Activismo, protesta y sociedad civil

#SiMeMatan: qué hay detrás del feminicidio en Ciudad Universitaria

Columna publicada el 5 de mayo en la revista Vice.

La justificación de la Procuraduría para dejar nuestra muerte en la impunidad.

El jueves en la mañana la Universidad Nacional Autónoma de México amaneció con una mujer muerta: Lesby, de 22 años, ahorcada con el cable de una caseta de teléfono. Inmediatamente la universidad reaccionó con tibieza: dijeron que repudiaban y lamentaban el “incidente” pero no fueron capaces llamarlo por su nombre: feminicidio. Luego la Procuraduría de la CDMX nos dio algo de información sobre Lesby: debía materias y su novio dijo que “tenía problemas de alcoholismo”. El mismo novio con quien, según la procuraduría, ella estuvo “drogándose” en el campus y con el que tuvo una discusión horas antes de su muerte.

La escritora María José Evia Herrera tuvo una reacción perfecta en sus redes: “si me matan, recuérdenme ser perfecta”. Rápidamente su sentencia se convirtió en el hashtag #SiMeMatan con el que muchísimas mujeres protestamos contra otra estigmatización de una víctima de feminicidio por parte de la Procuraduría. Lo dijo muy bien la académica salvadoreña Virginia Lemus: “La diferencia es que cuando matan a un hombre no sale el procurador general a decir que fue por borracho, por fiestero y por mal estudiante”.

Hay una revelación escalofriante en el río de tuits que uno puede leer al seguir el hashtag: todas sabemos perfectamente qué dirían de nosotras si nos matan, cuáles son esas traiciones a nuestro género que sabemos que, por estúpidas que sean, pueden salirnos caras. Y eso lo sabemos porque llevamos años bajo las consignas de que si hacemos x o y nos ponemos en riesgo, con el radio cantándonos “tiraré las cubas” (sí, Las Flans tienen una canción en donde le recomiendan a las jóvenes botar el trago en las macetas). Hay un doble terror en saber que estos supuestos motivos para matarnos no serán solo el chisme de los vecinos; serán la justificación de la Procuraduría para dejar nuestra muerte en la impunidad.

 

A las mujeres nos han enseñado a vigilarnos y a vigilar a las demás, a marcar clarísima esa línea entre las niñas buenas y las malas, porque a veces esa línea significa que te pueden matar. Y lo más cruel es que nunca podremos portarnos suficientemente bien; nuestra reputación siempre será tachable, por el hecho de existir como mujeres humanas con vidas, como tendría que ser. Pero esto también significa que para las mujeres vivir es un factor de riesgo.

Hay una profunda desolación en saber que si algo nos pasa, ni la universidad, ni la procuraduría, ni la sociedad nos protegerán. Además, todas sabemos que nunca serán suficientes nuestras medidas de autodefensa: podemos ser amas de casa con perlas y síndrome de estocolmo, podemos ser niñas, bebés incluso, y no hay protección moral contra el abuso. Nos dicen entonces que nuestra muerte sólo importará si somos víctimas perfectas. Pero, ¿a nosotras qué más nos da si ya estaremos muertas?

Todas sabemos por qué nos van a matar. Todas sabemos que las razones son la misma: que somos mujeres. Siempre que un nuevo feminicidio moja prensa escuchamos las mismas excusas y resulta imposible no identificarse: cada mujer muerta es una advertencia para las demás. En la novela distópica de Margaret Atwood, que acaba de adaptarse como mini-serie, The Handmaid’s Tale, un grupo ultraconservador se toma el poder de los Estados Unidos, lo renombra “Gilead” y se instaura un régimen absoluto de control sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres. En una de las centrales de adoctrinamiento a las mujeres que luego serán violadas una vez al mes para ejercer como vientres subrogado (las handmaids o doncellas), una de las mujeres cuenta un episodio de violencia sexual que le ocurrió en ese “mundo de antes” —muy parecido al de ahora—. La mujer cuenta una violación múltiple y las doncellas se ven obligadas a señalarla y decirle que todo esto ocurrió por su culpa, porque ella lo provocó. La mujer que las obliga les explica que antes las mujeres estaban en peligro de que pasaran estas cosas, que no podían salir a la calle tranquilas, pero que ahora, con la extinción absoluta de todas sus libertades, tendrían también absoluta protección.

Para variar, la realidad supera la ficción. ¿Cómo no sentir miedo de ir a clase, de salir a la calle, de amar a un hombre? Porque ojo, estas cosas tan pedestres nos pueden matar. Y así, poco a poco, interiorizamos la advertencia de que la única forma de que no nos maten es no vivir.

Por eso, la única resistencia posible, para que no nos paralice el miedo, es estar juntas, y sobre todo, estar cada vez más juntas, a pesar de nuestras diferencias y diversas trincheras. Offred, la protagonista de la novela de Margaret Atwood, encuentra una frase tallada en la madera de su clóset, una frase que le da esperanzas: “nolite bastardes carborundorum”, que significa algo así como “no permitas que los hijos de la chingada te hagan polvo”. Y es que, si estamos juntas, pueden incluso matarnos (aunque será más difícil) pero #SiNosMatan no nos harán polvo.

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La protesta cómoda

Columna publicada el 2 de febrero de 2017 en El Espectador.

Hace más o menos un año, en enero de 2016, la autopista de Bogotá colapsó cuando un grupo de ciudadanos inició una protesta espontánea.

Una mujer había muerto en la calle de un paro respiratorio, saliendo de una conocida EPS que le había negado una y otra vez el tratamiento necesario. Como si eso fuera poco, la Unidad de Criminalística de la Fiscalía tardó más de siete horas en hacer el levantamiento. Siete horas estuvo la señora ahí tirada, gracias a una conjunción absurda de ineptitudes e indolencias. Lo mínimo que podría hacer cualquier persona sensata y sensible sería protestar. Y eso fue lo que sucedió, colapsando durante horas el tráfico bogotano. Pero como la movilidad está primero que la dignidad humana, llegó el Esmad y sacó a los protestantes y familiares a la fuerza.

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Que las marchas transformen la tristeza y la rabia en la esperanza de mañana

Columna publicada en Univisión el 21 de enero de 2017.

El d iscurso de posesión del ahora presidente de los Estado Unidos, Donald Trump, dejó en claro que vienen tiempos oscuros para todos, pero especialmente para los inmigrantes, las mujeres, los derechos sexuales y reproductivos, para cualquiera que no sea blanco, y para casi todos los países del mundo, excepto, quizás, Rusia. Las elecciones de Trump para su gabinete son un vaticinio de graves retrocesos en derechos humanos, el mundo está desconcertado, es como si un capítulo de Southpark se hubiese hecho realidad.

Siempre he sido una escéptica ante ese amplio surtido de mensajes de ánimo con los que contamos para hacer frente a la tragedia: “Antes de la luz viene la oscuridad”, “todo pasa por algo”, “no será tan terrible”. Ese tipo de esperanza, como de tarjetas de Hallmark, es un optimismo vacío, que no solo es odioso, también es efímero. Es una esperanza que peca por ingenua.

Tiempos como estos necesitan un optimismo que se transforme, que sea realmente una forma de resistencia y revolución, un comienzo y no un fin. Y ese comienzo pueden ser las marchas de mujeres que ocurrirán hoy.

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Colombia: Botched plastic surgeries and misogyny

Columna publicada el 12 de diciembre de 2016 en Al Jazeera. Para leer la versión en español, haga click aquí.

This column was published December 12, 2016, in Al Jazeera. For the Spanish version click here.

Colombian women, victims of unsafe plastic surgeries, struggle to find justice and understanding in a sexist society.

In Colombia, more than 350,000 plastic surgeries are performed each year; that is, 978 procedures a day, 40 an hour and three procedures every five minutes.

Plastic surgery is one of the most profitable branches of medical services in the country. The demand for cosmetic procedures responds to a massive need, fed by the hyper-sexism of the Colombian society which limits the professional and personal opportunities for women. Often, “being pretty” is the only way forward for a Colombian woman.

This is why it is understandable that there is such a high demand for such surgeries and so little regulation. Over the past decades, Colombia gradually became the perfect setting for offering unsafe surgeries like labiaplasty (learn about labiaplasty Melbourne precautions), as the government took no serious action against the surgeries and victims felt too afraid to speak out.

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La periodista que puso el pecho

Perfil publicado en El Espectador el 10 de diciembre de 2016.

La foto de la periodista Lorena Beltrán en la portada de El Espectador es el desnudo más revolucionario que se ha visto en los últimos años en Colombia. En la foto, Beltrán muestra con honor las cicatrices que le dejó el cuestionado médico Francisco Sales Puccini, después de una cirugía de reducción de busto en el 2015. Las cicatrices que hoy lleva Beltrán le atraviesan los senos y rodean el pezón, y tienen aproximadamente un centímetro de grosor. Son el testimonio de cómo un médico irresponsable puede atentar contra la identidad y la salud física, mental y emocional de sus pacientes.

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Mujeres en saldo rojo

Columna publicada el 10 de diciembre de 2016 en El Heraldo.

Ser mujer, en Colombia, es carísimo. Las colombianas pagamos un impuesto exclusivo para todas las mujeres con útero y en edad reproductiva, un impuesto a la menstruación, que asciende a los 320.000 millones al año. Ahora, la nueva reforma tributaria pretende subir el IVA de las toallas higiénicas y tampones al 19%, tres puntos más por encima de lo que ya pagamos. Van a subir un impuesto que, en primer lugar, no debería existir.

Es muy distinto que le suban los impuestos a artículos de lujo, o prescindibles, o para desincentivar el consumo de artículos que sean nocivos para la salud como el licor, los cigarrillos o las bebidas azucaradas. Pero los tampones y las toallas higiénicas son artículos de consumo de primera necesidad para las colombianas en edad reproductiva. Claro, existen otras opciones más eficientes, baratas y ecológicas como la copa menstrual, pero estas son poco conocidas y aún difíciles de conseguir en el país. Como si tener la regla no fuera ya suficientemente engorroso, ahora nos va a salir mucho más caro, y no parece que esos tributos se vayan a usar, de manera prioritaria, para algo que nos beneficie a las mujeres.

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