Medios

Esencia de hombre

Columna publicada el 11 de mayo de 2017 en El Espectador.

Uno de los principales argumentos en contra del derecho a la adopción de tantos niños y niñas en Colombia por parte parejas del mismo sexo, solteros, solteras o personas viudas, es que para la crianza de las nuevas generaciones se necesita “una esencia femenina” y una “masculina”. Este parece ser un argumento irrefutable porque reafirma todas nuestras obsesiones binarias, pero eso no quiere decir que sea cierto. Para empezar, las mujeres hacen parte de la crianza, no como una esencia sino con todo el cuerpo. Las mujeres cuidan, por amor muchas veces, pero también porque no tenemos mucha elección en lo que respecta al trabajo de cuidado o de crianza. Lo que pueden enseñar las mujeres a las nuevas generaciones (que no es una sola cosa, monolítica o esencial porque todas las mujeres somos diferentes) suele ser siempre parte de la crianza.

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Caras pintadas

Columna publicada el 6 de mayo de 2017 en El Heraldo.

Debo admitir que me emocioné tremendamente al saber que Telecaribe haría una miniserie con la historia de la Niña Emilia, diosa de la cumbia y el bullerengue, una mujer que triunfó con su voz en un mundo de hombres, que vivió su vida con desparpajo y con humor, a pesar de que muchas veces estuviera marcada por la miseria. Como mujer Caribe, la Niña Emilia es un referente obligado, pero además su voz tiene esa extraña cualidad de poder a la vez alegrar y desgarrar el corazón. ¡Estas son las historias que tenemos que estar contando! Me dije.

Finalmente pude ver toda la serie en Youtube esta semana y, aunque sé que muchos han celebrado el esfuerzo de la producción local, y la participación de la hija de la Niña Emilia, Nelly Hernández, la serie tiene un error insalvable: la protagonista es una mujer blanca. Y para mayor horror: una mujer blanca con la piel pintada.

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#SiMeMatan: qué hay detrás del feminicidio en Ciudad Universitaria

Columna publicada el 5 de mayo en la revista Vice.

La justificación de la Procuraduría para dejar nuestra muerte en la impunidad.

El jueves en la mañana la Universidad Nacional Autónoma de México amaneció con una mujer muerta: Lesby, de 22 años, ahorcada con el cable de una caseta de teléfono. Inmediatamente la universidad reaccionó con tibieza: dijeron que repudiaban y lamentaban el “incidente” pero no fueron capaces llamarlo por su nombre: feminicidio. Luego la Procuraduría de la CDMX nos dio algo de información sobre Lesby: debía materias y su novio dijo que “tenía problemas de alcoholismo”. El mismo novio con quien, según la procuraduría, ella estuvo “drogándose” en el campus y con el que tuvo una discusión horas antes de su muerte.

La escritora María José Evia Herrera tuvo una reacción perfecta en sus redes: “si me matan, recuérdenme ser perfecta”. Rápidamente su sentencia se convirtió en el hashtag #SiMeMatan con el que muchísimas mujeres protestamos contra otra estigmatización de una víctima de feminicidio por parte de la Procuraduría. Lo dijo muy bien la académica salvadoreña Virginia Lemus: “La diferencia es que cuando matan a un hombre no sale el procurador general a decir que fue por borracho, por fiestero y por mal estudiante”.

Hay una revelación escalofriante en el río de tuits que uno puede leer al seguir el hashtag: todas sabemos perfectamente qué dirían de nosotras si nos matan, cuáles son esas traiciones a nuestro género que sabemos que, por estúpidas que sean, pueden salirnos caras. Y eso lo sabemos porque llevamos años bajo las consignas de que si hacemos x o y nos ponemos en riesgo, con el radio cantándonos “tiraré las cubas” (sí, Las Flans tienen una canción en donde le recomiendan a las jóvenes botar el trago en las macetas). Hay un doble terror en saber que estos supuestos motivos para matarnos no serán solo el chisme de los vecinos; serán la justificación de la Procuraduría para dejar nuestra muerte en la impunidad.

 

A las mujeres nos han enseñado a vigilarnos y a vigilar a las demás, a marcar clarísima esa línea entre las niñas buenas y las malas, porque a veces esa línea significa que te pueden matar. Y lo más cruel es que nunca podremos portarnos suficientemente bien; nuestra reputación siempre será tachable, por el hecho de existir como mujeres humanas con vidas, como tendría que ser. Pero esto también significa que para las mujeres vivir es un factor de riesgo.

Hay una profunda desolación en saber que si algo nos pasa, ni la universidad, ni la procuraduría, ni la sociedad nos protegerán. Además, todas sabemos que nunca serán suficientes nuestras medidas de autodefensa: podemos ser amas de casa con perlas y síndrome de estocolmo, podemos ser niñas, bebés incluso, y no hay protección moral contra el abuso. Nos dicen entonces que nuestra muerte sólo importará si somos víctimas perfectas. Pero, ¿a nosotras qué más nos da si ya estaremos muertas?

Todas sabemos por qué nos van a matar. Todas sabemos que las razones son la misma: que somos mujeres. Siempre que un nuevo feminicidio moja prensa escuchamos las mismas excusas y resulta imposible no identificarse: cada mujer muerta es una advertencia para las demás. En la novela distópica de Margaret Atwood, que acaba de adaptarse como mini-serie, The Handmaid’s Tale, un grupo ultraconservador se toma el poder de los Estados Unidos, lo renombra “Gilead” y se instaura un régimen absoluto de control sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres. En una de las centrales de adoctrinamiento a las mujeres que luego serán violadas una vez al mes para ejercer como vientres subrogado (las handmaids o doncellas), una de las mujeres cuenta un episodio de violencia sexual que le ocurrió en ese “mundo de antes” —muy parecido al de ahora—. La mujer cuenta una violación múltiple y las doncellas se ven obligadas a señalarla y decirle que todo esto ocurrió por su culpa, porque ella lo provocó. La mujer que las obliga les explica que antes las mujeres estaban en peligro de que pasaran estas cosas, que no podían salir a la calle tranquilas, pero que ahora, con la extinción absoluta de todas sus libertades, tendrían también absoluta protección.

Para variar, la realidad supera la ficción. ¿Cómo no sentir miedo de ir a clase, de salir a la calle, de amar a un hombre? Porque ojo, estas cosas tan pedestres nos pueden matar. Y así, poco a poco, interiorizamos la advertencia de que la única forma de que no nos maten es no vivir.

Por eso, la única resistencia posible, para que no nos paralice el miedo, es estar juntas, y sobre todo, estar cada vez más juntas, a pesar de nuestras diferencias y diversas trincheras. Offred, la protagonista de la novela de Margaret Atwood, encuentra una frase tallada en la madera de su clóset, una frase que le da esperanzas: “nolite bastardes carborundorum”, que significa algo así como “no permitas que los hijos de la chingada te hagan polvo”. Y es que, si estamos juntas, pueden incluso matarnos (aunque será más difícil) pero #SiNosMatan no nos harán polvo.

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Cartas sobre la mesa

Columna publicada el 3 de mayo de 2017 en El Espectador.

El referendo que impulsa la senadora Viviane Morales, en contra de los derechos de niñas y niños a ser adoptados, es caro, inconstitucional y peligroso. Es caro porque hacer una consulta como esa cuesta unos $280.000 millones, que tendrían mejor uso reconstruyendo Mocoa o Manizales, en vez de gastarse activamente en perseguir derechos. Es inconstitucional porque atenta contra el derecho de las parejas del mismo sexo y de las y los solteros a adoptar y tener una familia, atenta contra el derecho de los niños y niñas a ser adoptados, y todo eso contradice una idea básica de la Constitución: que todos los y las ciudadanas somos iguales ante el Estado y no se puede discriminar.

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¿Es machista decir ‘crimen pasional’?

Columna publicada en la revista Cromos el 2 de mayo de 2017.

Lo que silvestremente entendemos por ‘crimen pasional’ parece ser un asesinato causado por ‘esos celos tan inmensos que provoca el verdadero amor’. Nos han dicho siempre que el amor es una suerte de ‘locura’ y que por eso justifica muchos comportamientos poco éticos, disruptivos o hasta ilegales. Cuando yo era adolescente, que un chico se fuera a golpes con otro para ‘defender tu honor o pelearse por tu amor’ era una prueba de devoción y compromiso. Toda la sociedad ha crecido por ideas así, nos dicen que no es amor si no produce celos violentos y enfermizos.

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Nalgas de 14 kilates

Columna publicada el 29 de abril de 2017 en Univisión.

Kim Kardashian acaba de volver a romper Internet. Lo ha hecho tantas veces que deberíamos buscar un nuevo término. Esta vez, porque un paparazzi le tomó fotos en Punta Mita México a su gran y reconocido trasero, que en el 2014 protagonizó la portada de la revista Paper. Estas fotos, sin embargo, muestras sus nalgas sin retoques, con celulitis, como suelen ser los culos de ese tamaño.

El culo de Kim Kardashian produce sentimientos encontrados. Al ver las fotos, el la presentadora Sussana Reid en Gran Bretaña celebró  que Kim Kardashian “se mostrara de manera natural” y su compañero de set, Piers Morgan, le contestó “ ¿Qué has logrado por tener celulitis? […] Los defectos no deberían ser celebrados”. En esta conversación se resumen las razones por las cuales el culo de Kim Kardashian es importante.

 

Primero está lo que dice Reid, que la Kardashian “se muestra de manera natural”. Esta frase es clave porque nos dice dos cosas, primero que ella tiene el poder de elegir mostrarse, no la muestra un tercero, ella se muestra, incluso con los paparazzi que pretenden “robarle fotos” sabemos que Kardashian está en completo control de su imagen. El gran problema con las imágenes de los cuerpos de las mujeres es quién decide qué imágenes se publican, quien se lucra de ellas, quién las consume. La respuesta histórica a estas tres preguntas es la misma: hombres. O para ser más precisos, hombres, blancos, heterosexuales. Sin embargo, en el caso de Kim Kardashian, la respuesta es ella. Ella es quien se lucra de estas imágenes y quién está en control de su narrativa. Esto es un poder inusitado para una mujer. Ahora, la cosa sería más revolucionaria si en vez de lucrarse ella solita de un sistema que fetichiza la raza y cosifica a las mujeres, ayudara a destruir ese sistema. Pero aún con esa limitación, cada vez que la gente se pregunta ¿por qué importa tanto el culo de Kim Kardashian? nos obliga a cuestionar ese sistema.

Lo segundo es que Reid dice que Kardashian es “natural”, cuando es evidente que no lo es, Kim Kardashian es una mujer que a diario se produce a sí misma para los lentes, lleva años interviniendo y su cuerpo (sea con maquillaje, cirugías, o gimnasios) para parecerse a un ideal. Parece una cosa rarísima pero en realidad esto es algo que todas las personas hacemos con nuestros cuerpos: nos teñimos el pelo, usamos lentes de contacto, recurrimos a la ortodoncia. Nadie es natural. Pero Reid usa la palabra “natural” porque, como tener un culo grandote suele estar mal visto, las mujeres trabajan muchísimo para cambiarlo u ocultarlo. Kardashian hace lo contrario: lo presume. Así que no es que ella sea natural, es que se niega a disimular una parte de su cuerpo que la sociedad nos exige mantener oculta. Y ahí es donde viene el problema de la raza.

Lo que nos parece bello en realidad tiene en el fondo unas razones políticas. Por ejemplo, nos parece que las narices bellas son pequeñas y respingadas, como las narices de las personas blancas. La industria cosmética vende montones de pelo para que mujeres de todo el mundo alisen su cabello, hasta tenerlo como el de las mujeres blancas. La belleza también depende de hacer ejercicio y de comer bien, algo que en el mundo contemporáneo es un lujo de las clases altas, que son las únicas que tienen el dinero y el tiempo para hacerlo. Y los culos, bueno, se supone que tienen que ser pequeños, duritos y paraditos, como los suelen tener las señoritas ricas blancas. En el espectro de la feura suelen estar las pieles morenas, el pelo rizado, las narices chatas y anchas y los culos grandes. ¿Ven? La mayoría de las veces eso de la belleza es puro racismo y hay una amplia gama de tratamientos de belleza cuya función es blanquearnos.

Cuando en el famoso éxito de Calle 13, Atrévete, una línea dice “aquí toa’ las boricuas saben karate, ellas cocinan con salsa de tomate, mojan el arroz con un poco de aguacate pa’ cosechar nalgas de 14 kilates”, la línea es escandalosa y empoderadora. Escandalosa porque en nuestra sociedad blanca hablar del culo es una cosa tabú. La literatura, el baile y la música afro en cambio, hacen una celebración a esta parte del cuerpo que en este contexto es una forma de resistencia. Es decir “no somos blancos”. Porque a todas estas, cualquier persona de grandes nalgas nos dirá que la cosa es irremediable. Y estas personas pueden pasarse la vida odiando esa parte de su cuerpo por no ajustarse a los estándares de belleza blancos o amarla y celebrarla, decir que es son nalgas de 14 kilates. Estoy seguro que ese verso fue y sigue siendo muy empoderador para muchas mujeres.

Y ya para terminar, un redoble de tambores y torcida de ojos para comentar lo que dijo Piers Morgan, un hombre blanco y europeo hablando qué es y qué no es un defecto en el cuerpo de una mujer de color. ¿Ven la violencia? Durante años los hombres han dictado qué es y qué no es un defecto en nuestros cuerpos. La celulitis por ejemplo parece ser lo peor que te puede pasar, pero la mayoría de las mujeres la tienen y no hace ningún daño a la salud. Sin embargo, como nos han dicho que es un defecto, y eso nos lo han dicho los hombres, por supuesto, hay tipejos como este que que hasta la asocian con una falta moral.

Si el trasero de Kim Kardashian tiene poder es porque nosotros, con nuestros prejuicios, se lo damos. Nos escandaliza que una mujer sea dueña de su cuerpo. Nos ofende que esa mujer celebre un rasgo de su cuerpo que suele ser discriminado. Y ella, como hizo con el video de sexo que se filtró sin su consentimiento, le da la vuelta a nuestro racismo y nuestro machismo y se lucra de ellos. Por eso le contestó a Piers Morgan: “Preguntas que qué hago. Estoy aquí sentada en la playa con mi cuerpo defectuoso”.

 

Niñez y violencia sexual

Columna publicada el 29 de abril de 2017 en El Heraldo.

Esta semana una niña de 11 años fue secuestrada en el barrio La Candelaria, en Soledad, por un tipo en una moto hasta un monte cerca a la Central de Abastos en donde abusó de ella. Intentó matarla con un destornillador pero ella logró escapar y pedir ayuda. Esta semana también fue capturado Julio Antonio Maldonado quien, de acuerdo con investigaciones de la fiscalía se hacía pasar por un “enviado de Dios” para abusar sexualmente de menores de edad, al parecer, siete en la población de Suan, al sur del Atlántico, pero se sospecha que también ha cometido violaciones en Soledad y Malambo. Medicina Legal reportó que en el Atlántico, en lo que va del año, le han hecho valoraciones médicas por presunto delito sexual a 202 niños y niñas. Todos sabemos que son muchas más las historias que nunca pasan por los medios de comunicación o por medicina legal.

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