Idiomas

Lo político y lo correcto

Columna publicada el 20 de abril de 2017 en El Espectador.

La semana pasada, la Corte Constitucional emitió un fallo en el que se defiende a Héctor Sánchez quien, junto con sus padres, tuvo que soportar el matoneo y la discriminación de sus vecinos en Barranquilla por su orientación sexual durante 23 años. “Te voy a matar, marica hijueputa”, le decían a diario, y es evidente, por el contexto, que aquí la palabra “marica” se decía con sorna y odio, con intención de discriminación. Pero el fallo de la Corte no es contra una palabra, sino sobre su uso, pues la comunicación humana es tan compleja que podemos insultar y discriminar de múltiples maneras, y hasta con cosas tan mínimas como una mirada. Se trata de no caer en la trampa de perseguir las palabras, o las miradas, pensando que estamos atacando la discriminación.

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Las iguanas

Columna publicada en El Heraldo el 15 de abril de 2017.

Cuando era niña, los árboles de Barranquilla y sus alrededores estaban llenos de monstruos prehistóricos. Literalmente, pues las iguanas son primas en tercer grado de los extintos dinosaurios, y se dice que están presentes en la Tierra desde entonces. Algunas eran pequeñas, rápidas, como un led de verde brillante moviéndose entre los árboles. Otras eran gigantes, colosales, y si las atrapabas de la cola te la dejaban de recuerdo. Recuerdo también la crueldad de la gente: en recreo, los niños solían tirarles piedras a ver si alcanzaban a descalabrarlas. En los peajes siempre llegaban a vender los huevos de iguana, como un manjar, pero sin contestar por la vida del animal en donde estaban antes esos huevos. Hoy se hace evidente, por lo raro que es ver una iguana en la ciudad o sus alrededores, que las malas prácticas y la caza indiscriminada está acabando con las iguanas.

 

Las iguanas son un plato típico de Cuaresma porque precisamente ponen sus huevos en febrero y marzo. A las iguanas preñadas, que son más lentas, las cazan a mansalva con piedras y palos, las desgarran por sus uñas y tendones y la amarran para abrirles la barriga con cualquier cuchillo y de cualquier manera, y luego les dejan mal cosidos los vientres, para que los animales mueran poco después por infección o desgarramiento, y las pocas que sobreviven (apenas el 5%) quedan infértiles.

Hace cuatro años, en el 2013, el Instituto Von Humboldt y Ecopetrol hicieron una alianza para salvar estos animales. Uno de los puntos que señala el Instituto es que la carne de iguana es una importante fuente de proteína alterna (en Costa Rica le llaman “el pollo de los árboles”) y por eso es importante que no desaparezca. Sin embargo, las matan más rápido de lo que se reproducen. Además, los huevos ni siquiera se utilizan principalmente para satisfacer a la población local, pues quienes más los consumen son los turistas. No se trata de dejar de comerlas (de hecho, podríamos empezar a incorporar su carne, que solo se come en el Cesar y La Guajira, a la dieta de todo el Caribe. Pero no podemos hacerlo mientras estén en vías de extinción y sin tener unas condiciones de cultivo menos crueles y que le permitan a la especie sobrevivir. “En Colombia el conocimiento básico de las poblaciones de esta especie, así como los patrones de aprovechamiento por parte de las comunidades locales, es prácticamente nulo, por lo que garantizar su manejo y conservación mediante programas de zoocría, como se ha hecho hasta el momento, resulta incierto”, dijo al periódico El Tiempo la directora del Instituto, Brigitte Baptiste.

Mirar con amor al Caribe, valorar lo propio, también es conservar nuestra flora, nuestra fauna y nuestros recursos. Las iguanas han sido uno de los animales más emblemáticos del paisaje de la región, y desde hace más de 30 años nos están advirtiendo que cambiemos nuestras prácticas. Es hora de hacerlo.

Desprotegidas

Columna publicada el 12 de abril de 2017 en El Espectador.

La mayoría de los feminicidios no ocurren de un día para otro, dan señales bastante evidentes que hemos querido ignorar o, peor, normalizar como sociedad. La familia de Claudia Rodríguez, asesinada por su expareja, Julio Alberto Reyes, este lunes en el Centro Comercial Santafé, dijo a los medios que Reyes no solo la perseguía; ya le había dicho que la iba a matar, hace un mes le había dado una golpiza. Rodríguez llegó a Bogotá huyendo de Medellín para alejarse de Reyes. Acudió al menos 40 veces a la Policía y siempre le dijeron que no podían hacer nada. Ni siquiera el lunes, ante el secuestro de un hombre armado, pudo actuar con rapidez la Policía, pues les tomó al menos tres horas lograr detener al asesino. Para entonces Rodríguez ya estaba muerta.

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Catalina Ruiz-Navarro #Boldwoman #Todopoderosa

Entrevista por MyGirlStory publicada el 11 de abril de 2017.

 *Créditos de las fotos: Univision y Maria José Sesma

¿Quién es Catalina por Dios?

A ver… (Respiración profunda) pues yo soy heredera de un matriarcado de cuatro mujeres muy fuertes que yo admiro mucho, y digamos que para mí ese background de ellas tres es muy importante para construir mi identidad.

Soy Barranquillera, barranquillerísima, carnavalera, olimpiquista, Caribe. Soy una amiga muy leal. Me gustan los animales. Creo que mucho de lo que yo hago hoy en día es porque tengo muy buenos amigos que son muy inteligentes, con los que puedo tener conversaciones activas, vibrantes todo el tiempo. Entonces creo que uno también es esa red de gente que está ahí alrededor con quienes uno está intercambiando ideas.

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Por qué el reggaetón no es más machista que tú

Columna publicada el 9 de abril de 2017 en Univisión.

Esta semana el cantante de reggaetón Maluma recibió una condecoración de manos gobernador del departamento de Antioquia en Colombia. Luis Londoño (más conocido como Maluma) tiene 23 años, nació en Medellín, capital del departamento, y hoy es uno de los cantantes de reggaetón más exitosos a nivel internacional. Pero el reconocimiento provocó  la indignación de las redes sociales. A muchos les pareció terrible que una condecoración así se dedicara a un cantante de reggaetón, e incluso llegaron a comparar al Maluma con Alejandro Ordóñez, ex procurador de Colombia, destituido por corrupción y por haber usado el poder de su cargo para perseguir los derechos de las mujeres y la comunidad LGBTI en Colombia. El argumento en contra de Maluma es que sus letras y canciones “humillan y denigran a las mujeres” y este argumento se apoya en una columna de opinión de Yolanda Domínguez, publicada en el Huffington Post, que critica la canción 4 Babys.

Antes de continuar sería bueno detenerse en la letra de la polémica canción, en la que Maluma habla encuentros sexuales con cuatro mujeres. Esto no es en sí algo violento. De hecho, en un verso de la canción dice que “ninguna le pone pero”, algo que hasta puede interpretarse como una forma de consentimiento. Sí, la canción habla de sexo. Sí, para variar es un hombre con muchas mujeres. No, no nos habla de la personalidad o las historias de vida de estas mujeres y aunque no será la mejor canción del mundo, tampoco es un paradigma del sexismo o una apología a la violencia. Su verso más problemático es, quizás, “La otra medio psycho y si no la llamo se desespera”, por aquello de que uno no puede estarle diciendo psicópata a cualquiera, ni está chévere acusar a las mujeres de eso por tener ansiedad con el teléfono. Otras canciones de Maluma, como el ya clásico Borre cassette o Chantaje –su legendario dúo con Shakira– ponen a las mujeres en una situación de poder frente a él. De hecho, al menos Maluma no tiene el sexismo benevolente de otros reconocidos cantantes colombianos como Carlos Vives (piensen en La Cartera) o Juanes, que literalmente tiene una canción titulada “Malparida”.

¿Si Maluma no alcanza a ser más machista que otros ídolos de la música mainstream colombiana, por qué es el único que recibe las críticas? Si el llamado a rechazar la música machista fuera genuino, se extendería a todos los géneros y no se dedicaría sólo al reggaetón. Si la preocupación por el impacto que los símbolos de la cultura tienen en la vida de las mujeres fuera real, los colombianos no estarían pidiendo que “perdonemos” al futbolista Pablo Armero, llamado a jugar en la selección Colombia, la pesar de que el año pasado protagonizó un escabroso episodio de violencia doméstica en un hotel de Miami cuando su esposa no quiso tener sexo con él y él, en respuesta, le pegó y le arrancó las extensiones del pelo. Parece que para los colombianos esto último es perfectamente perdonable. En cambio, ser artista de reggaetón parece ser la mayor afrenta contra las mujeres.

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Crónicas de Indias

Columna publicada en El Heraldo el 8 de abril de 2017.

Hace más de quinientos años, cuando los españoles se enteraron de que al otro lado del mar existía todo un continente, empezaron a escribir historias, crónicas, en donde contaban cómo “descubrían” (colonizaban) América. Las crónicas de Indias resultaron ser tan coloridas que bien podrían ser antecedentes del realismo mágico. Bernal Díaz del Castillo y Hernán Cortés, entre otros, contaron historias de una tierra ignota, virgen, llena de monstruos como cíclopes, sirenas y gigantes, y apenas habitada por unos indios salvajes urgidos de catequización. Lo notable de estas historias es que eran llamadas “crónicas”, es decir, tenían una pretensión de verdad, la verdad de los conquistadores. La única forma de justificar la brutal conquista española era convenciendo a todos de la barbarie de estas tierras.

Medio siglo después la estrategia es la misma, pero un poco más sofisticada. Por ejemplo, los españoles de la multinacional Gas Natural Fenosa acabaron con la calidad del servicio eléctrico en la Costa a punta de ignorar las inversiones necesarias con la excusa de que hay una “cultura del no pago” en la región. Resultó que esta era una mentira flagrante, pues la deuda de los usuarios de a pie solo llegaba al 3,09% de la deuda total. Pero era una mentira fácil de creer porque hasta los mismos colombianos nos comemos el cuento de que los costeños somos flojos y desordenados, o en otras palabras, bárbaros.

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¿Es acoso que el conductor de Uber le diga a una pasajera que es “hermosa”?

Columna publicada en la Revista Cromos el 7 de abril de 2017.

Una vez me quejé en Twitter de que, con frecuencia, los taxistas en Ciudad de México me hacen preguntas que me parecen invasivas luego de oír mi acento. ¿Cómo es que llegaste a México? ¿Te gustan los tacos? ¿Y los hombres mexicanos? El interrogatorio terminaba, casi sin excepción, con ¿tienes novio? Cuando hablé de esto con un hombre, también extranjero en Ciudad de México, me dijo que no entendía mi molestia; que él también recibía preguntas parecidas en los taxis. Y que lejos de sentirse molesto o agredido entendía la curiosidad de los taxistas, para quienes cualquier extranjero representa una novedad. Acepté su argumento racionalmente. Pero mi molestia con las preguntas era muy real. ¿Por qué teníamos experiencias tan diferentes de lo mismo?

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