¿Una nación a pesar de sí misma?

Columna publicada el 5 de octubre de 2016 en El Espectador.

La primera vez que tuve en mis manos ese libro que se ha convertido en el clásico básico y obligado de la historia del país: Colombia, una nación a pesar de sí misma, del historiador David Bushnell, pensé “qué gran título”.

Me tomó tiempo darme cuenta de que el título es un insulto, que yo, como colombiana, tengo perfectamente incorporado en mi identidad. Pensemos, por ejemplo, en esas cosas que llamamos “colombianadas”, cada una de ellas, también, a pesar de sí mismas. Días como el domingo, cuando pudimos ver, estupefactos, que la homofobia, la ignorancia, el miedo y el rencor son (y siempre han sido) fuerzas políticas importantes en nuestro país nos lo reafirman. La intuición de Bushnell es la misma de Macondo. Uno presiente la crónica garciamarquiana en el mero título de “Colombia: el país que rechazó la paz”. ¡Si hasta hubo un huracán! Y a pesar de todo, el país está ahí, paralizado un lado, el otro pavoneándose con mezquindad. “¡Qué más podría esperarse!”, dijeron muchos en el universo del “de eso tan bueno no dan tanto”. Mucho en nuestra identidad está marcado por un derrotismo cínico, y días como el domingo nos tientan a reafirmarlo.

Pero quizáa llegamos al punto en el que ese derrotismo es insostenible. El cinismo es más fácil cuando uno crece lejos de la guerra, y eso queda claro al ver que las zonas más afectadas por el conflicto votaron Sí. Es difícil no diluir estas efímeras manifestaciones de fuerza social porque nos han repetido mil veces que en Colombia nada se puede, a tal punto que se nos convirtió en una profecía autocumplida.

Ahora es más importante que nunca romper ese patrón derrotista. Es mucho lo que el movimiento de derechos humanos ha avanzado en Colombia y muchas las maneras en las que se ha sofisticado su influencia. Es precisamente ante una derrota tan desesperanzadora como esta que los movimientos de derechos humanos colombianos deben aprender de las víctimas y resistir. Por ejemplo, ya las comunidades autónomas afros e indígenas están diciendo que el acuerdo sí va a implementarse en sus territorios.

La revista Semana dijo que una de las fallas de los movimientos ciudadanos por el Sí era que fueran múltiples y desarticulados, pero en cambio eso habla de una riqueza ciudadana interesada en participar y en incidir sin proselitismos políticos. También recordemos que los obstáculos más grandes (como el exprocurador Ordóñez, que seguirá siendo un reto como candidato presidencial) son los que más han fortalecido a los movimientos. Los retos que vienen en términos de derechos humanos en Colombia son muy grandes (el cuento de la “ideología de género” embiste contra la agenda de derechos humanos en toda América Latina) y los próximos años, los próximos días del país son inciertos. Fueron muchos los movimientos ciudadanos espontáneos que apoyaron los acuerdos de paz y muchos los y las ciudadanas que se ofrecieron para hacer pedagogía. Es importante recordar que nada de ese esfuerzo fue en vano, que en cada una de esas conversaciones se estaba construyendo una nueva forma de hacer ciudadanía.

Es vital aprovechar que en Colombia aún no se desploma la conversación sobre el proceso de paz, que, en cambio, por fin la discusión se derramó a las calles (después de un largo período de indiferencia). También estamos aprendiendo, a la brava, cómo negociar nuestros desacuerdos sin bala (al menos hasta el 31 de octubre) y eso ya es un avance frente a lo que hubiese pasado en los años 40. Colombia sigue siendo esa patria que en medio de su propia bobería, y del cinismo atroz con que antepone la política a la vida, va aprendiendo a ser menos boba. Ahí están los estudiantes marchando, ahí está la ciudadanía organizándose en el movimiento #PazALaCalle, ahí están las víctimas resistiendo, ahí están las comunidades negándose a continuar la guerra, ahí están —de momento—, sin disparar un solo tiro, los guerrilleros y los soldados, y mientras eso pasa, las posibles víctimas de un nuevo tiroteo están vivas. Todo este capital histórico del aprendizaje de una patria boba es valioso y ahora hay que apelar a su valor como nunca. Hagámosle fuerza a una Colombia que se acabe de sacudir la condena de ser una nación “a pesar de sí misma”, y que pueda ir construyéndose a partir de todas las formas de ser sí misma.

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