Esencia de hombre

Columna publicada el 11 de mayo de 2017 en El Espectador.

Uno de los principales argumentos en contra del derecho a la adopción de tantos niños y niñas en Colombia por parte parejas del mismo sexo, solteros, solteras o personas viudas, es que para la crianza de las nuevas generaciones se necesita “una esencia femenina” y una “masculina”. Este parece ser un argumento irrefutable porque reafirma todas nuestras obsesiones binarias, pero eso no quiere decir que sea cierto. Para empezar, las mujeres hacen parte de la crianza, no como una esencia sino con todo el cuerpo. Las mujeres cuidan, por amor muchas veces, pero también porque no tenemos mucha elección en lo que respecta al trabajo de cuidado o de crianza. Lo que pueden enseñar las mujeres a las nuevas generaciones (que no es una sola cosa, monolítica o esencial porque todas las mujeres somos diferentes) suele ser siempre parte de la crianza.

Los hombres, en cambio, son otro cuento. En Colombia, si vamos a ser honestos, son pocos los hombres que de verdad fungen como padres de familia. Gracias a nuestra historia de violencia y machismo, a los padres colombianos los matan o sencillamente se van, pues no sienten una real necesidad de estar ahí para sus hijos: de eso se encargan las mujeres. La mayoría de los que se quedan con sus parejas e hijos se limitan a “proveer” (plata, no amor), pero quedan totalmente eximidos del trabajo de crianza. Si al Congreso y a los políticos colombianos de verdad les importara que los hombres hicieran parte de la crianza de los niños y niñas, pues arrancarían por ampliar la licencia de paternidad para enviarles el mensaje de que ser padre requiere tiempo y compromiso (pero ya sabemos que esto no es lo que les importa).

Por otro lado, y lo he mencionado varias veces en esta columna, la manera en que entendemos la masculinidad suele ser violenta y tóxica. No nos olvidemos ni por un segundo que la mayoría de los agresores contra los niños son hombres adultos. Y esto no es porque los hombres sean inherentemente malos y las mujeres buenas, todos los seres humanos tenemos las mismas capacidades morales, pero si las mujeres llegamos a la violencia, o incluso si levantamos la voz, la sociedad nos castiga inmediatamente mientras a los hombres se los celebra.

En una canción muy popular llamada La canillona, de Juan Piña, un hombre nos hace un discurso para demostrar su virilidad y dice: “Culebra que a mí me pique se muere con mi veneno, el bigote me hiede a tigre yo mismo me tengo miedo”. Temerario, indolente, invencible y violento, la verdad, es buen resumen de lo que les enseñan a los hombres: que la masculinidad hiede. Dice la antropóloga Rita Segato, que ha dedicado su carrera a estudiar el machismo y el comportamiento de los hombres violadores, que el machismo les hace pensar a los hombres que si no pueden “demostrar” su virilidad no son personas, y esta virilidad se muestra no sólo con una supuesta violencia sexual, también con “la potencia bélica, la fuerza física, económica, intelectual, moral y política”. Los hombres son víctimas de su propio invento, pero no pueden verse como víctimas porque su masculinidad no se los permite, y según Segato, esta potencia se “restaura” ejerciendo violencia contra las mujeres y la niñez y todos los cuerpos que tienen menos poder. Los hombres agresores, los violadores, los violentos, no están solos: hacen parte de un proceso de diálogo con los modelos de masculinidad que hemos construido, se están probando a otros hombres. ¿Este es el tal ejemplo que tanto reclaman para la crianza de las nuevas generaciones?

Lo que los niños y niñas necesitan es amor, respeto y apoyo, y esto puede venir de sus madres o padres, tías, abuelas y abuelos, familia extendida y hasta de los amigos. Lo que no necesitan es una construcción de la masculinidad como un sinónimo de violencia.

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