Censura y misoginia

Columna publicada el 9 de febrero de 2017 en El Espectador.

En el 2015, una de las periodistas protegidas por la Unidad de Protección (UNP) fue víctima de violencia sexual. Su agresor hacía parte de su escolta. La periodista tenía un esquema de protección asignado por haber denunciado a varios grupos armados y bandas criminales de su región. Primero las amenazas eran ambiguas: el escolta ponía fotos alusivas a grupos paramilitares en su perfil de Whatsapp y se tomaba fotos con armas en el vehículo asignado por la UNP. Luego, el acoso escaló: el escolta le dijo a la periodista que “ella le gustaba” y, cuando ella le dio aviso de la irregularidad a un alto mando de la Policía que era su amigo, la Policía le asignó ¡una escolta para cuidarla de sus escoltas! El día de descanso del escolta de la Policía, el escolta de la UNP subió al apartamento de la periodista y abusó de ella sexualmente. Ante el reclamo de la periodista, la UNP se limitó a desvincular al escolta sin poner en funcionamiento los protocolos necesarios ante una agresión sexual de este tipo.

La Fundación para la Libertad de Prensa se ha reservado el nombre de la periodista por seguridad, pero su caso es uno de los que se cuentan en el informe anual presentado ayer miércoles, que cuenta con un capítulo específico que tipifica las agresiones a mujeres periodistas. El caso contado arriba es un ejemplo perfecto de las múltiples vulnerabilidades de un oficio que en Colombia, y más en las regiones, es de altísimo riesgo. Las mujeres periodistas son amenazadas por ser periodistas y por ser mujeres, y los sistemas de protección con los que contamos han fallado en entender el problema desde una perspectiva de género, porque siempre se ha pensado solo en el riesgo que viven los periodistas hombres.

Cuando una periodista o defensora de derechos humanos es amenazada, con frecuencia estas amenazas tienen que ver con la agresión sexual (algo paradigmático de las agresiones por género), o en otras ocasiones los amenazados son las y los miembros de su familia, hijos o hijas y personas a su cargo como familiares enfermos o adultos mayores. Cuando las periodistas o defensoras denuncian amenazas de tipo sexual, con frecuencia no les creen que el motivo tiene que ver con su trabajo como periodistas y, como sucede casi siempre con la violencia de género, estas se descartan como algo menor o “inevitable”. Por otro lado, los esquemas de protección suelen estar diseñados solo para una persona, no están pensados para quienes tienen a otros a su cargo, que también tendrían que ser relocalizados o protegidos. El informe muestra otras formas de violencia de género que atentan contra la libertad de prensa: “Una reportera que trabaja en un noticiero televisivo, en el que informa sobre temas que pueden incomodar a determinadas personas, es víctima de agresiones específicas que no reciben sus colegas hombres”. Por ejemplo, la gran mayoría de ataques con ácido (o amenazas de estos) son dirigidos a mujeres. Todo esto sin contar los miles de episodios de acoso y objetización (que es una forma de menosprecio del trabajo) que viven las periodistas a diario, y lo peor es que aquí los agresores son cualquiera: los jefes, los compañeros de trabajo y hasta las fuentes. Y bueno, ni hablar de los comportamientos machistas que plagan las redacciones y que de muchas formas sutiles demeritan el trabajo de las periodistas, a veces relegándolas a temas “soft”, o “femeninos”, incluso en contra de sus intereses.

En lo transcurrido de 2016 la FLIP registró 33 mujeres periodistas víctimas de agresiones. Los registros de periodistas agredidas en razón a su género son escasos, no porque no ocurran, sino porque no se reportan o no se les da la importancia que merecen. Todo esto entorpece el trabajo de las periodistas, y esto atenta contra la libertad de expresión y contra nuestro derecho a la información. Si el propósito del periodismo es contarnos de una manera completa y equilibrada la realidad para que nosotros podamos tomar decisiones informadas como ciudadanía, no basta con lo que reportan los periodistas hombres. Los y las ciudadanas no podemos quedarnos con solo un punto de vista, un tipo de experiencia, una mirada. Si no tiene perspectiva de género no es buen periodismo, y la censura es uno de los más graves efectos de la misoginia.

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