En las nubes están los dioses

Columna publicada el 25 de febrero de 2017 en El Heraldo.

Este jueves, en una de las rutas aéreas Miami-Barranquilla, el avión venía casi por entero lleno de barranquilleros, que regresaban a esta ciudad a vivir el Carnaval. En el avión se hablaba ruidosamente, era evidente a qué veníamos todos y nadie sintió el pudor de hablar pasito, como tanto nos piden fuera de casa y especialmente en Bogotá. Como en el avión se podía comprar cerveza, como todos estaban hablando del mismo tema, las conversaciones empezaron a expandirse más allá del círculo de conocidos. De la charla se pasó a las bromas, y los azafatos terminaron por sonar en los parlantes En Barranquilla me quedo. El avión entero se paró a bailar, sacamos las máscaras, hicimos trencito. Solo en Barranquilla decían todos, y era verdad. En cualquier otro contexto ese comportamiento habría sido inadmisible. Pero todos en este avión entendíamos ese goce de lo impropio como una picardía, y bailar en el avión, lejos de ser amenazante, fue algo cómplice, inofensivo, incorrecto, travieso, empoderador, vitalista. Eso es precisamente el Carnaval.

Y es esa complicidad lo que tiene Barranquilla, lo que nos trae a todos de vuelta como llamados por las brisas y el sudor. Esto es lo que la Unesco llamó nuestro “patrimonio inmaterial”, y es responsabilidad de todos los y las carnavaleras conservarlo. Digo conservarlo, porque a medida que nuestro Carnaval adquiere más y más renombre, crecen las tendencias que buscan  hacernos lo que le hicieron al Carnaval de Río, que sin duda es majestuoso, pero que se que convirtió en un espectáculo para espectadores. Mientras que en el Carnaval de Barranquilla, esa línea no existe, todos somos el espectáculo y todos somos el espectador. Por eso decimos “¡quien lo vive es quien lo goza!”. Claro, borrar esa línea implica abocarse al desorden y a lo inesperado, porque el Carnaval es de todos y no podemos ordenado, controlarlo. Y no, no podemos empaquetarnos como un producto fácil de consumir y vender.

Jurémosle amor a nuestro Carnaval, jurémosle resistencia y defendamos todos eso que lo hace inigualable. Eso, que se defiende bailando en las esquinas, a pesar de los atracos, a pesar del absurdo Código de Policía. En Barranquilla siempre hemos sabido que bailar es un ejercicio de ciudadanía, de resistencia. Que no se nos olvida que nuestro carnaval nació de la sátira, de la resistencia de los pueblos originarios del Caribe, de los negros que llegaron a estas tierras víctimas de trata de personas para ser esclavizados y discriminados hasta el día de hoy, de la burla de los pobres a los ricos almidonados, de la crítica política al país, a la Iglesia. Es tentador convertirnos en un carnaval apolíneo, como el de Río, que sale perfecto en todas las fotos, pero lo nuestro no es eso. Nuestro rey Momo es Dionisio, conocido también como Eleuterio o “Libertador”, porque lo libera a uno de su ser normal, mediante la locura, el éxtasis o el vino, que usa la música para dar final al cuidado y a la preocupación. En las nubes están los dioses, pero viven en nosotros. Mantengamos vivo el espíritu del Carnaval.

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One comment

  1. En los años 50 Cuubana de Aviación adaptó sus aviones en vuelos procedentes de Estados Unidos para que en la cabina hubiese músicos y bailarinas al estilo de Tropicana. Además, a los pasajeros les servían ron. Total los gringos y gringas llegaban a La Habana felices, copetones y hasta emparejados.

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