria: estos derechos para la comunidad LGBTI ya estaban incluidos en la Constitución Méxicana y lo que el presidente hizo fue abrir el debate en su más peligroso escenario.

En Colombia, por otro lado, la senadora Viviane Morales impulsa un referendo que busca discriminar a las parejas del mismo sexo, personas solteras y viudas para prohibirles adoptar. Hace un mes, grupos similares al Frente Nacional de México marcharon en Colombia en contra de que se diera una educación con perspectiva de género en los colegios. Todas las marchas repetían lo mismo: no a la ‘ideología’ de género.

La palabra ‘ideología’ la usan para hacer creer que estas identidades diferentes (como ser homosexual) se imponen, como si al no mencionarlas dejaran de existir. En México se está liderando una iniciativa para formar un ‘frente latinoamericano por el derecho a la vida y la familia’ y líderes de organizaciones sociales, políticas y religiosas de toda Latinoamérica llegarán a la Ciudad de México el 24 y 25 de septiembre para empezar a organizarse. Es el coletazo más fuerte que ha dado en los últimos años el movimiento anti-derechos ante los avances progresistas que se han logrado en América Latina (y el mundo) en materia de derechos sexuales y reproductivos y anti discriminación. Y si bien las personas son libres de organizarse para impulsar la participación ciudadana que quieran, es importante señalar todas sus mentiras (que son muchas) y los inmensos problemas constitucionales, morales y éticos que presentan sus propuestas.

Esto que llaman ‘ideología’, que de hecho es perspectiva, se trata en realidad de hacer nuestros análisis o solución de problemas, educación o fallos judiciales y más teniendo en cuenta que además de la desigualdad que hay entre hombres y mujeres, existen otras identidades u orientaciones sexuales. Dicen que se les quiere imponer un estilo de vida y una serie de valores a ‘sus’ hijos, cuando se trata de enseñar sobre algo que ya existe (la diversidad sexual) y sobre el derecho que tienen las personas a la no discriminación. Dicen que en los colegios obligarán a los niños y niñas a transverstirse y que la homosexualidad de los padres se ‘contagia’ al menor. También dijeron que en México salieron 1.400.000 personas a marchar cuando solo alcanzaron los 400,000. Negaron que hubiera apoyo de la iglesia católica, pero 10 obispos encabezaron las marchas.

Estas son mentiras tan fácilmente verificables que sus ‘argumentos’ ni deberían tomarse a consideración. Pero señalar las incoherencias o los miles de estudios que muestran, no solo que la homosexualidad no es una enfermedad, sino que los padres y madres homosexuales (o transgénero, o solteros, o viudos) son perfectamente capaces para la crianza, no ha servido para contrarrestar el fervor de los marchantes.

Mucho menos ha servido hablarles de todas esas otras familias diversas que ya existen, que no necesitaron permiso de nadie para criar sus vínculos de cuidado y de afecto, pero que sí necesitan un reconocimiento del Estado para acceder a todos los derechos y no ser tratadas como familias de segunda y sobre todo, necesitan en todos los ámbitos una vida sin discriminación. ¿Por qué?

Por un lado están los votos. Detrás de las movilizaciones en México está el PAN, que es el partido de ultraderecha. Está también la iglesia que desde tiempos inmemoriarles ha usado su conteo de feligreses como capital político, incluso antes de que se pudiera votar en una democracia. Las marchas, más que un reclamo a su Dios o una verdadera defensa de la familia (que se defiende mejor cuando no se pide que le nieguen derechos a otras personas), son formas de alardear un capital electoral. Los políticos y los líderes de la iglesia, negociarán las almas de sus votantes por votos para quien esté dispuesto a hacer los retrocesos en derechos que piden (como la prohibición total del aborto o el matrimonio igualitario).

¿Por qué no le molesta a estas personas ser unas meras fichas políticas? Porque nos han repetido durante siglos que si hacemos las cosas de una determinada manera estaremos a salvo de la soledad, el desamor y el dolor. Es un perverso mecanismo de control que literalmente apela a nuestras necesidades más primarias. Y en ese punto se acaba el argumento racional. El miedo, por supuesto, tiene motivaciones falsas, pero la sociedad lleva un largo rato convenciéndonos de que si no sostenemos el statu quo y todas las estructuras de poder (como el patriarcado) que lo conforman, devendrá el caos (y por eso llaman al statu quo el ‘orden natural’).

Es necesario hablar de esto como un asunto de derechos y es necesario ofrecer los argumentos y las cifras; es importante ayudar a desestigmatizar a las familias diversas y repetir una y otra vez que éste es un problema de justicia. Es necesario hacerlo incluso si no parece cambiar la opinión de quienes hoy convierten su miedo en odio y el odio en discriminación.

Y al final del día no se trata de que no hablen o de que no marchen, pero sí se trata de que estos discursos delirantes no lleguen a tener efectos violentos, no nieguen derechos y no le impongan a todos un modelo tan cerrado de vida familiar, que muchas veces ha sido fallido (muchas familias heterosexuales viven con violencia doméstica), pues el bienestar de los niños y niñas no dependen de un papá y una mamá, sino de vivir sin violencia, con respeto, y con apoyo y amor.

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