La juventud: ayer, hoy y mañana

Columna publicada en la revista Cromos el 22 de marzo de 2017.

Los millennials son distraídos, flojos, narcisistas y creen que tienen derecho a todo lo que les da la gana”, explica Simon Sinek, consultor de mercadeo y “conferencista motivacional” (según Wikipedia), en un video que se hizo viral en octubre de 2016. Continúa con condescendencia: “Los millennials quieren trabajar en un lugar que tenga un propósito, quieren ‘tener un impacto’, sea lo que sea que eso signifique, y quieren comida gratis. Sin embargo, no son felices”.

Según Sinek la infelicidad de mi generación se debe a estrategias de crianza fallidas con padres y madres demasiado indulgentes, que nos decían que somos “especiales” todo el tiempo, y que se iban a las escuelas a pelear para que nos pusieran buenas notas. Dice también que a nosotros nos han dado “medallas por todo, incluso por llegar de últimos”. Luego, afirma que somos una generación sin autoestima y adicta a la dopamina que generan los likes en las redes sociales. Que los jóvenes se deprimen cuando alguien los saca de Facebook, y que no hay “restricción de edad” para usar las peligrosas y adictivas redes sociales, que compara con el cigarrillo y el alcohol. Y más: que nuestras amistades son superficiales, que no sabemos manejar el estrés (Sinek celebra las prácticas de otras generaciones en las que los jóvenes se hacían alcohólicos y ludópatas para manejar el estrés) y que no logramos manejar la frustración porque obtenemos todo, en el momento en que lo pedimos. Todo, salvo buenos sueldos, satisfacción laboral y relaciones interpersonales significativas. Para Sinek los millennials no nos aguantamos más de ocho meses en nuestros trabajos, y no tenemos paciencia (no se le ocurre que los sueldos que nos ofrecen jamás alcanzarán para comprar una casa y mucho menos para ser fieles a una empresa). Finalmente, afirma que tenemos que dejar los teléfonos inteligentes para poder “disfrutar el mundo” que es donde “suceden las ideas” y la innovación, como si esos mismos teléfonos no comunicaran ideas y no fueran fruto, precisamente, de la innovación.

La juventud está definida por sus formas de consumo. Quienes pueden pagar las tecnologías que les permiten modificar y transformar sus cuerpos para ser “siempre jóvenes”, lo serán.

Aunque las afirmaciones de Sinek fueron genéricas, insostenibles e incoherentes, el video se hizo viral en segundos, pues repetía el discurso gastado sobre las nuevas generaciones: que los “jóvenes de hoy” son rebeldes, flojos, peligrosos, desorganizados, egoístas y superficiales. Y así se habla de los y las jóvenes, desde que se inventó la categoría “juventud”.

La juventud, como categoría social, es un invento bastante reciente. Podría definirse como un periodo de la vida de una persona en la que ya no se le considera niño o niña, pero todavía no alcanza la autonomía adulta y, por supuesto, la autonomía tiene todo que ver con la independencia económica. Pero en la Edad Media (y aún hoy, en muchos entornos, especialmente rurales) cuando los niños empezaban a trabajar a los siete años y las niñas se convertían en madres apenas les llegaba la regla, no había espacio para algo así como la juventud o la adolescencia. Pero en los años 50, en los países industrializados, el sistema económico dio paso a que hubiese hombres entre los 14 y 24 años que trabajaban en las grandes ciudades, con tiempo libre y no necesariamente trabajos fijos. Por supuesto, todos estos “jóvenes” eran varones, las mujeres no tenían ese lujo y pasaban de la niñez a la adultez con solo casarse o tener hijos. Así, a mediados del siglo XX, comenzó la idea de que estos trabajadores “ociosos pero con dinero” podían potenciar la delincuencia, o al menos la indisciplina. Y el prejuicio de que los jóvenes son rebeldes e irresponsables viene desde entonces.

Esta cadena de representaciones provocó un pánico moral que sigue existiendo hoy en día, y que se evidencia cuando la gente se asusta incluso con los millenials, que bien pueden ser la generación más zanahoria y responsable de todas. Pasamos de sociedades agrícolas a posindustriales, y hoy, algunos dirán, digitales, aunque la verdad es que esa transición no es lineal: en el siglo XXI las tres (y muchas más) conviven en simultáneo, y la juventud hoy, más que de la edad, depende del sexo, de la nacionalidad, de la raza y de la clase social. En realidad, no es cierto que las relaciones entre edades (jóvenes y adultos) generen cambio en una sociedad. Es al contrario: los cambios en las sociedades explican las relaciones entre una edad y otra.

La juventud se opone a lo que entendemos por “adulto”; por eso, poco tiene que ver con la edad y sí con los sistemas económicos, culturales y políticos. Esto quiere decir que ser joven no es lo mismo si uno es pobre que si uno es rico. Pero además, la juventud hoy está definida por sus formas de consumo. Aquellos que pueden pagar las tecnologías que les permitan modificar sus cuerpos para ser “siempre jóvenes”, lo serán. Hoy, la juventud puede estar disponible para cualquiera que pueda pagarla.

 

Pareciera que lo único que persiste en la discusión sobre los jóvenes es su representación. Por un lado, “los jóvenes” se representan como unas amenazas (incontrolables e inacabadas) y por eso deben ser “domesticados”. Por el otro, “los jóvenes” son “la esperanza”, intrínsecamente buenos y vulnerables. Y esta idea legitima la intervención de los estados en el control y la protección de los jóvenes con intervenciones que, si bien son necesarias, no logran dejar de ser condescendientes. Por supuesto, ninguna de las representaciones es del todo cierta, y así, los jóvenes terminan siendo dos cosas al tiempo: un símbolo del futuro de nuestra sociedad y su mayor peligro, supuestamente siempre a un paso de la violencia, las drogas y la degeneración moral, sea lo que sea que eso signifique. Y por eso, todos los años aparecen noticias sobre cómo “la juventud” es una “generación perdida” que “no entiende lo importante del mundo”. Pero quizás, quienes no entienden son los que se reconocen como “adultos”. Todos los discursos que estigmatizan sobre la juventud muestran la misma torpeza que Sinek y un gran miedo a una demografía que empieza a responder a los cambios de un mundo que esos “adultos escandalizados” no quieren aceptar.

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