2016: el año de la “posverdad”

Columna publicada en El Heraldo el 31 de diciembre de 2016.

Cada noviembre,  el diccionario Oxford elige una “Palabra del año”, que pretende encapsular lo más importante y representativo del año que materia de lenguaje y cultura. Las elecciones suelen estar llenas de clarividencia. En 2015, la Palabra del año fue el ‘emoji’ que llora de la risa, un guiño de inclusión a los alfabetos pictográficos que cada vez se hacen más importantes en nuestro uso del lenguaje. La palabra para el 2016, aunque acertada, es mucho menos optimista: “posverdad”.

El diccionario Oxford define posverdad como: relativo a, o que denota una circunstancia en donde los hechos y datos objetivos tienen menos influencia en la opinión de la ciudadanía que las emociones o creencias. El término fue acuñado por el escritor serbio-estadounidense Steve Tesich, quién lo usó en un ensayo publicado en 1992.  Los ejemplos de usos exitosos de la posverdad y de sus efectos políticos sobra en el 2016; desde ‘Brexit’, hasta Donald Trump, pasando por el plebiscito colombiano para apoyar el proceso de paz y las marchas contra la inventada “ideología de género”.

Además de sus efectos políticos, la elección del diccionario Oxford viene con una dura paradoja. El diccionario más antiguo se encontró en Siria y data del año 2300 antes de Cristo. Desde entonces, las culturas humanas, que pasan sus conocimientos a las siguientes generaciones a través del lenguaje, han hecho estos compendios de palabras que hoy llamamos Diccionarios. Los diccionarios modernos son un invento de la modernidad, una forma de universalizar y estandarizar los significados (heredera de los avances en filosofía del lenguaje que se hicieron en la época medieval) y encuentra su culmen en el sueño borgiano que es Wikipedia. Los diccionarios son importantes en nuestra cultura porque son un argumento de autoridad. Por lo tanto, para que un diccionario funcione, sus usuarios deben confiar en que la información que contiene es correcta. En nuestro sistema de conocimiento, una fuente de autoridad –que surge de un consenso pretendidamente universal de especialistas–, determina la diferencia entre la información verdadera y la información falsa. ¿Qué lugar tienen los diccionarios en un mucho en donde poco importa la información correcta? ¿Para qué un diccionario en tiempos de la posverdad? Parece que el diccionario Oxford estuviera anunciando su propia muerte.

Si algo nos enseñó el 2016 es que la información veraz y oportuna es decisiva para construir sociedades justas. Nos lo enseñó a los trancazos, porque el mundo acabó siendo, este año, un lugar menos justo, en donde los prejuicios alimentan la violencia y entorpecen el acceso a los derechos humanos. La elección del diccionario Oxford es un llamado al periodismo, a la academia, a los Estados, a los intermediarios privados de Internet como Google y Facebook, para que garanticemos el derecho a la información de los y las ciudadanas.

 

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