Paisajes sonoros

Columna publicada el 29 de septiembre de 2016 en El Espectador.

En su discurso del lunes, Timochenko, o Rodrigo Londoño, como deberíamos llamarle ahora, les “ofreció” perdón a los y las colombianas por el daño que han causado las Farc.

El verbo que usó es, digamos, curioso, porque uno “ofrece disculpas” y “pide perdón”, pero el contexto en que lo dijo no dio lugar a ambigüedades. Frente a los medios, frente a una plaza llena de civiles que representaban a muchos sectores del país, frente a las víctimas, pidió el perdón reticente que tanto le hemos reclamado a la guerrilla (y que también nos compete a todos: Ejército, Estado, políticos, paras, financiadores de cada uno de los bandos, e incluso los ciudadanos que hemos visto la guerra a través del noticiero). Fue la frase memorable que salvó un discurso farragoso, la más contundente señal de esperanza de toda la ceremonia de firma de los acuerdos de paz.

Luego vino un momento inesperado, pero cargado de tanta fuerza simbólica que ha podido reemplazar todos los discursos: cuando Londoño hacía esa impajaritable referencia a García Márquez que aparece en todos los discursos políticos que buscan “conectar con el pueblo” (y que siempre pasa por alto la ironía de que Cien años de soledad sea precisamente una gran crítica a la guerra y a la política colombiana), el estridente ruido de un avión Kfir (con los que bombardeaban a las Farc) le cortó la voz. Es más, vimos a Londoño palidecer, mirar hacia arriba con miedo, recobrar el aliento, esperar, sonreír y soltar la segunda mejor frase de su discurso: “esta vez pasaron para saludar la paz y no para tirar bombas”.

No es chistoso, porque el miedo es real. Hay sonidos que, para los colombianos, son alertas de que se avecina lo peor. La reacción de Londoño nos habla, en parte, del estrés postraumático, una lesión que quizá padecen una importante porción de los colombianas (y más quienes han estado estrechamente relacionados con el conflicto). Una vez traté de explicar, fuera de Colombia, la expresión “le mando al de la moto”, que los colombianos usamos con desenfado porque así de crudo es nuestro humor negro. Tuve que hablar de cómo opera el lenguaje performativo en nuestras sutiles y hasta “amables” amenazas, explicar qué son los sicarios, contar de los parrilleros, de lo baratas que son las motocicletas, del desempleo, de cómo fueron tantos los muertos por “los de la moto” que hoy en día para intimidar a alguien no hay que hacerle un daño directo. Todos conocemos el miedo que produce el zumbido carroñero de una moto que ronda la casa. Hasta los cómodos habitantes de las ciudades colombianas corremos a Twitter a preguntar, con aprensión, “¿qué pasó? ¿Todos bien?” cada vez que truena un transformador. Son muchos los sonidos que para los colombianas significan “¡miedo!”.

Por eso, de entrada, parece inapropiado lanzar unos aviones de guerra a “celebrar” el fin de los discursos en la firma del Acuerdo de Paz. Más cuando no se toma en consideración que los discursos podrían durar más de lo esperado. Que el avión saliera a interrumpirlos fue una clásica “colombianada”. Pero la candidez en la cara de Londoño nos dejó ver sin agüeros todo su proceso mental: son aviones de guerra, nos van matar, no nos van a matar, estamos firmando los acuerdos de paz. Y en su cara también vimos cómo, de repente, el sonido de los aviones ya no tenía que ver con el miedo sino, quizás, con la tranquilidad, ¿o la esperanza? Más que eso, Londoño ha sido durante años uno de los más maniqueos “villanos” del país, su mera presencia muchas veces significó un terror, odio y rabia, que parecían infranqueables. El lunes vimos su cara humanizada, la cara de un hombre que también tuvo miedo, y esto es importante porque tiende un puente de empatía con las víctimas y los ciudadanos: décadas de conflicto nos han dejado una experiencia transversal y vívida de lo que significa el miedo.

El posconflicto significa también la construcción de nuevos símbolos. Significa deconstruir nuestras reacciones automáticas a lo que percibimos, asignar nuevas señales de alerta y reclamar otras: por ejemplo, que el silencio signifique “tranquilidad” cuando tantas veces significó muerte, que el ruido de un motor hable de “trabajo”, en vez de ser uno de tantos heraldos negros. Con el avión que interrumpió a Rodrigo Londoño (a quien hace unos días llamábamos Timochenko) se empezaron a construir los paisajes sonoros de un mundo nuevo.

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