8 de marzo: ¡Nosotras paramos!

Columna publicada el 23 de febrero de 2017 en El Espectador.

Imaginen que de un momento a otro desaparecen todas las mujeres: el mundo, como lo conocemos hoy, colapsaría. Y no porque los hombres sean del todo inútiles o las mujeres imprescindibles, sino porque es el trabajo invisible de las mujeres lo que sostiene la economía en todas las sociedades humanas.

Lo primero que causaría el gran colapso es la división por género del trabajo. Las mujeres hacemos casi todos los trabajos de cuidado y crianza, somos las profesoras, las enfermeras, las secretarias, todos campos mal pagados y poco apreciados, pero sin los cuales no funcionarían ni las empresas, ni los hospitales, ni los colegios. Claro, habría médicos (cuyos pacientes morirían en el quirófano porque nadie desinfectó la mesa ni les pasó el bisturí) y jefes (que no tendrían ni idea de cómo funciona la oficina en realidad) y ni hablar de los bebés y los ancianos, que no durarían vivos más de dos días sin profesoras y enfermeras. También está el trabajo doméstico, que casi en su totalidad, en el mundo, está realizado por mujeres (usualmente de bajos recursos) y sin el cual nuestras vidas y rutinas laborales sencillamente no funcionan. No hay mujer exitosa (ni hombre) que no haya construido esos éxitos desde el privilegio de poder delegar en otra mujer (empleada, madre, abuela) el funcionamiento de un hogar.

Pero incluso las mujeres que pueden pagar por estos oficios dedican, en promedio, 30 horas más a la semana que los hombres al trabajo doméstico. Mientras tanto, ellos duermen, descansan y hasta ven televisión. En México, que es un país bastante similar a Colombia, según datos del INEGI, las mujeres trabajan en total 20,6 % más horas que los hombres, si se contabiliza el trabajo realizado dentro y fuera del hogar. Además, las mujeres dedicamos el 65 % de nuestro tiempo a labores no remuneradas en el hogar, que no incluyen prestaciones, ni reconocimiento ni protección. Y a esto se suma el trabajo reproductivo (un embarazo también es trabajo, y en el parto muchas mujeres arriesgan su vida, aunque los héroes de las naciones sigan siendo los soldados). Se suma el trabajo emocional de escuchar y consolar a todas las personas (pero especialmente los hombres) a nuestro alrededor. Algo por lo que un psicólogo cobra, por hora.

Si les dijéramos a los hombres que van a trabajar 30 horas diarias a la semana sin que esto se vea remunerado y que les vamos a pagar con besos y abrazos, serenatas y dándoles las gracias, se reirían en nuestra cara. Nos dirían: ¡es esclavitud! Y tendrían razón. Lo es. Y doblemente cruel, pues es una forma de esclavitud de la que las mujeres no pueden renegar pues supuestamente es “su lugar natural” (como cuando decían que los esclavos negros estaban hechos para los trabajos pesados porque “son más fuertes”) y porque se nos tacha de malvadas o malagradecidas si no hacemos de buena gana y con perfecta abnegación todos estos trabajos que se invisibilizan económicamente con el cuento del amor.

Nuestros derechos sociales y políticos no pueden disfrutarse si no tenemos derechos económicos. Gloria Steinem dice que la actividad económica internacional es como ese mito del mundo y la tortuga: el mundo entero se sostiene sobre la caparazón de una tortuga sin ser consciente de su existencia. Las mujeres somos esa tortuga, sosteniendo el mundo con una actividad económica invisibilizada y usualmente sintiendo culpa por no poder cargar más peso. La figura sirve para mostrar que las mujeres, históricamente y alrededor del mundo, hemos estado en una situación de esclavitud, pero que además nos han hecho creer que esa esclavitud es nuestro lugar en el mundo y que, además, nos tiene que gustar. Si vamos a hablar de acabar con la desigualdad, empecemos por destapar esa esclavitud, velada, subrepticia, endulzada con miel en la que viven la mayoría de las mujeres en el mundo. La esclavitud invisible que aún no somos capaces de abolir.

Este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, #NosotrasParamos, las mujeres del mundo nos unimos y nos organizamos para mostrar nuestra fuerza en un grito común. Paramos todo: el trabajo que nos pagan y nos reconocen y el que no, porque el mundo tiene que darse cuenta de que no funciona sin nosotras. Esta columna es una invitación para que todas las colombianas que puedan hacerlo se unan al paro, para que las mujeres que están en puestos directivos o de poder lleven el paro a sus lugares de trabajo. Juntas podemos cambiar el sistema, juntas podemos hacer temblar la tierra.

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