No había vivido lo suficiente para saber que el corazón se te desgarra porque falla un acuerdo político

Columna publicada en Univisión el 6 de octubre de 2016.

Hay una anécdota que funciona perfectamente para explicar la relación que tenemos los y las colombianas con eso que podría llamarse el orgullo patrio: nos inventamos que habíamos sido elegidos como el país con el tercer himno más hermoso del mundo. El rumor se regó como pólvora y pocos preguntaron por la naturaleza de tan particular competencia, ¿cómo eran las categorías? ¿quiénes fueron los jueces? Eso sí, lo que estaba claro era que había ganado la Marseillaise.

Esta anécdota inventada nos dice mucho de los colombianos y nuestro nacionalismo vergonzante: solo diciendo que quedamos de terceros la historia era creíble. Un primer lugar habría sido cuestionado inmediatamente por cualquier colombiano. Esta arraigada costumbre de hacernos zancadilla, de no confiar en nosotros mismos, es uno de los sinos que explican que, ante la sorpresa de todos, incluso de la oposición, ganara el No a los acuerdos de paz en las votaciones del domingo.

Yo soy una de las tantas colombianas que ante el anuncio de los acuerdos dijo “pensé que nunca en mi vida tendría la oportunidad de ver algo así”. Porque los colombianos hemos naturalizado la guerra al punto que no la podemos dejar ir. Traté de explicarle a mis colegas y amigos mexicanos sobre la vergüenza, la culpa, la rabia, que en cierta medida cargamos todos los y las colombianas a partir de esta guerra. Y como nos pasa también y tantas veces en el fútbol, estuvimos a punto de ganar, pero no. Ganó el miedo, la confusión, la homofobia, la mezquindad, la desconexión entre el campo y la ciudad.

Ya han pasado varios días de despecho. De llanto. De la “horrible noche”, ese verso del himno que hoy parece un pájaro de mal agüero. No había vivido lo suficiente para saber que de verdad el corazón se te desgarra porque falla un acuerdo político. Y me duele más que mi dolor no es nada, es un dolor desde el privilegio de alguien que no estaba en las trincheras de la guerra, es el dolor de la vergüenza de ver cómo le fallamos a las víctimas.

Vengo también de una generación de colombianos insensibilizada por la violencia rampante de los noventa, descreída, apática políticamente. Y con los acuerdos de paz me emocioné. Me alcancé a imaginar un nuevo país posible, cosa que nos cuesta tanto a los colombianos, no porque no tengamos imaginación, sino porque hasta en nuestros inventos más arriesgados, quedamos de terceros. Es que seseintaypico años de guerra, que vinieron después de “La Violencia”, que duró décadas, antecedido por otra guerra más, que duró mil días, calcúlenle 120 años de guerra, han afectado profundamente la capacidad de soñar de los y las colombianas.

Quiero pensar que la salida masiva a las calles del miércoles es una señal de que el proceso de paz, de posconflicto, ya comenzó. En las cabezas, en la movilización social, en la en nuestra capacidad de tener esperanza. Mucho dijimos que la paz no es un acuerdo que se firma, de lejos en la Habana, que es una construcción cotidiana y diaria que en el último mes se hizo más real que nunca. Quiero aprender a sentir orgullo por un país ambiguo, difícil, pero capaz de resolver sus diferencias y sanar sus desigualdades sin irse a las balas. Quizás aferrarse a esa paz que casi sentimos andando es poco, pero tiene que ser poderoso, porque es lo único que nos queda. La esperanza es la resistencia, por eso es la última de la Caja de Pandora.

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