Viernes negro

Columna publicada en El Espectador el 24 de noviembre de 2016.

Dora Lilia Gálvez realizaba una actividad de alto riesgo: pintar su casa. Y dejar la puerta abierta. Eso bastó para que un hombre —que según los medios puede ser un ex o un desconocido obsesionado o un vecino— entrara a violarla, quemarla, torturarla y empalarla. Gálvez continúa en cuidados intensivos. La historia es demasiado familiar.

En 2011, Sandra Viviana Ravelo fue abusada, empalada y atacada por tres hombres, entre ellos su pareja, John Alexánder Quintero. Tener un novio es una actividad de alto riesgo, como también lo es ir a la playa. Así lo muestran los casos de Marina Menegazzo y María José Coni, asesinadas en Montañita, Ecuador. O salir con los amigos, como Lucía Pérez, que también fue violada y empalada en Mar del Plata, Argentina. O montarse en la moto de un compañero de clases, como hizo en 2012 Rosa Elvira Cely, cuando Javier Velasco, un feminicida condenado y con denuncias de violencia intrafamiliar, la violó y empaló en el Parque Nacional de Bogotá. En América Latina, pintar la casa, socializar con compañeros o amigos, tener una relación sentimental o salir de vacaciones son actividades de riesgo si eres mujer. Es muy diferente que a un hombre lo maten para robarle la billetera, o porque es un soldado en el campo de batalla; pero lo más aterrador de la violencia que viven las mujeres en latinoamérica es que vivir se convierte en una actividad de riesgo.

El 25 de noviembre fue declarado el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, en honor a las hermanas Mirabal, activistas políticas asesinadas en 1960 en República Dominicana. Es un día para que pensemos en cómo esa violencia que vivimos las mujeres es diferente, y en estrategias efectivas para resolver lo que ya ha sido reconocido como pandemia. Cada día hay 12 feminicidios en América Latina. Pero como continente apenas estamos en etapa de visibilización. No es que la violencia haya aumentado en los últimos años, es que antes ¡ni siquiera nos dábamos cuenta! No sabíamos cómo llamarla y ni siquiera era tema para la prensa. Pero a las víctimas mencionadas arriba y a todas las que mueren sin que sus casos lleguen a la prensa, les debemos más que una visibilización: a ellas, y a todas las mujeres latinoamericanas que siguen vivas, les debemos soluciones para el problema.

Es claro que la violencia contra las mujeres no se resuelve solo con leyes. De nada sirven las leyes si la cultura naturaliza la violencia. Por eso ni a la misma Rosa Elvira Cely le hizo justicia la ley Rosa Elvira Cely. Mientras nuestra cultura siga engolosinada con la misoginia, mientras se siga entendiendo a las mujeres como propiedades antes que como personas, continuará la sevicia. Porque recordemos que en muchos casos de feminicidio a las mujeres no solo las matan, también las violan y las torturan. Cosas tan infames como el empalamiento solo se pueden explicar desde una virulenta misoginia. Y todos y todas, ciudadanías y Estados, tenemos la obligación de cambiar nuestra normalización y celebración de esa misoginia.

Un segundo cambio estructural importante tiene que ver con la desigualdad en que vivimos las mujeres. Que la mayoría de los agresores sean hombres no significa que los hombres sean inherentemente más violentos. Significa que nuestra sociedad estimula esa violencia y les permite ejercerla, muchísimas veces, sin consecuencias. No es que las mujeres tengan una tendencia a ser víctimas o que sean dulces palomas que no son agresivas. En general las mujeres, cuando son violentas, lo son en espacios privados, con niños o hijos, es decir, en los pocos espacios en donde tienen poder. La razón por la que la violencia de género es una pandemia es porque las mujeres en este continente viven en una desigualdad social y económica que las hace vulnerables a la violencia y que permite que su dolor y sus muertes importen menos. Más que lástima o condescendencia, las mujeres víctimas de violencia necesitan dos cosas: condiciones laborales y psicosociales para tener autonomía, y que la sociedad y las autoridades les crean. Esto, reforzado por políticas públicas efectivas dedicadas a atender el problema y no a compadecer a las víctimas, más estrategias de prevención dirigidas a cambiar el comportamiento de los agresores y no a limitar las libertades de las mujeres, sería el comienzo para pasar del reconocimiento de estas violencia a su eliminación. El primer paso para que los días de las latinoamericanas sean menos oscuros.

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