Por la memoria de Yuliana Samboní

Columna publicada el 7 de diciembre de 2016 en El Espectador.

La niña Yuliana Andrea Samboní, de siete años, fue secuestrada, violada, torturada, asfixiada y muerta, presuntamente por Rafael Uribe Noguera, en su apartamento, este fin de semana. El feminicidio de Yuliana ha conmovido y enrrabiado a toda Colombia.

Su más posible agresor, señalado por una cantidad de evidencia clara y abrumadora, fue internado en una clínica por supuesta sobredosis, y ahora se declara inocente, quizás con la esperanza de que le crean que su crimen atroz no fue premeditado. Pero ya hay testigos que dicen haber visto su camioneta en el barrio, rondando a la niña en días anteriores. Y no existe la droga que haga que una persona adquiera capacidad para tal violencia. Las drogas, si acaso, exacerban por momentos la magnitud de una violencia, que en el caso de Uribe Noguera fue alimentada en la comodidad del privilegio de ser un hombre, blanco, educado y miembro de una de las familias más poderosas de Colombia, un país en donde todos esos privilegios otorgan casi la omnipotencia de Dios. Yuliana Samboní, por el contrario, encarna todas las vulnerabilidades juntas, por género, por edad, por etnia, por clase social, por ser parte de una familia desplazada. En un mundo sin estas desigualdades abismales un crimen como este habría sido excepcional. En cambio, es uno entre tantos.

Y estas desigualdades las creamos y las mantenemos nosotros. Por eso no son suficientes la indignación o la rabia. Yuliana Samboní es una entre 21 niñas que en Colombia son abusadas sexuamente a diario. Eso es casi una por hora. Y sabemos bien que toda estadística de violencia de género es un subregistro. Y aun antes de la estadística, todas las mujeres en este país ya lo sabíamos. Nos lo dicen nuestras madres y abuelas cuando somos niñas, nos enseñan a estar alertas si un hombre nos mira, a no andar solas por ahí, a taparnos el torso incluso antes de que haya algo que tapar. El crimen contra Yuliana Samboní nos aterra, pero cuando leímos, en Cien Años de Soledad, que Aureliano Buendía se había casado con una niña de nueve años, y que la preñó con gemelos, y que ese embarazo causó su muerte, lo pasamos sin chistar, deteniéndonos, si acaso, en la buena prosa. Y más que literatura, es un retrato real de lo que viven las niñas en Colombia: maltrato, abuso, incesto. Una realidad de la que preferimos no hablar salvo cuando tenemos un culpable claro a quien señalar.

El caso de Yuliana Samboní tiene todo para indignarnos. Porque la niña era tan joven que nadie fue capaz de salir a cuestionar su ropa o su moral (como sí lo hicieron, por ejemplo, con Rosa Elvira Cely). Además, el crimen sucedió en la capital, donde los medios pueden cubrir la historia a profundidad. ¿Cuántos crímenes como este ocurren a diario sin que los medios se enteren? Pero la única manera en que esta indignación se convierta en verdadera justicia es si sabemos administrar y dirigir nuestra rabia: no basta con castigar, tenemos que cambiar el sistema. Exigir una cadena perpetua en un país en donde los crímenes de género están marcados por la impunidad es absurdo, y esto lo debería saber de sobra la directora del ICBF. Encerrar en la cárcel por siempre a Uribe Noguera, aunque se lo merezca, no soluciona el problema. Es más, puede ser peor, porque aumentar las penas, en delitos como este —donde los agresores suelen ser familiares y conocidos con quienes niñas y familias tienen una relación de afecto, subordinación o dependencia— desincentiva las denuncias. Es una medida populista para que algún político exprima votos con nuestra rabia, pero empeora la situación de impunidad que viven las niñas. Encerrarlas, vigilarlas, impedirles habitar el espacio público, no resuelve el inmenso problema de machismo que tenemos en Colombia.

Las niñas colombianas tienen derecho a vivir una vida digna y libre de violencia y somos nosotros, como sociedad, los responsables de garantizar este derecho. Y garantizarlo implica combatir el machismo, el racismo, el clasismo, la misoginia. Implica darles a las niñas información veraz y oportuna sobre sus derechos, especialmente sobre sus derechos sexuales y reproductivos. Significa hacer de todo el territorio nacional un espacio seguro, de bienestar y confianza que merecen todas las niñas colombianas. Algo que no supimos darle a Yuliana.

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