¿Prohibir los piropos?

Columna publicada en El Heraldo el 3 de diciembre de 2016.

En el municipio de Timbío, al sur de Popayán, y con motivo del 25 de noviembre, Día mundial para la eliminación de la violencia contra las mujeres, acaban de prohibir el acoso callejero por decreto. Hoy, por las calles del municipio se pueden ver unas señales en las que se lee: “Eso que tu llamas piropo es acoso callejero y agrede e intimida a las mujeres” o “Un galán no acosa a las mujeres en la calle, haz de Timbío un territorio seguro para ellas”. Las instalaron en seis puntos identificados por las mismas mujeres como los más difíciles de transitar. “Están en la esquina de ‘El bostezo’, cerca de la plaza de mercado, donde se hacen los taxistas y conductores interveredales; en la Terminal de Transporte Transtimbío; en el parque central; en la cancha de fútbol sala donde el domingo en la tarde ninguna mujer se atreve a acercarse y hasta en los alrededores de la Policía y en frente de la Alcaldía” informa el periódico El Tiempo. 

Los medios de comunicación que han reportado esta noticia caen en el mismo error que el título de esta columna: el decreto no prohíbe los piropos, prohíbe el acoso callejero hacia las mujeres, algo que seguimos llamando “piropo” para trivializarlo. Pero que alguien nos grite por la calle “¡tss tss qué tetas!” no es un piropo, es violencia. Un piropo es algo que uno le dice a otra persona para hacerla sentir bien, es decir, pone en el centro los intereses y necesidades de la persona receptora, y no los deseos arbitrarios del emisor. Cuando las mujeres recibimos comentarios no pedidos sobre nuestros cuerpos no nos sentimos bien, ni felices, ni agradecidas, en cambio, nos sentimos desde inseguras con nuestros cuerpos hasta temerosas por nuestra seguridad física. Incluso, cuando son comentarios que no parecen abiertamente sexuales, por ejemplo, el tipo que se sienta en una esquina a decirle (o susurrarle) a las mujeres que pasan que “un angelito se cayó del cielo” no tiene por objetivo que esas mujeres que pasan se sientan bien. ¿Para qué nos dicen eso? ¿Porque quieren conocernos? ¿Invitarnos a salir? Todas sabemos que no. Es simplemente una forma de intimidación y control territorial, tan efectiva que las mujeres nos cambiamos de acera cuando vemos un grupo de hombres en la calle. Esto tiene unos efectos reales y palpables en la manera en que habitamos las ciudades. El solo hecho de que tengamos que cambiar de acera, pensar en qué ropa ponernos para sentirnos seguras en la calle, o de plano evitar lugares en donde hay mucho acoso (como los que lograron ubicar en el municipio de Timbío) significa que no podemos disfrutar del espacio público de igual manera que los hombres.

Ahora, otra pregunta es si el acoso callejero se puede prohibir por decreto. Y lastimosamente no, porque como el machismo es un fenómeno cultural, más que un decreto, lo que necesita son cambios culturales. Y en este sentido, quizás el decreto de Timbío sea de difícil (o imposible aplicación) pero lo que es innegable es que, al menos al nivel del municipio, sirvió para comenzar la conversación.

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