¿Es machista que los hombres paguen la cuenta?

Columna publicada en la revista Cromos el 13 de marzo de 2017.

Hay una respuesta corta a esta pregunta: si alguien me invita a comer porque quiere hacerme una atención, no veo por qué negarme. Ahora, la cosa cambia montones si quien paga asume que invitarme a comer le da derechos sobre mi vida, o sobre mi cuerpo.

Pero hay otra respuesta más complicada. Supongamos que esto es una cita romántica entre una pareja heterosexual. Esta aclaración es importante porque otras parejas, como las del mismo sexo, tienen otro tipo de dinámicas de poder. Pero con las parejas heterosexuales hay infinitas reglas de cortejo, construcciones sociales impuestas desde hace años, y el subtexto específico de pagar la cuenta es que el hombre debe ser el macho proveedor, el que puede demostrarle a la chica que es capaz de “tenerla como una reina”.

A las mujeres nos enseñan que somos una especie de trofeo que los hombres se tienen que ganar. Y a hombres y a mujeres nos dicen que el tipo supera todos los obstáculos para que su doncella se le entregue. Por eso, muchos hombres no solo pagan la cuenta para demostrar su capacidad económica –o poder, o galantería–, también lo hacen porque esperan algo a cambio, y si no lo reciben, se molestan. Fácil: el sexo consentido, el amor, el interés por una persona, no son una fría transacción, y las mujeres no somos princesas de videojuegos, ni el premio de una prueba de resistencia, somos personas que deberíamos poder escoger con quien estar sin que nos vean como una recompensa. Y olvidarse de eso, de que somos personas, de que no les debemos nada, es lo machista de pagar.

Y ni hablemos de esos meseros que acostumbran llevarle la cuenta al hombre de la mesa por inercia. Esto también es machista porque asume que solo los hombres de la mesa, no las mujeres, tienen la capacidad económica para pagar.

Pero un hombre también puede pagar, sin expectativa alguna, y no solo por amabilidad, también por consideración con todos esos gastos invisibles que hacen que las mujeres estemos en desventaja económica. Empecemos por decir que en esta pareja hipotética de dos personas blancas heterosexuales, ella seguro gana un 30% menos que él por hacer el mismo trabajo y sí tienen la misma edad. A eso habría que sumarle la plata que ella se gastó en arreglarse para estar ahí sentada sonriente. ¿Cuánto? ¿Una hora en la que habría sido más fructífero trabajar? Y ¿cuánto vale esa arreglada? Recordemos que todos los productos para el cuidado y la belleza femeninos tienen lo que se ha llamado el “impuesto rosa”, esto es, que puede ser la misma cuchilla de afeitar, pero para nosotras es más cara. Y también el champú, el acondicionador, el secador de pelo, la crema, las uñas, el corte de pelo, la cera, y ni les quiero contar, señores, lo que cuesta el maquillaje, las toallas higiénicas, las pastillas anticonceptivas, el taxi porque no podemos caminar solas por la noche sin peligro. Quizás él vaya a ser quien pague, pero ella, mucho antes de que llegara la cuenta, ya hizo una gran inversión. Y no es tan sencillo como decir “ay, pues que no se arregle tanto”, porque los juicios sociales que recibimos las mujeres por estar desarregladas son costosísimos.

Ante la duda (y esto va para los hombres y para las mujeres) inviten, pero sin esperar nada a cambio (el verbo es “invitar”, no “comprar”). Por ser amables y generosos ninguna feminista los va a regañar. Pero no todas las parejas son iguales, cada relación implica un empalme de privilegios y vulnerabilidades que tienen un impacto en la autonomía económica y en la relación de poder que se entabla entre esas dos personas. Lo que muchas feministas queremos es que estas relaciones de poder sean claras para los involucrados. Y les aseguro, en la medida en que nos dejen de exigir que gastemos tanto en nuestra apariencia, en que ganemos más, tengamos más autonomía económica y se reconozca todo nuestro trabajo, en que nos quiten de encima impuestos absurdos y en que acaben con la desigualdad, empezaremos a pagar la cuenta gustosas.

 

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