La violencia se enseña

Columna publicada el 26 de noviembre de 2016 en El Heraldo.

El 25 de noviembre, día de la eliminación de la violencia contra las mujeres, es siempre un día difícil, porque recordamos todas las agresiones que vivimos las mujeres a nivel local, regional y global. Esta visibilización es necesaria porque la violencia que vivimos las mujeres está naturalizada culturalmente, la podemos tener en frente y no verla, porque todo en nuestra sociedad la justifica. En Colombia agreden a una mujer cada 13 minutos. En el Atlántico, según datos de las Comisarías de familia, aproximadamente 1.500 mujeres fueron agredidas en 2015, y según datos de Medicina Legal en hay más de 37.000 a nivel nacional. Por eso se dice que la violencia contra las mujeres es una pandemia.

Sin duda hoy contamos con grandes avances en materia de visibilización, pero la sensación que deja el 25 de noviembre siempre tiene algo de desesperanza. ¿Cómo reducir una violencia que apenas comenzamos a admitir y entender? Porque los golpes y los feminicidios son apenas las formas más espectaculares de violencia, antes de eso vienen otras formas menos perceptibles, como la violencia psicológica, verbal y económica. Y muchas veces las soluciones planteadas, tanto por la ciudadanía como por el Estado, terminan en responsabilizar a las mujeres de la violencia que viven. “Déjalo”, “denuncia”, les decimos, como si fuera tan fácil. Lo que tendríamos que hacer es ayudar nosotros, haciendo que la violencia sea inadmisible socialmente y tomando partido en contra de los agresores. Pero esto también quiere decir que no podemos quedarnos callados cuando tenemos la violencia en frente; esto es ser cómplices pasivos, y quizás intervenir sea incómodo, pero vivir acoso o violencia es mucho peor que sobrellevar una incomod
idad. La violencia de género no cambiará hasta que cambie nuestra sociedad.

Y por eso es importante que padres y madres de familia, instituciones educativas, tomen también partido por la vida de las mujeres. En la familia y en el colegio es donde primero aprenden los agresores las actitudes machistas. Al promover en los niños una masculinidad tóxica, que incluye celebrarles las actitudes violentas, o agresivas, o irrespetuosas frente a las mujeres, los colegios y las familias están reproduciendo modelos de violencia. Cuando le decimos a las niñas que deben ser complacientes y no quejarse de nada, cuando les decimos que ese niño que les pega lo hace porque en realidad se siente atraído hacia ellas, les estamos enseñando a tolerar comportamientos violentos, una tolerancia que en cualquier momento las puede matar.

No basta con repetir las cifras cada 25 de noviembre si seguimos repitiendo los modelos que generan estas cifras. La violencia se aprende, y todos y todas tenemos la responsabilidad de dejarla de enseñar.

 

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