Columna publicada el 1 de octubre de 2016 en El Heraldo.

El destino de un país como Colombia no puede definirse a punta de mentiras. No se entregarán tierras a las Farc, ni se expropiará nada a nadie, los acuerdos, de hecho, están llenos de protección a la propiedad privada. Solo se le dará al partido político que surja de las Farc 10 curules en el congreso durante dos períodos, porque no podemos pedirle a una guerrilla que deje las armas sin darles garantías de participación política (y más aún con el precedente del genocidio político de la Unión Patriótica). El “castrochavismo” no “se tomará” Colombia, un país de marcada centro derecha y en donde hasta los más pobres tienen una mentalidad capitalista. Tanto Castro (en sentido figurado) como Chávez están muertos, y sus fantasmas no llegarán en forma de pajaritos a incidir en la política nacional. No habrá impunidad, habrá justicia transicional, una que pone en el centro del problema a las víctimas. Finalmente, no se impondrá la “ideología de género” porque tal cosa no existe (el término es un invento de las ultraderechas, usado para justificar el machismo y la homofobia). Lo que el acuerdo tiene es una perspectiva de género transversal que permite entender que las víctimas del conflicto han sido afectadas de manera distinta en virtud de su género o sexo, y, además, la Constitución colombiana, desde 1991, tiene el mandato de no discriminar por raza, etnia, sexo, género u orientación sexual.

De todos los argumentos por el No, el único medianamente legítimo era que las Farc no habían tenido la humildad de pedir perdón por todo el daño que han hecho a este país. Pero este lunes, en la ceremonia de firma de los acuerdos en Cartagena, Rodrigo Londoño le pidió a las víctimas ese perdón tan necesario. Y para que no hubiese ambigüedades, este jueves, Iván Márquez dijo ante la comunidad de Bojayá que “el perdón es un asunto íntimo de la conciencia humana, que solo es dable en su absoluta dimensión salvadora y sanadora, si media la sinceridad y el arrepentimiento verdadero, que son dos poderosas razones que nos impulsan para tender nuestras manos de reconciliación al pueblo de Bojayá y hacia todas las personas de estas tierras de esperanza”.

Lo que está en juego mañana es el futuro de Colombia. Es la oportunidad de que la vida de los y las campesinas colombianas mejore, de que tengamos una democracia realmente participativa, de invertir en el campo, de fortalecer la libertad de prensa, la oportunidad de conocer un país que no conocemos, porque no tenemos acceso a muchos de sus territorios, y porque no conocemos la verdad de todos los crímenes y tragedias que marcan nuestra historia. Con votar sí, no se garantiza que todo esto se cumpla, pero se abre la oportunidad de construir un nuevo país; algo que no depende ni de las Farc ni del Gobierno, sino de cada uno de nosotros. El 85% de las víctimas del conflicto son campesinos pero solo el 15% de los colombianos que pueden votar viven en el campo. Quienes podemos ir a las urnas tenemos una obligación moral con esa Colombia que hemos negado históricamente, es un privilegio que también es un mandato de empatía con todas las personas (víctimas, soldados, campesinos, mujeres) cuyos cuerpos se han usado a mansalva como territorio para esta guerra. Yo quiero decirles a los colombianos de hoy, y a los de mañana, que hice todo lo posible para construir un país más justo y menos violento, un país menos cínico, un país en donde yo pueda soñar y exigir lo mejor para todos y todas, sin que me acusen de ingenua.

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