Carnicería y estafa: las cirugías plásticas inseguras en Colombia

Columna publicada en Al Jazeera el 12 de diciembre de 2016. El texto fue publicado en inglés y esta es la versión en español.

En Colombia se hacen 357.115 cirugías plásticas por año, es decir, 978 procedimientos por día, 41 por hora y casi que un procedimiento por segundo. La cirugía plástica es una de las ramas más rentables de la medicina en el país, porque la demanda de procedimientos cosméticos responde a una necesidad masiva, creada por una sociedad hiper-machista que limita las posibilidades profesionales y personales de las mujeres. Por eso, en algunos contextos colombianos “ser bonita” es la única manera de salir adelante. Por eso es más que comprensible que muchas mujeres busquen hacerse cirugías cosméticas y una demanda tan alta, sin una regulación clara, es el escenario perfecto para que se empiecen a ofrecer cirugías inseguras. A diferencia de otras víctimas de malas prácticas médicas, las víctimas de la cirugía estética son revictimizadas por el prejuicio de que “ellas se lo buscaron” y que es un “castigo por su vanidad”. A esto se suma lo doloroso que es hablar públicamente de un cuerpo que no reconocemos; implica hacer públicos nuestros miedos más profundos. Se dan entonces dos condiciones para el abuso: hay una alta demanda de cirugías plásticas que nace de una urgencia vital (el libre desarrollo de la personalidad) y es poco probable que las víctimas hablen pues serán juzgadas cruelmente por la sociedad.

En 2009,el médico Marín Horacio Carrillo le inyectó polímeros en los glúteos a la modelo colombiana Jessica Cediel, una intervención que la dejó con secuelas físicas y emocionales. En 2014, Luisa Toscano, una mujer trans de 20 años, murió como consecuencia de asistir a un centro estético ilegal que le ofrecía cirugías a las mujeres ‘trans’ que quisieran intervenir su cuerpo. En 2014, el personero de Medellín, Rodrigo Ardila, recibió diecinueve quejas por presuntas irregularidades en procedimientos estéticos que fueron remitidas a la Fiscalía, aunque en ese año no se reportaron sanciones. En 2015, la modelo Angie Mendoza murió debido a un aumento de glúteos realizado por una cosmetóloga en Barranquilla.También, según datos de 2015, a la Clínica de la Universidad Bolivariana de Medellín cada mes llegan entre tres y cinco mujeres en grave estado de salud por procedimientos estéticos ilegales.

El problema no se ha tomado en serio porque la sociedad colombiana, que divide a las víctimas en “buenas” y “malas”, tiene un serio problema de empatía con las víctimas de cirugías cosméticas inseguras. Cualquier mujer que se haga ciertas cirugías cosméticas será duramente juzgada, y si su salud se pone en riesgo pues, de malas, pues esta mujer es vista como una “víctima mala”. Pero esto solo aplica a ciertas intervenciones cosméticas, pues no todas se castigan: no hay un juicios morales contra nadie por hacerse ortodoncia, o por cambiarse el color de pelo. Las cirugías que la sociedad rechaza son aquellas que tienen que ver con la sexualización de las mujeres. Y es que en Colombia, para las mujeres, solo hay una cosa peor que ser un objeto sexual: no serlo.

No quiere decir que todas las colombianas sean unas “víctimas del sistema”. Todas las deben poder decidir cómo quieren que sea su cuerpo sin ser juzgadas o atacadas. Es parte del libre desarrollo de su personalidad, y a la sociedad no le incumben las razones personales por las que alguien decide hacerse una cirugía estéticas. Cada mujer tiene derecho a navegar, como mejor pueda y quiera, el contexto machista y adverso que nos presenta la sociedad colombiana y ninguna, sin excepción, tendría que ver su vida, su integridad o su autoestima en peligro por decidir hacerse una intervención cosmética.

Este año, la periodista Lorena Beltrán denunció fue víctima de una de estas cirugías inseguras en 2015. Al investigar su propio caso, y darlo a conocer a la luz pública, el país se enteró de una de las más inhumanas estafas que se han montado en los últimos años en Colombia. Beltrán se hizo una reducción de busto con el médico Francisco Sales Pucccini y a la semana de la mamoplastia se encontró con un pezón necrosado y unas cicatrices que no sanaban. Sales Puccini le recetó, equivocadamente, un medicamento dermatológico que además de impedir la cicatrización puede causar serias depresiones. Beltrán tuvo que enfrentarse a ambos efectos. Para las heridas, le recomendó curarlas con gelatina sin sabor. Cuando Beltrán se enteró de los desastres de su médico al visitar a otro especialista, descubrió que la supuesta especialización de Sales Puccini no era tal.

Sales Puccini, y otros médicos hicieron unos cursos de no más de un mes en la universidad brasileña Veiga de Almeida en Río de Janeiro. Los cursos, que eran dictados en portugués sin que los médicos conocieron ese idioma, no alcanzaban a cumplir ni un tercio del número de horas que se requieren para una especialización médica y no son aceptados como tal en Brasil. Pero cuando los títulos de la universidad cruzaban a la frontera colombiana, el Ministerio de Educación los convalidaba como especializaciones, y así estos cirujanos mediocres y matasanos podían (y pueden) ofrecer cirugías plásticas que no están preparados para hacer. Los dudosos especialistas se agruparon con el nombre de Asociación Colombiana de Cirujanos Plásticos, una organización no certificada cuyo nombre es convenientemente parecido a la que sí es respetada en el gremio: la Sociedad Colombiana de Cirujanos Plásticos, un grupo élite de profesionales que se especializan de manera rigurosa con mínimo cuatro años de estudios.

Lorena Beltrán no fue la única víctima de Sales Puccini. En una situación parecida se encuentran Esperanza Duarte (que tuvo que amputarse ambos senos por una infección) y el terrible caso de Marianelly Ibáñez, que murió tras una liposucción. Todas pacientes de Francisco Sales Puccini. Ah, y también la hija de la diseñadora María del Pilar Agámez (con una fallida operación gástrica), operada por Carlos Sales Puccini, el hermano. Y todo queda en familia, pues, cómo mostró el reportaje de Al Jazeera, fue María Del Pilar Leyva, esposa de Oscar Javier Sandoval, uno de los investigados, quien certificó el record quirúrgico de su marido para que pudiera adquirir el título en la Universidad Veiga de Almeida.

Ante las denuncias de Beltrán, los médicos se armaron de los mejores abogados que su dinero malhabido podía comprar y entre otras cosas, se han dedicado a demandar por injuria y calumnia a los periodistas que como Beltrán, han hablado del tema. También, Juan Esteban Mejía en Medellín, periodista que expuso las malas prácticas del médico general Carlos Ramos Corena, en cuya clínica fallecieron varias pacientes de cirugía estética, enfrenta una demanda por injuria. Yo misma recibí un petición no judicial de Sales Puccini el 15 de septiembre de este año, para que removiera de mi página web las columnas que lo mencionan. La petición viene firmada por Cristina Casín, Asesora Técnica de “Eliminalia”, una organización española que promete a sus clientes remover “contenidos incómodos” de Internet y los medios de comunicación.  

En el congreso colombiano ronda un urgente proyecto de ley para regular las cirugías plásticas, pero las cantidades de dinero que han invertido los lobbystas son considerables y hace que años que el proyecto se presenta una y otra vez pero se hunde sin remedio. Y aún si pasa, existe el riesgo de que se redacte de tal manera que beneficie la oferta masiva y de baja calidad de cirugías plásticas. Lo único que tienen las víctimas en este momento es un proceso, desde el activismo, de exigencia y veeduría ciudadana pues en este momento los procedimientos están inmersos en una cadena de impunidad: médicos sin ética ni calificaciones, un ministerio de educación complaciente con las convalidaciones, y abogados mezquinos dispuestos a sacar el mayor provecho económico de uno de los negocios más rentables de Colombia. Negocio, porque una y otra vez la salud de los y las colombianas queda relegada a un tercer plano: después del lucro, y un poco más atrás de una sarta de prejuicios y misóginos juicios morales.

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