Emociones políticas

Columna publicada el 9 de noviembre de 2016 en El Espectador.

El 2016 ha sido un año de inmensos retrocesos en todo el mundo para los valores políticos progresistas.

Comenzó con el brexit: nadie vió venir que en en junio, en el Reino Unido votarían para salirse de la Unión Europea. el voto para salirse estuvo alimentado por la xenofobia, el mito de que los migrantes llegan al Reino Unido para quitarles trabajos que no merecen. A pesar de la gravedad del resultado, muchos seguimos bienpensantes y creímos que en octubre el pueblo colombiano refrendaría los acuerdos de paz que servirían para acabar con un conflicto de más de cinco décadas. No parecía haber motivos para creer lo contrario. Pasamos un mes armados de argumentos “racionales” y decidimos no escuchar los miedos sobre “el castrochavismo” y la profunda homofobia y transfobia nacional, pues descartamos estas “emociones” por absurdas. ¡Qué daño nos ha hecho esa dicotomía entre racional y emocional! Solo ha servido para que desantendamos los argumentos del bando contrario tildándolos peyorativamente como “emociones”. Y ahora, gracias a esas “emociones”, acaba de ganar la Presidencia de los Estados Unidos uno de los hombres más misóginos, clasistas, racistas, xenófobos, y peor preparados de nuestros tiempos: Donald Trump. Hoy decimos que el resultado de las elecciones gringas es “de no creer”, pero eso es solo porque nos negamos a ver una tendencia mundial muy evidente.

La primera crítica tiene que ser para los medios de comunicación, pues nos confiamos, sobre-estimamos nuestro alcance con inmensa arrogancia, solo para darnos cuenta de que en ninguno de los tres países la gente confía en la información de los medios. La gente, en cambio, cree en lo que se dice en los púlpitos de las iglesias, en los foros de Facebook y en las reuniones del barrio. “La gente” no es nuestro embobador algoritmo de redes sociales que nos aísla en una burbuja de ideas homónimas, “la gente” son esos con quienes nunca hablamos, a quienes no escuchamos, porque creímos que armados de “argumentos racionales” seríamos invencibles. Pero no. Si algo nos enseña este auge en el poder de la derecha autoritaria, es que ni nuestras propias decisiones políticas son “racionales”, y en cambio dependen de nuestras emociones, y por eso son tan viscerales. No es para menos cuando nos damos cuenta que la emoción que nos está llevando al fracaso es la rabia.

Los problemas económicos dan rabia y la rabia hace más recalcitrantes los prejuicios y la sensación de persecución por parte del “Otro” (que en este caso son los migrantes, la guerrilla, las mujeres y todos esos grupos históricamente excluidos del acceso al poder, y que tantos avances en derechos hemos logrado en los últimos años). En su libro Emociones Políticas, Martha Nussbaum señala la importancia de ocuparse de desarrollar emociones políticas que sean beneficiosas para fomentar la igualdad material en las sociedades. Para Nussbaum, una de nuestras dificultades políticas primarias es que, como humanos, nos sentimos desvalidos. Por eso muchos (si no todos los) populismos funcionan alimentando fantasías de invulnerabilidad. Es exactamente lo que acaba de pasar con Trump. Nussbaum se pregunta cómo podemos crear vías para inspirar emociones públicas como el amor e inhibir la vergüenza que se sienten contra “el Otro”. Para Nussbaum, emociones como el miedo la envidia y la vergüenza son obstáculos para la consolidación de una ciudadanía compasiva y menos violenta.

Pero otra vez nos perdemos en las palabras. Tenemos un largo trabajo para lograr escapar de esta especie de indulgencia racional de aire acondicionado, que nos aleja de las realidades del mundo en que vivimos. Que esta derrota mundial (porque con la presidencia de Trump nadie gana) nos sirva como una lección de humildad, una cachetada para que nos tomemos en serio los peligros del sexismo que toleramos en la vida diaria. Y aun peor del racismo y el clasismo, que históricamente han impedido que hagamos alianzas desde el género para acabar con el sexismo (por eso por Trump sí votaron las mujeres blancas). Sobre todo, tenemos que librarnos desde la desidia y apatía por las emociones de los otros. La revolución social ocurre primero en el corazón de las personas y desde ahí es desde donde quizás podremos construir, algún día, una sociedad que, desde la empatía, sea capaz de aspirar a la justicia.

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