Que las marchas transformen la tristeza y la rabia en la esperanza de mañana

Columna publicada en Univisión el 21 de enero de 2017.

El d iscurso de posesión del ahora presidente de los Estado Unidos, Donald Trump, dejó en claro que vienen tiempos oscuros para todos, pero especialmente para los inmigrantes, las mujeres, los derechos sexuales y reproductivos, para cualquiera que no sea blanco, y para casi todos los países del mundo, excepto, quizás, Rusia. Las elecciones de Trump para su gabinete son un vaticinio de graves retrocesos en derechos humanos, el mundo está desconcertado, es como si un capítulo de Southpark se hubiese hecho realidad.

Siempre he sido una escéptica ante ese amplio surtido de mensajes de ánimo con los que contamos para hacer frente a la tragedia: “Antes de la luz viene la oscuridad”, “todo pasa por algo”, “no será tan terrible”. Ese tipo de esperanza, como de tarjetas de Hallmark, es un optimismo vacío, que no solo es odioso, también es efímero. Es una esperanza que peca por ingenua.

Tiempos como estos necesitan un optimismo que se transforme, que sea realmente una forma de resistencia y revolución, un comienzo y no un fin. Y ese comienzo pueden ser las marchas de mujeres que ocurrirán hoy.

Lo digo no porque tenga una idea romántica de la protesta o porque son marchas organizadas por mujeres y yo sea feminista, lo digo porque el camino recorrido para llegar a esta específica protesta ya es en sí mismo un mapa de acción y de lecciones, para resistir al inminente retroceso en derechos que se nos viene encima.

Cómo muchas protestas contemporáneas, las marchas de hoy comenzaron con un evento de Facebook, la misma plataforma que creó las burbujas de opinión que nos hicieron subestimar el peligro de la elección de Trump. Pero que también puede servir para organizar las protestas en su contra. Esta es la primera lección: no tenemos que estar siempre a merced de los algoritmos de las plataformas. Es hora de apropiárnoslas. La vida no está dividida entre virtual y real, estamos dentro y fuera de las plataformas.

Como siempre, algunos dijeron que llamar a estas marchas “de mujeres” era poco estratégico y alienante (para los hombres por supuesto, que dejan de poner atención cada vez que alguien menciona al otro género) pero la palabra es importante, pues más que nunca, estas marchas se tratan de ponerle un alto al patriarcado oportunista encarnado en el nuevo presidente. Es el momento para que las habitantes de Estados Unidos se oencuentren para dar un pulso, urgente, necesario, y que puede probar la contundente fuerza política de quienes nos identificamos como mujeres. Para todas, en el mundo, es una ofensa que un predador sexual haya sido electo presidente.

Las marchas de hoy, como todas las acciones de protesta feministas, despertaron un debate interno que habría podido llegar a desarticularlas. Pero las críticas a las marchas por ser solo organizada por mujeres blancas lograron que Tamika D. Mallory, Carmen Pérez y Linda Sarsour se integraran a la organización del evento abriendo el espacios para mayor diversidad.

El primer nombre que se dió a la marcha, “Marcha del Millón de Mujeres” fue cambiado tras fuertes críticas del movimiento Black Lives Matter, pues se estaban apropiando del nombre de una marcha que organizaron las mujeres negras en 1997 en Filadelfia. La marcha también fue criticada porque no parecía tomar en cuenta a las personas con discapacidad, otro de los grupos vulnerables que serán afectados negativamente por la administración Trump. Pero las críticas fueron tomadas en cuenta, y hoy se espera que la marcha asistan 45,000 personas, marcha con mayor participación de personas con discapacidad en toda la historia de los Estados Unidos.

Nadie puede prometer o garantizar que las marchas de hoy sean perfectas, pero llegar hasta aquí implicó un proceso de revisión, de escuchar a otros grupos, de ensayo y error. Las feministas y mujeres estadounidenses, desde todas sus esquinas, comenzaron una importante conversación sobre interseccionalidad. Este es un ejercicio importantísimo, pues la única forma en que puede mantenerse un frente unido en resistencia a Trump, es reconociendo las diversidades, los privilegios, y planteando una constante conversación que haga resiliente al movimiento de mujeres.

También porque, ante una crisis como esta, quienes ya saben qué hacer son aquellas personas que siempre han vivido en medio de la crisis. Son los grupos más vulnerables de Estados Unidos: las mujeres negras, las personas trans, los y las migrantes, las personas con discapacidad, quienes ya saben cómo hacer una eficiente resistencia. Su sola existencia es ya una resistencia.

Las marchas de hoy son importantes como punto de encuentro, para que las mujeres y hombres estadounidenses que estén a favor de los derechos humanos, y en contra de la discriminación, la violencia, y la explotación, se vean las caras por fuera de Facebook, se sonrían, se den la mano.

Necesitamos lazos humanos reales, emocionales, anclados en nuestra memoria con una experiencia, para poder hacer resistencia. Esa emoción compartida de las marchas de hoy es una esperanza. Sí hay una ciudadanía dispuesta a salir a la calle, dispuesta a guardar celosamente su derecho al disenso, ejerciéndolo, si las mujeres de Estado Unidos y del mundo somos capaces de entender la importancia de nuestras diferencias y el valor de nuestra fuerza heterogénea, si hay una voluntad de reconocer que, quizás hoy más que nunca, lo político es personal, entonces hay resiliencia.

Que la tristeza y la rabia de ayer se organicen y se transformen en la esperanza de mañana.

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