Revista Vice

#SiMeMatan: qué hay detrás del feminicidio en Ciudad Universitaria

Columna publicada el 5 de mayo en la revista Vice.

La justificación de la Procuraduría para dejar nuestra muerte en la impunidad.

El jueves en la mañana la Universidad Nacional Autónoma de México amaneció con una mujer muerta: Lesby, de 22 años, ahorcada con el cable de una caseta de teléfono. Inmediatamente la universidad reaccionó con tibieza: dijeron que repudiaban y lamentaban el “incidente” pero no fueron capaces llamarlo por su nombre: feminicidio. Luego la Procuraduría de la CDMX nos dio algo de información sobre Lesby: debía materias y su novio dijo que “tenía problemas de alcoholismo”. El mismo novio con quien, según la procuraduría, ella estuvo “drogándose” en el campus y con el que tuvo una discusión horas antes de su muerte.

La escritora María José Evia Herrera tuvo una reacción perfecta en sus redes: “si me matan, recuérdenme ser perfecta”. Rápidamente su sentencia se convirtió en el hashtag #SiMeMatan con el que muchísimas mujeres protestamos contra otra estigmatización de una víctima de feminicidio por parte de la Procuraduría. Lo dijo muy bien la académica salvadoreña Virginia Lemus: “La diferencia es que cuando matan a un hombre no sale el procurador general a decir que fue por borracho, por fiestero y por mal estudiante”.

Hay una revelación escalofriante en el río de tuits que uno puede leer al seguir el hashtag: todas sabemos perfectamente qué dirían de nosotras si nos matan, cuáles son esas traiciones a nuestro género que sabemos que, por estúpidas que sean, pueden salirnos caras. Y eso lo sabemos porque llevamos años bajo las consignas de que si hacemos x o y nos ponemos en riesgo, con el radio cantándonos “tiraré las cubas” (sí, Las Flans tienen una canción en donde le recomiendan a las jóvenes botar el trago en las macetas). Hay un doble terror en saber que estos supuestos motivos para matarnos no serán solo el chisme de los vecinos; serán la justificación de la Procuraduría para dejar nuestra muerte en la impunidad.

 

A las mujeres nos han enseñado a vigilarnos y a vigilar a las demás, a marcar clarísima esa línea entre las niñas buenas y las malas, porque a veces esa línea significa que te pueden matar. Y lo más cruel es que nunca podremos portarnos suficientemente bien; nuestra reputación siempre será tachable, por el hecho de existir como mujeres humanas con vidas, como tendría que ser. Pero esto también significa que para las mujeres vivir es un factor de riesgo.

Hay una profunda desolación en saber que si algo nos pasa, ni la universidad, ni la procuraduría, ni la sociedad nos protegerán. Además, todas sabemos que nunca serán suficientes nuestras medidas de autodefensa: podemos ser amas de casa con perlas y síndrome de estocolmo, podemos ser niñas, bebés incluso, y no hay protección moral contra el abuso. Nos dicen entonces que nuestra muerte sólo importará si somos víctimas perfectas. Pero, ¿a nosotras qué más nos da si ya estaremos muertas?

Todas sabemos por qué nos van a matar. Todas sabemos que las razones son la misma: que somos mujeres. Siempre que un nuevo feminicidio moja prensa escuchamos las mismas excusas y resulta imposible no identificarse: cada mujer muerta es una advertencia para las demás. En la novela distópica de Margaret Atwood, que acaba de adaptarse como mini-serie, The Handmaid’s Tale, un grupo ultraconservador se toma el poder de los Estados Unidos, lo renombra “Gilead” y se instaura un régimen absoluto de control sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres. En una de las centrales de adoctrinamiento a las mujeres que luego serán violadas una vez al mes para ejercer como vientres subrogado (las handmaids o doncellas), una de las mujeres cuenta un episodio de violencia sexual que le ocurrió en ese “mundo de antes” —muy parecido al de ahora—. La mujer cuenta una violación múltiple y las doncellas se ven obligadas a señalarla y decirle que todo esto ocurrió por su culpa, porque ella lo provocó. La mujer que las obliga les explica que antes las mujeres estaban en peligro de que pasaran estas cosas, que no podían salir a la calle tranquilas, pero que ahora, con la extinción absoluta de todas sus libertades, tendrían también absoluta protección.

Para variar, la realidad supera la ficción. ¿Cómo no sentir miedo de ir a clase, de salir a la calle, de amar a un hombre? Porque ojo, estas cosas tan pedestres nos pueden matar. Y así, poco a poco, interiorizamos la advertencia de que la única forma de que no nos maten es no vivir.

Por eso, la única resistencia posible, para que no nos paralice el miedo, es estar juntas, y sobre todo, estar cada vez más juntas, a pesar de nuestras diferencias y diversas trincheras. Offred, la protagonista de la novela de Margaret Atwood, encuentra una frase tallada en la madera de su clóset, una frase que le da esperanzas: “nolite bastardes carborundorum”, que significa algo así como “no permitas que los hijos de la chingada te hagan polvo”. Y es que, si estamos juntas, pueden incluso matarnos (aunque será más difícil) pero #SiNosMatan no nos harán polvo.

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¿Qué es “de hombres”?

Columna publicada el 21 de abril de 2017 en la Revista Vice.

Una campaña contra el acoso callejero invita a los hombres a rechazar este comportamiento. Pero, ¿en verdad está cumpliendo su objetivo?

Una campaña contra el acoso callejero lanzada recientemente invita a los hombres de la ciudad a rechazar el acoso diciendo que eso “no es de hombres”. Lo cual nos deja con una profunda pregunta ontológica: ¿Qué es lo que sí es “de hombres”? ¿Fumar Marlboro mientras montas a caballo? ¿Comer carne asada? ¿Usar un desodorante “extremo” para tu día lleno de aventuras? ¿Patinar las llantas del carro? Yo sueño con que la respuesta sea “nada”, porque nada es de un género o de otro; esa división es absurda. Pero a juzgar por esta campaña, estamos lejos de esa respuesta.

#NoEsDeHombres ha sido presentada a los medios internacionales como un éxito cuya clave está en por fin hablarles a los hombres (algo que las feministas llevamos pidiendo desde hace años). En una columna publicada en Animal Político, Ana Güezmes, representante de OnuMujeres en México, cuenta que la campaña —creada por la agencia de publicidad J.Walter Thompson— fue retomada en los medios de comunicación de más de 15 países alrededor del mundo; tuvo 400 menciones en medios internacionales, nacionales y locales; y más de 20 millones de reproducciones de videos en las diferentes redes sociales. Sin duda un éxito publicitario, si éste se mide solo a partir de reproducciones y menciones. Pero ¿así es como se debe medir el éxito de una campaña impulsada por un órgano como la ONU y presentada también por un órgano gubernamental como Inmujeres CDMX? Más importante aún: ¿Tuvo algún impacto en lo que al acoso se refiere?

La campaña parte de una premisa correcta: en vista de que la abrumadora mayoría de los acosadores son hombres, hay que hablarle a los hombres. Esto es un reclamo que surge desde el feminismo desde hace rato, y ya empiezan a verse campañas dirigidas a los agresores, y los que pocos ejemplos que tenemos no alcanzan a atinarle. ¿Qué está fallando?

En Colombia, la Secretaría Distrital de la Mujer en Bogotá acaba de lanzar una campaña bastante buena, orientada a promover masculinidades alternativas, en donde varios hombres, diversos, con quienes muchos tipos de colombianos pueden identificarse, cantan que son “hombres sin vergüenza“: “sin vergüenza de lavar, de planchar, de cuidar a los hijos” y la campaña añade “hacerlo con esmero y amor”. La cosa va de maravilla hasta que la canción cierra con el estribillo “soy un hombre de verdad”. Esta no alcanza a ser una campaña perfecta, pero al menos apunta a construir masculinidades solidarias y amorosas.

También está el pésimo ejemplo del comercial que la cerveza Tecate lanzó el año pasado, cuyos errores coinciden con la campaña #NoEsDeHombres, quizás porque ambas fueron engendradas en el mundo publicitario, un gremio machista (sí, el acoso sexual es pan de cada día), que además ha aprovechado el machismo, históricamente, para venderle cosas a la gente. Así nació la brillante idea de que las mujeres en bikini venden cualquier producto: tetas = líbido = hombres que gastan plata. O esta gran idea: aprovechar el machismo de los hombres para venderles respeto por las mujeres. Sólo que… un momento, ¡eso es imposible! Porque no se puede ser feminista sin antes deconstruir el machismo. Para los derechos de las mujeres no aplica la misma ecuación publicitaria, una ecuación que, dicho sea de paso, subestima y ridiculiza a los mismos hombres.

La campaña #NoEsDeHombres tiene cuatro partes: una se llama Pantallas, en donde graban culos de hombres, en el metro, como si los estuvieran morboseando, y los muestran en las pantallas. Los hombres ríen nerviosos, pero el ejercicio no alcanza a mostrarles la vulnerabilidad que nosotras sentimos. Luego está una intervención en una silla del metro, a la que le pusieron pectorales y el relieve de un pene. Como mujer heterosexual alcancé a entender el objetivo: mostrar ese asco que uno siente con los arrimones de los tipos en el espacio público. Pero esos arrimones son intimidantes no porque se sienta el relieve de un pene, sino porque no son consentidos. Los hombres del metro no rechazan la silla-pene porque recuerden algún avance sexual no consentido, la rechazan porque sentarse en un pene equivale a ser homosexual, a ser penetrado, a feminizarse, y eso, como lo confirma la práctica del albur, es a lo que más temen los machos mexicanos. Pero entonces la silla no comunica nuestra vulnerabilidad, solo aviva su homofobia. Finalmente la campaña tiene unos carteles con fotos de hombres con mirada lasciva, sucios, que se ven como malandros, como si los señoritos elegantes tipo los Porkys no fueran igual de amenazantes. Retratan a los hombres como seres decrépitos y asquerosos, con quienes los hombres reales que usan el metro, padres de familia, profesionistas, jamás van a identificarse, jamás se preguntarán ¿será que así soy yo? Como resultado el acoso vuelve a ser algo que hacen otros hombres, los lobos, los malos, y no es necesario hacer autocrítica y entender que los acosadores son ellos, hombres comunes y corrientes.

A pesar de las críticas, las organizaciones creadoras de la campaña dicen estar satisfechas. Parece que la agencia de publicidad hizo unos focus groups con hombres para preguntarles sus ideas sobre el acoso. Y como suele suceder con las lógicas publicitarias, se asumió que “el cliente siempre tiene la razón” y como los “clientes” aquí son “los hombres” terminaron haciendo un contrasentido: feminismo para gustarle al patriarcado. Los hombres del focus group que hizo la agencia de publicidad dijeron que “Si la frase dice ‘mujeres’ no siento nada, la verdad no me importa ni me preocupa…. si me dices que es una de las mujeres que a mí me importan pues no quiero que les pase nunca, ni yo hacerlo”. Quizás no estamos leyendo la misma frase. Tienes a un grupo de hombres diciendo que las mujeres les importan un carajo, ¡que no sienten NADA cuando leen la palabra mujeres! A menos que esas mujeres tengan un pronombre posesivo antes: “mi mujer, mi esposa, mi amiga, mi casa y mi carro nuevo”. Es decir, para esos hombres del focus group solo valemos en tanto propiedad privada. Luego de una declaración tan violenta, no extraña que nos acosen en el metro.

Pero la agencia de publicidad no estaba ahí para luchar contra el machismo, si ese hubiese sido el objetivo no se habrían rendido tan rápido en el intento de convencer a los hombres de que las mujeres somos personas. Estaban ahí para venderle un producto a los hombres, el producto era el sexismo benevolente, que a algunas organizaciones y al mismo gobierno les llega a parecer “mejor que nada”. Pero en realidad es peor que nada. Porque los hombres no aprendieron que no les pertenecemos. Al ver fotos de hombres con gestos lascivos, todos morenos, algo sucios, en camiseta, cof cof, de una específica clase social, es algo que conecta con el clasismo y el machismo de los hombres, no envía el mensaje de que deben respetarnos porque es lo justo, porque tenemos derecho a habitar el espacio público. Al ver el relieve de un pene en la silla del metro no sintieron el miedo, la invasión, la vulnerabilidad que sentimos nosotras, sintieron sólo el asco de su homofobia. Porque acosarnos, vaya y venga, pero ser jotos ¡jamás!

Luego de estos focus group se invitó a varias feministas independientes y de organizaciones a comentar la campaña. Aunque fui invitada no pude asistir, pero fuentes que sí estuvieron en estas reuniones cuentan que era más una presentación en sociedad de la campaña que una oportunidad para discutirla. Ya tenían las ideas de los hombres de su focus group ¿para qué más?

Dice Güezmes que “Fue una decisión consciente basar la campaña en un impacto real y no optar por una campaña políticamente correcta”. Quizás esa fue la intención, pero la campaña solo llegó a “equivocada”. Y creo que aquí es importante detenernos, porque cuando las organizaciones que pretenden defender los derechos de las mujeres se niegan a aceptar los errores diciendo que son “políticamente incorrectas” están usando el mismo argumento usado por Trump y la extrema derecha, las cosas van muy mal. Exigir una campaña buena no es una necedad política o una mojigatería de “expertas”. Lo exigimos porque somos las mujeres que vivimos en esta ciudad, que vivimos este acoso a diario, y tenemos que aguantar que nos digan que la idea de que las mujeres importamos “no es vendedora”. No se trata de “corrección política” sino de tomar responsabilidad por los efectos reales que tienen las palabras. No se puede combatir el machismo reforzando el machismo.

El gran punto ciego de la campaña es que los hombres nos acosan para reafirmarse como hombres. La masculinidad es una costa vistosa, frágil y pesada, como una lámpara de baccarat, y hay que que ponerla a prueba cada minuto. Una de esas pruebas es mostrar deseo sexual hacia las mujeres cercanas, que devenimos en vaginas y extensiones de su ego. Lo que se intenta aquí es cambiar un comportamiento de reafirmación de la masculinidad por otro comportamiento de reafirmación de la masculinidad. Y esto es lo que pasa cuando hay mucho de publicidad y poco de perspectiva de género.

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#JusticiaParaDaphne

Columna publicada el 29 de marzo de 2017 en la Revista Vice.

Diego Cruz, uno de ‘Los Porkys’, puso un amparo y el juez de distrito, Anuar González, hizo público un fallo inconcebible, que favorece al agresor y que envía un mensaje a todas las mujeres en este territorio: nada nos protege.

El año pasado, la valentía de Daphne, una adolescente de Veracruz que fue secuestrada y violada por un cuarteto de mirreyes, alias Los Porkys, fue uno de los ejemplos que despertó la marcha de la Primavera Violeta. El padre de Daphne subió a Facebook un video de sus agresores pidiéndole perdón, ya que ellos no habían cumplido los términos de reparación que el padre había pactado: que nunca más se acercaran a su hija. La noticia se mediatizó y produjo indignación en todo el país. Los Porkys escaparon al extranjero porque pueden, y apenas se ha podido extraditar a uno: Diego Cruz. Cruz puso un amparo y el juez de distrito, Anuar González, hizo público un fallo inconcebible, que favorece al agresor y que le envía un mensaje a todas las mujeres en este territorio: nada nos protege.

 

Y este ha sido el mensaje constante durante meses. Hace apenas unas semanas, la periodista Tamara de Anda denunció a un taxista por falta administrativa cuando este la acosó en la calle. La ley estuvo a su favor y el taxista, quien no quiso pagar la multa ni pedir disculpa alguna, fue a dar al Centro de Sanciones Administrativas conocido como Torito. Entonces trolls y conocidos se le fueron encima alegando que ella, por ser clasemediera y blanca, era responsable por el destino de su agresor. “Se le fueron encima” significa que recibió amenazas de violación, de muerte y suficiente bullying psicológico para que a todas nos quedara claro que la denuncia no es nuestra mejor defensa.

Los casos de @Plaqueta y Daphne muestran el sinsalida en el que estamos: no puedes denunciar a aquellos que tienen menos poder que tú, porque la justicia aplicará y te harán responsable de sus destinos; no puedes denunciar a quienes tienen más poder que tú, porque la Justicia, que no tiene nada de ciega y bastante de clasista, rara vez estará a tu favor, así que lo más probable es que te jodas porque la cosa quedará impune.

¿Qué significa pedir justicia para Daphne? Muchos han dado la respuesta leguleya: el fallo es correcto dentro del marco de la legalidad y bla, bla, bla en jerigonza, llevando la discusión a un oscuro campo del derecho en donde sólo unos pocos abogados-druidas pueden opinar. Estas posturas elitistas olvidan que toda la ciudadanía puede y debe hacer parte de un debate público como éste, y sobre todo, que el concepto de Justicia antes que del derecho, fue de la gente, del sentido común, de la moral y de la ética. El debate rápidamente confundió legalidad con justicia, que no siempre son lo mismo, al punto que si algo muestra este caso es que lo penal es, de lejos, insuficiente para prevenir, tratar, resolver y reparar la violencia de género.

El razonamiento en el fallo, que asume que le tocaron los senos a Daphne sin intenciones lascivas, parece hecho por un extraterrestre sin conocimiento alguno de las relaciones y prácticas humanas, decir que no hay indefensión cuando una adolescente menor de edad ha sido secuestrada y está siendo toqueteada y será posteriormente violada, es algo que parece pensado por alguien con una ingenuidad incapacitante. No se necesita ser un experto en nada para señalar un absurdo tan evidente.

Un error muy común de aquellos ungidos por alguna doctrina es creer que sus razonamientos pueden ser fríamente racionales y libres de prejuicios (cuando esto es imposible para cualquier ser humano) y por eso descartan la rabia que muchas sentimos ante este fallo como algo irrelevante. Pero las emociones humanas siempre han estado estrechamente ligadas a nuestro pensamiento moral y ético. Dijo una vez Catherine MacKinnon que a veces “la rabia es señal de que la dignidad humana no ha sido aniquilada, de que la humanidad arde incluso en donde ha debido extinguirse”. Hay rabias, como ésta, que muestran que el Estado está fallando en su obligación de prevenir, investigar y sancionar la violencia contra las mujeres, y que afirma que las democracias no pueden vaciarse de contenido político, aquí opinamos todos y todas, no sólo los versados en derecho.

Pedir Justicia para Daphne significa, primero, reconocer su valentía, porque en un mundo que nos tiene atrapadas entre dos paredes, ella fue capaz de alzar la voz y así se conviritió en un ejemplo para muchas, en una inspiración. Su caso entonces significa algo en el imaginario simbólico de este país, significa algo para las mujeres, que estamos hartas de tener que vivir con miedo. Por eso, exigir justicia para Daphne va más allá de que un Porky se “pudra en la cárcel”, como él, hay miles, no resuelve el problema. Significa una crítica urgente a unas instituciones que son o incompetentes, o insuficientes, o de plano crueles ante todo lo que respecta a la violencia de género. Pedir Justicia para Daphne es exigir que por fin se entienda, que la justicia no es justicia si no tiene perspectiva de género.

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lo que el tarot le depara al feminismo en 2017

Columna publicada el 3 de febrero de 2017 en ID-Vice.

El feminismo llegó al pop en 2014 con Beyoncé y Emma Watson, volviéndose interesante para la publicidad y el marketing de diferentes empresas. Hasta la industria del alcohol, con la cerveza Tecate, y la de los lácteos, con el yogurt blablabla, intentaron entrarle torpemente a la revolución de género, que pretendían vendernos como sucedáneo a la camiseta del Ché. Parecía que estábamos ganando. Y entonces, la vida real dió un giro como de Game of Thrones y terminamos aquí, con el Brexit, el no al plebiscito de los acuerdos de paz en Colombia -los primeros del mundo con perspectiva de género y difamados precisamente por eso-, con el Frente Nacional por la Familia en México y con Trump de Presidente de los Estados Unidos -el país más influyente y políticamente y económicamente poderoso de la región. Justo cuando todas creíamos que Estados Unidos tendría su primera presidenta, gana Trump, que es la encarnación de todas las formas más horribles del patriarcado. Luego resultó que Trump no solo prometió lo peor para los derechos de las mujeres en campaña sino que no lleva ni un mes y ya empezó a cumplir todas sus amenazas, digo, “planes de campaña”, con una eficiencia destructora que jamás podría tener un presidente bienintencionado. Personalmente, desde que comenzó el 2017, me siento que vivo en un permanente final de temporada de Buffy la Cazavampiros.

¿Y entonces? ¿Qué podemos hacer? No tengo la respuesta pero puedo ensayar algunas propuestas. Si algo nos mostró el 2016 es que las emociones, en la política, son mil veces más certeras que cualquier racionalización. Y, como somos las hijas de las brujas que no pudieron quemar, desempolvé mi tarot de Aleister Crowley, y le eché las cartas al feminismo. Esto es lo que el futuro nos depara:

XVI La Torre

La Torre es la peor carta del tarot. Yo la asocio con un juego de cubos que tenía cuando era muy niña, que consistía en poner un cubo sobre otro hasta armar una torre y mi felicidad siempre era tumbarlos de una patada. Así es la carta de la Torre: todo lo que hemos construido se derrumba, más o menos lo que acaba de pasar en la política internacional. Pero el truco de esta carta es que las estructuras de los sistemas no se derrumban si no están podridas como para derrumbarse.

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Consejos prácticos para ser un hombre aliado del feminismo

Columna publicada en I-D Vice el 10 de agosto de 2016.

Hay muchas discusiones sobre si los hombres pueden o no ser feministas, algunas son teóricas, algunas son críticas a la manera en que algunos hombres cooptan el feminismo. Sin embargo, también hay muchos hombres que creen en la igualdad de género y tienen la mejor intención y de verdad quieren ayudar. Algunos me han dicho que no saben qué pueden hacer ellos por el feminismo y la primera respuesta es que yo no se los puedo enseñar, ni estoy obligada a darles una clase de feminismo ni puedo decirles cómo vivir sus vidas como hombres. No me corresponde. Sin embargo sí puedo hablar de cosas concretas que, como mujer y como feminista, sé que pueden ayudarnos a que nuestras vidas sean más fáciles. Simplemente son ejemplos puntuales y prácticos basados en mis interacciones con el paradigmático “hombre cisgénero heterosexual blanco o mestizo de clase media o alta y educado”, que para efectos de brevedad en este texto llamaremos “Man”. Con M mayúscula porque es un modelo arquetípico. Quizás no todas estas categorías les aplican, pero sí son las características que determinan a la masculinidad paradigmática y el privilegio en nuestra sociedad.

Así que a continuación les presento 13 cosas que pueden hacer por la igualdad de género. No son las únicas, son apenas las que a mí me parecen importantes para comenzar. Algunas no les van a gustar porque pueden sentirse incómodos, eso está bien. El feminismo es incómodo, si le van a entrar, acostúmbrese. No están obligados a hacerlas, no son mandamientos. Ni trucos para levantar. Tampoco van a recibir una estrellita. Pues no son pedidos caprichosos sino gestos puntuales de cómo usar sus privilegios para hacer más fácil y justa la vida de los demás.

  1. Reconocer su privilegio

No, que nos dejen entrar gratis al bar no es un privilegio. Ustedes lo saben, nos van a dar trago gratis para emborracharnos y que seamos “presa fácil” de algún muchacho que quiere sexo sin esforzarse. No existe tal cosa como el privilegio de ser mujer, ser mujer es nacer con muchas desventajas que quizás los Manes no pueden entender porque para sus vidas privilegiadas son inimaginables. Los Manes no tienen que pensar en qué ponerse antes de salir de la casa para estar seguros, seguramente van a ganar más por hacer el mismo trabajo que una mujer y toda la vida la sociedad lleva aplaudiéndoles que sean líderes y escuchan sus ideas. Por eso hay un mug feminista que dice “Quisiera tener la seguridad de un hombre blanco mediocre”. A diferencia de las personas trans, nadie les pregunta a los Manes si ese es su verdadero nombre o si su género es el correcto. Tampoco hay leyes que les prohiban una intervención médica que pueda ser necesaria para salvar sus vidas, como la interrupción del embarazo.

Manes: el mundo es suyo, las calles, los horarios laborales, la política, todo está hecho para sus cuerpos y muchos de estos privilegios son irrenunciables. Lo mínimo que pueden hacer es reconocerlo. Porque reconociendo su privilegio pueden usarlo para abrirle espacios a otras personas que no lo tienen.

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Algunas chicas nos cuentan sobre la primera vez que se sintieron poderosas

Texto publicado en Vice el 4 de agosto de 2016. Con su versión en Inglés para Vice Internacional.

CATALINA, 33, COLOMBIA

Hace unas décadas, cuando la gente votaba en Colombia, tenía que hundir el dedo en una tinta cuasi-indeleble que servía como una marca para que nadie votara dos veces. Yo era una niña entonces. Sé que era muy niña porque cuando mi bisabuela me llevaba de la mano yo tenía que levantar el brazo.

Calculo que sería 1986, cuando fueron las elecciones para presidente en las que ganó Virgilio Barco. Mi bisabuela me llevó a votar con ella, habló con el encargado para que me dejara entrar con ella a marcar el tarjetón y para que me dejaran hundir el dedo en la tinta también. Recuerdo que me dió mucho orgullo, no creo que supiera exactamente por qué, pero vi la emoción en la cara de mi bisabuela, que para entonces tendría 86 años.

Carlota, mi bisabuela, nació en 1900 y siempre tuvo ideas políticas muy apasionadas. Aprendió a leer de manera autodidacta a los 15 años, y desde entonces siguió con vehemencia todos los debates de la opinión pública. Militó brevemente con las sufragistas. Reventó el puño contra la mesa de dominó alguna vez discutiendo de política. Pero no pudo votar si no hasta que tuvo 57 años. Ella quería que yo supiera lo importante que era ese reconocimiento de participación política. Sabía, quizás, que mi generación lo daría por sentado, olvidando a veces el largo trabajo de tantas mujeres antes que nosotras para que pudiéramos votar.

Carlota se murió cuando yo tenía 17 años, un año antes de que yo cumpliera la mayoría de edad. De todas formas hizo que a lo largo de mi niñez y adolescencia siempre la acompañara a votar. Y entré con ella hasta el cubículo hasta las elecciones de 1994, cuando ganó Samper. Esta vez, ella le decía a los jurados de votación que su vista estaba gastada y que yo le ayudaría a leer. Hoy a mí me hace sentir poderosa saber que gracias al trabajo de tantas mujeres yo tengo derechos que eran impensables para las mujeres de unas generaciones atrás. Eso quiere decir que los derechos son conquistables, y que los movimientos de mujeres son poderosos.

La lucha por la equidad de género ha sido la revolución social más eficiente y permanente de los últimos siglos, y se construyó con las manos de muchas mujeres, que como mi bisabuela, hicieron su parte, así fuera tan solo enseñándole a una nieta el orgullo de votar.

El sexting es la revolución sexual del siglo XXI

Columna publicada en la revista Vice el 20 de julio de 2016.

Pensar antes de sextear“, campaña desarrollada por Google y Pantallas amigas en contra del sexting en México, es revictimizante, moralista, prejuiciosa y en general incompetente. Por eso es una vergüenza que tantos nombres de empresas que se presentan como la vanguardia tecnológica, (como Google) o entidades públicas como el INAI, el Canal del Congreso, el Infodf, el DIF Nacional, la Red por los Derechos de la Infancia en México y la Secretaría Ejecutiva del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes, (que funcionan con nuestros impuestos) aparezcan vinculados a la fallida campaña. R3D en Defensa de los Derechos Digitales publicó las cinco razones para pensar antes de estigmatizar el sexting, donde señalan que la difusión de imágenes sexuales sin consentimiento es el problema, no sextear, y que la campaña apela a la moralidad para disuadir el sexting, asociándolo con el consumo de drogas o alcohol. Rechazan el discurso prohibicionista y proponen que, en cambio, se promuevan prácticas seguras para sextear. En la misma línea, Horizontal señaló que el sexting forma parte de nuestros derechos sexuales.

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