Los tiempos de la mentira

Columna publicada en la Revista Contacto de la Universidad del Norte, Barranquilla, edición de diciembre de 2016.

Nadie se dio cuenta de cómo las noticias falsas se tomaron las creencias populares hasta que se notó en las urnas debacles como Brexit, el No al Plebiscito del proceso de paz colombiano, la elección de Trump como presidente de los Estados Unidos. Nadie se dio cuenta, pero estaba ocurriendo frente a nuestras narices.

Hace un par de años unas niñas se empezaron a desmayar en el Carmen de Bolivar. Primero dijeron que era el diablo. Pero pronto los padres de familia y hasta personal de los colegios, estaban convencidos de que la culpable era la vacuna contra el papiloma humano, que les había sido aplicada meses atrás en una campaña del Ministerio de Salud. La vacunación masiva se debió a que esta vacuna, que previene virus de de transmisión sexual del papiloma humano, que produce el cáncer de cuello uterino, es una de las principales causas de mortalidad de mujeres en Colombia. La vacuna solo es efectiva si se aplica antes de comenzar la vida sexual, y por eso se le puso a niñas en los primeros años de bachillerato. La historia tuvo eco en los medios de comunicación, que llegaron hasta a afirmar que la vacuna causaba suicidios. Aunque el Ministerio de Salud sacó miles de estudios e informes, no hubo poder humano para desmentir el mito de que la vacuna era nociva, y hasta la fecha, la cosa se discute.

Algunos dirán que el mito de la vacuna está protegido por la libertad de expresión. Sin embargo, decir que la vacuna causa suicidios o parálisis no es una opinión, es una simple y llana mentira, pues en asuntos médicos los ciudadanos comunes no tenemos suficientes conocimientos para opinar, y menos los tienen los padres y madres de familia sin formación en medicina, ni los medios de comunicación. En estos casos, tenemos que ceñirnos a lo que dicen los estándares en medicina, como la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, las fuentes de autoridad no fueron tales. La gente no confió ni en el Ministerio ni en la OMS, y nunca nos preguntamos de dónde salía esa información, cuáles eran las fuentes de autoridad que sí se respetaban en el Carmen de Bolívar.

Las noticias falsas siempre ha existido, sin embargo, el paradigma de la industria de medios tradicional limitaba el impacto de la información falsa. En es el modelo de negocio la credibilidad era importante y por eso publicar mentiras dañaría a reputación de un medio, con repercusiones económicas. Pero esto cambió con Internet. En el modelo de negocio del internet contemporáneo, los avisos llegan a ti según lo que te gusta, y esto lo saben gracias a nuestros hábitos de navegación. Facebook hizo algo similar, su algoritmo hace que veamos el contenido que ya nos interesa, para maximizar los clicks, y una experiencia agradable de la plataforma, así que los contenidos que son adversos a nuestras opiniones previas rara vez aparecen en nuestro Timeline. Esto hace que para los portales de noticias los clicks sean más rentables que la reputación, y esto aplica tanto para los medios “serios” como para los tabloides. Esto ha hecho que en los últimos años muchas noticias falsas como las que estaban en contra de la vacuna del papiloma, o las noticias falsas sobre Trump, o sobre la “ideología de género” en acuerdo de paz colombiano, se difundieran ampliamente y que la gente las creyera.

Por otro lado, la academia y los medios de comunicación son percibidos como elitistas y no son reconocidos como una fuente de autoridad confiable. Ambas cosas son ciertas: la academia está muy lejos del pensamiento popular, y muchos medios, ante la crisis económica, han cedido ante la furia de los clicks dejando de lado el rigor, como sucedió cuando contaron la noticia del pánico social que produjo la vacuna contra el papiloma. Pero, por otro lado, medios y academia fallamos porque pensábamos que bastaba con exponer argumentos racionales coherentes. No nos dimos cuenta de que la información se recibe y transmite desde las emociones. Esto, en cambio, lo saben desde hace muchos siglos las iglesias, que son también grupos políticos, y que en muchas partes del territorio nacional son la fuente de información más confiable, si no la única.

Para cambiar esto tenemos que comenzar por la autocrítica. ¿De qué manera estamos hablando? ¿Qué espacios habita la información de calidad? ¿Es esa información de calidad inaccesible o ininteligible? ¿Cómo hacer más fácil y efectiva la difusión de información confiable? ¿Cómo fomentar una cultura que tenga una aproximación ética a la información? ¿Por qué usamos el eufemismo “posverdad” para no decir mentira?

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