Las propias

Columna publicada el 17 de diciembre en El Heraldo.

Les voy a contar una anécdota horrible sobre mi vida del colegio. Cuando éramos adolescentes, mis compañeros de clase, en bachillerato, tenían una práctica que llamaban “Propiar”. Esto era, ir “a donde las propias”, un misterioso plan al que las chicas del salón nunca éramos invitadas. Así que lo que sé lo sé de oídas, de las historias que contaban al día siguiente en clase, que podían ser o no ciertas, y que supongo que estaban en un intermedio entre la verdad y la exageración. En todo caso, estas aventuras consistían en que se llevaran los carros (caros y de marca) de sus papás, a los barrios populares de Barranquilla. Allí, según decían “levantaban pelaítas” que se iban con ellos, descrestadas por los carros. La historia era que con estas mujeres o niñas (nunca supe sus edades, ni creo que ellos preguntaran) tenían sus primeras experiencias sexuales. ¿Había consentimiento en estas experiencias? Quizás ni ellos lo saben, en ese entonces nadie hablaba al respecto, y en el colegio nuestra profesora de religión, que también daba la clase de orientación sexual, nos decía que lo mejor era la abstinencia.

Nosotras escuchábamos estas historias sin levantar una ceja. Yo hasta me reía, porque quería ser “uno de los chicos”. Y es que, cuando uno no puede ser “la bonita del salón”, lo mejor es aliarse con los hombres para que te consideren “una de los suyos” y en consecuencia no te objeticen ni te matoneen. Así como yo no entendía que esto estaba mal, mis amigos del colegio tampoco. Todos habíamos sido críados en un hermético clasismo, y sexismo, y nos parecía normal que los señoritos de clases altas se procuraran sexo con las mujeres y niñas de clases populares, ya que si lo obtenían de nosotras estaba en juego nuestra reputación. Por supuesto, se consideraba normal que “perdieran su virginidad” con la empleada del servicio (era eso, o una trabajadora sexual). Recuerdo que un amigo cartagenero una vez me contó que al día siguiente él decidió ni sonreírle mientras le servía el desayuno “para que no se hiciera ideas”.

Hoy todos estamos aterrados con el secuestro,  violación y asesinato de una niña de 7 años, indígena, desplazada, a manos de señor estrato mil. Nos preguntamos cómo es que alguien pudo hacer algo tan monstruoso. Sin embargo no vemos que en Colombia, desde tiempos de la colonia, los hombres y niños ricos o de clases altas, han usado (y botado) a las mujeres de clases populares para tener sexo. Muchas veces estas interacciones son voluntarias: pocos chances tienen las mujeres de escalar socialmente y mejorar su nivel de vida, salvo, quizás, que uno de estos muchachos acomodados se ocupe de ellas. Otras veces son abusos sexuales, porque les han enseñado a usarlas, a deshumanizarlas. Su opinión ni siquiera se pregunta porque no importa; la sociedad les había enseñado a mis compañeros de pupitre que “las propias” eran “suyas”.

A la luz del caso de Yuliana Samboní he pensado mucho en mis compañeros del colegio. Sin duda, los crímenes contra Samboní cruzan muchas líneas que quizás son impensables, incluso para los estándares de estas historias. Pero son estas historias las que construyen el contexto social en el que estos crímenes pueden darse. Estoy convencida de que estas formas de violencia no se van a acabar si no criticamos duramente a nuestros propios entornos. Un saludo, compañeros.

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