#Acuerdo ya

Columna publicada el 8 de octubre de 2016 en El Heraldo.

Colombia es difícil y el proceso político que nos llevó hasta este momento histórico ha sido un camino sinuoso y enrevesado, no podía ser menos con una conversación tan complicada en un país que siempre ha estado polarizado. Que ganara el No el domingo habla de eso. Con el plebiscito fuimos superficiales y fuimos irresponsables, e hizo falta hacer pedagogía sobre los acuerdos en partes –del territorio y de la mente– adonde ni las noticias ni la racionalidad llegan. No es la primera vez que los votantes colombianos son manipulados con miedos y mentiras, y ambos se contrarrestan con más información de calidad, mejor comunicada.

Pero la voluntad de la mesa de negociaciones a escuchar a esos colombianos que votaron No y la continuación –hasta ahora– del cese bilateral abren una puerta para que todo el país se sienta más incluido en los acuerdos, para que todos entendamos mejor lo que está pasando y podamos tomar mejores decisiones. Esta voluntad también es la mejor prueba contra esa mentira absurda de que se viene el inventado “castro-chavismo”: aquí hay intención clara de respetar, y en el caso de las Farc, integrarse, a las maneras de la democracia.

Escuchar es importante porque implica una segunda oportunidad, para los votantes, y para las víctimas, que respaldaron los acuerdos de forma contundente. Y por eso precisamente es decisivo que en ellos no se modifiquen ni su enfoque de género ni su respeto a los derechos de las minorías y las libertades civiles. Algunos puntos del acuerdo simplemente no se pueden reformar porque son falsos: como la “ideología de género”, que es algo que no existe en primer lugar, y por eso no puede sacarse de los acuerdos. Dice Catalina Botero en Semana: “No hay ningún argumento para decir que el acuerdo afecta los valores tradicionales de la familia, al contrario, permite que familias que han sido separadas por la violencia vuelvan a unirse”. Soy una de tantas convencidas, de que los acuerdos alcanzados son los mejores acuerdos posibles, y es importante que no se negocien los derechos de las víctimas, de los campesinos, por demandas arbitrarias que solo le quitan, tanto a los y las colombianas como a los acuerdos.

La voluntad de escuchar quizás implica también un segundo plebiscito, luego de que el país, con el susto de que ganara el No (que nos pegamos todos, incluso “los del No”), finalmente despertara, se apropiara de esta conversación y, por fin, saliera a las calle. Es quizás un escenario más justo y democrático que el que tuvimos el domingo, cuando además, muchas personas en el Caribe no pudieron votar por culpa del huracán. No puede ser que un fenómeno natural e imprevisible le quite a los colombianos el derecho manifestarse en una decisión tan importante.

Con el reconocimiento del Nobel de la Paz al presidente Santos, la comunidad internacional nos está haciendo un llamado clarísimo y urgente: sacar adelante los acuerdos de paz. Y los colombianos podemos hacerlo. La paz es esta conversación que ya comenzamos y es imposible dar vuelta atrás a una guerra que nadie en Colombia puede aguantar más. Que venga una segunda oportunidad, y si es necesario una tercera, las que se necesiten para convencernos de que podemos ser otro país, más justo y más humano, en donde podamos seguir discutiendo pero dejemos de matarnos.

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