¡Ni una menos, ni una más!

Columna publicada el 19 de octubre de 2016 en El Espectador.

Latinoamérica está revuelta con el feminicidio de Lucía Pérez en Argentina el 8 de octubre.

Pérez fue víctima de violencia sexual y murió empalada. Uno quisiera decir que es un caso extraordinario, pero a todas nos suena familiar hasta lo escalofriante. El miércoles hubo paros en todo el continente y las mujeres nos vestimos de negro para decir que nos están matando, y que nuestros agresores son en su mayoría hombres, nuestras parejas o exparejas sentimentales. Aunque ser mujer en Latinoamérica es un factor de riesgo, y aunque el feminicidio es un problema de salud pública en la región, la violencia de género sigue sin ser una prioridad para los gobiernos y las instituciones.

Carlos Valdés, director de Medicina Legal en Colombia, dijo en RCN Radioque en el 2015 se registraron 47.248 casos de violencia de pareja. Dijo que las cifras muestran que el 80 % de los agresores reincide y que después de algunas reincidencias la cosa termina en feminicidio. Como ocurrió con Sandra Marcela González, una mujer de 26 años asesinada el domingo en la terminal de transporte de Bucaramanga, a manos de su expareja. Según dijeron los familiares a La Vanguardia, “esta había sido una muerte anunciada, porque el hombre había publicado una fotografía de un cajón en una red social”. Parece que hasta les dijo a algunas amigas de González que la iba a matar.

Y la mató. La cogió a puñaladas en la terminal, donde González trabajaba como vendedora en un local. Ante un caso como este, muchos todavía se preguntan cómo es que las cosas escalan hasta ese nivel. Las respuestas puede dárnoslas Hindira Erazo, la esposa del futbolista Háyner Mosquera. Mosquera hoy está tras las rejas por darle a Erazo una muenda que quedó grabada en las cámaras de seguridad del edificio donde viven. Mosquera está en la cárcel porque tenemos un video de esta agresión, pero Erazo cuenta que fueron muchas más, y más graves, y que incluso la cogió a patadas cuando estaba embarazada. ¿Y por qué no lo dejó? “Por la ilusión de mantener una familia para que los hijos crezcan con padre y madre”, dijo Erazo a Blu Radio.

Y lo reiteró María Elena Bazán, la pareja de Pablo Armero, jugador de la selección. En junio, Armero la agarró de las extensiones del pelo y se las empezó a cortar con una máquina en la habitación del hotel Metropolitan en Miami, todo porque ella le dijo que estaba cansada y no quería tener sexo con él. Armero estuvo detenido durante un día y salió al pagar la fianza de US$1.500. Aunque el futbolista no solicitó ayuda consular, el consulado de Colombia en Miami entró en contacto con él para “prestarle asistencia”, una fortuna que no tienen la mayoría de los colombianos en Estados Unidos. Hoy Armero y su pareja siguen juntos. A Bazán y a todas nos quedó muy claro cuáles son las prioridades del gobierno colombiano.

Otro caso reciente, que se destapó con la denuncia de María Isabel Covaleda, es el del agresor serial Camilo Sanclemente, que ha agredido brutalmente a varias de sus parejas. La denuncia de Covaleda hizo que varias mujeres contaran sus historias, y hoy ya se sabe de al menos ocho casos similares. Sin embargo, Sanclemente está libre porque, como es el ex, la agresión no cabe en el tipo de violencia intrafamiliar y queda como lesiones personales.

Pero no se trata de cambiar los tipos penales o endurecer las sanciones. Las leyes que ya están son inaplicables, porque cuando las mujeres tratan de acceder a la justicia, se encuentran con todo tipo de obstáculos, los policías son machistas, los prestadores de servicios de salud, los jueces: nadie tiene perspectiva de género y nadie se toma en serio el problema. Además, la solución a la violencia no es que las mujeres denuncien, ésta, cuando más, es una medida de emergencia. Se necesitan políticas públicas de prevención y educación que cuestionen ese machismo tóxico que mueve a los agresores. Se necesitan programas para que la mujeres conozcan sus derechos y tengan trabajo y autonomía económica. Y a la sociedad nos toca aniquilar esa idea —para mayor horror, dicha por nuestro nuevo fiscal general— de que las denuncias por violencia destruyen los núcleos familiares; lo que destruye a las familias es la violencia. La violencia comienza cuando nos dicen que en nombre de los “valores familiares” tenemos que “tolerarle el temperamento al novio” o mantener unida una familia que depende de un agresor; incluso a costa de nuestras propias vidas.

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