El cuidado es trabajo

Columna publicada el 2 de marzo de 2017 en El Espectador.

“Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien”. No lo dice Pambelé, Lo dice Virginia Woolf en su célebre ensayo feminista Una habitación propia. Pensar, soñar, parecen actividades baratas, pero son carísimas: su prerrequisito es tener las necesidades básicas garantizadas (algo que pocos, pero especialmente pocas, tienen en este país); y no sólo eso, también se necesita tiempo libre. Algo que históricamente las mujeres no hemos tenido, porque hemos estado encargadas del funcionamiento de los hogares, de la comida, de la reproducción, la crianza y la educación. Virginia Woolf fue la escritora prolífica que fue porque pudo mandar al carajo todas esas obligaciones. Pero no porque “fuera una rebelde”; también y sobre todo, porque era de una clase social que podía pagar por los trabajos de cuidado y de servicio, porque tenía propiedades, dinero para comer y vestirse asegurados y un marido que le permitía tener esa habitación propia (otros maridos recluían a sus esposas “creativas” por “locas”). De nada sirve tener la mente de Virginia Woolf si no se tienen todos esos privilegios.

Sin ir más lejos, esta columna es posible gracias al trabajo de mi familia: a mi madre y abuela, que trabajaron sin parar para no sólo cubrir mis necesidades básicas; también, darme una buena educación. Ellas no habrían podido trabajar sin las empleadas domésticas que ayudaron a mi abuela con la casa, que era grande; sin aquellas que me cuidaron a mí al llegar del colegio para que mi mamá pudiera trabajar hasta las siete de la noche, como hacen los hombres, y sin mi bisabuela, que fue quien siempre me cuidó por las tardes, y que antes que a mí cuidó a mi mamá, y no sólo nos metió el bichito del feminismo sino que ayudó a darnos las condiciones materiales para realizarnos profesionalmente. Esta columna hoy también se escribe gracias al apoyo de mi esposo, aún de mi mamá, gracias al trabajo de las dos empleadas domésticas que en Barranquilla y en Ciudad de México se ocupan de las cosas de la casa para que nosotros podamos pensar en trabajar. A eso se suma la red de amigos y amigas que nos ayudan a realizar nuestras labores de cuidado, que nos cuidan, que nos apoyan, que nos escuchan y que nos leen. Esta columna existe gracias a todo un sistema, que en mi caso está en su mayoría compuesto por mujeres; y sin embargo yo la firmo, aunque yo sea, apenas, quien la escribe.

Las mujeres gastamos la mayor parte de nuestro tiempo y nuestras energías en realizar esos trabajos de cuidado que nadie toma en cuenta. Los realizamos desde que somos niñas hasta que somos abuelas, sin pensión, ni prestaciones, ni retiro, salvo la enfermedad incapacitante. Las pocas veces que estos trabajos son pagos se pagan mal, y son realizados, de nuevo, por mujeres, lo que significa que las pocas privilegiadas que podemos zafarnos de estos oficios sólo nos liberamos individualmente, delegando en otra mujer los trabajos que “nos tocaban” por nuestro género. Aunque estos trabajos invisibles sostienen la economía humana en todos los países y todas las culturas, suelen ser invisibilizados, y lo que se considera como “trabajo trabajo”, el pagado, no está diseñado para personas que tienen responsabilidades de cuidado. Por eso, las mujeres con hijos o que tienen a su cargo adultos mayores o familiares enfermos ven truncadas su carreras profesionales, especialmente si trabajan en campos en donde no hay horarios flexibles ni apoyo para guarderías, que son básicamente todos.

El 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, se conmemoran las luchas de las mujeres por su participación en la sociedad en iguales condiciones que los hombres, algo que no hemos conseguido todas en todas partes, aún. Y no porque sea un mito que “podemos tenerlo todo”. Es porque no podemos tenerlo todo solas, no sin redes de apoyo y cuidado, no sin equilibrio de responsabilidades en las labores de crianza y educación para ambos géneros y muchísimo menos si no empezamos a valorar todos los trabajos de cuidado, crianza y reproducción, los trabajos emocionales y domésticos sin epítetos: tan sólo como trabajo. Sabemos que no todas las mujeres (las madres solteras, las empleadas entre muchas) tienen el privilegio de unirse al paro internacional, pero el ejercicio sirve también para que cada una de nosotras piense en esos aportes no reconocidos, que en nombre del amor o del género hacemos a la economía. Este 8 de marzo queremos invitarlas a que, usando el hashtag #ElCuidadoEsTrabajo, contemos las historias de cómo muchas veces estos esfuerzos no han sido reconocidos, o peor, se convierten en un obstáculo para la igualdad laboral de las mujeres. Y la invitación es también a contar todas esas historias de trabajo, de cuidado, que han hecho posibles tantas cosas, para reconocer a las empleadas domésticas, a las abuelas, a las madres, a los, las y les amigues que han puesto el corazón, el tiempo y el hombro para que nosotros hagamos realidad nuestros sueños.

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