Niñez y violencia sexual

Columna publicada el 29 de abril de 2017 en El Heraldo.

Esta semana una niña de 11 años fue secuestrada en el barrio La Candelaria, en Soledad, por un tipo en una moto hasta un monte cerca a la Central de Abastos en donde abusó de ella. Intentó matarla con un destornillador pero ella logró escapar y pedir ayuda. Esta semana también fue capturado Julio Antonio Maldonado quien, de acuerdo con investigaciones de la fiscalía se hacía pasar por un “enviado de Dios” para abusar sexualmente de menores de edad, al parecer, siete en la población de Suan, al sur del Atlántico, pero se sospecha que también ha cometido violaciones en Soledad y Malambo. Medicina Legal reportó que en el Atlántico, en lo que va del año, le han hecho valoraciones médicas por presunto delito sexual a 202 niños y niñas. Todos sabemos que son muchas más las historias que nunca pasan por los medios de comunicación o por medicina legal.

Estas historias y datos no son para crear un pánico social, son para que nos demos cuenta que durante mucho tiempo hemos querido ignorar la violencia sexual a la que se enfrentan niñas y niños y adolescentes. Las pocas veces que no nos hacemos los de la vista gorda lo hacemos para exigir a los cuatro vientos castigos más duros (como si eso compensara el daño causado) o decidimos que lo más importante es extremar la vigilancia de los menores de edad de manera que no tengan respiro ni libertad. Ambas reacciones son equivocadas e inútiles y no resuelven de raíz el problema que deja vulnerables a los menores de edad.

Por ejemplo, sabemos frecuente que haya abusos por parte de figuras de autoridad como profesores, padres, adultos de la familia y sí, miembros de comunidades religiosas, pues el discurso teológico sirve para crear relaciones de confianza e intimidad que pueden facilitar el abuso. Aunque en el caso citado en esta columna el Enviado de Dios era un “falso profeta” que no se nos olvide que la Iglesia católica está llena de abusadores de menores y a la institución le falta mucho para mostrar un repudio real y contundente contra estos crímenes. Quizás no podemos vigilar a la niñez y adolescencia todo el tiempo, no solo porque logísticamente es imposible, también porque restringe los derechos de los menores, pero podemos dedicarnos, como sociedad, a disminuir esas desigualdades que los vulnerables y a fomentar un cambio social que comience con el respeto a la dignidad humana de todas las personas, especialmente mujeres, adolescentes, niños y niñas. También podríamos tratar de cambiar nuestra cultura de predadores, en donde se celebra el acecho y se revictimiza y culpa a las víctimas. Lo que nos toca, como sociedad, frente a estos crímenes horrendos, es construir espacios seguros en donde nadie, por malo que sea, pueda tener estos abusos de poder y salirse con la suya.

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