Activismo, protesta y sociedad civil

La protesta cómoda

Columna publicada el 2 de febrero de 2017 en El Espectador.

Hace más o menos un año, en enero de 2016, la autopista de Bogotá colapsó cuando un grupo de ciudadanos inició una protesta espontánea.

Una mujer había muerto en la calle de un paro respiratorio, saliendo de una conocida EPS que le había negado una y otra vez el tratamiento necesario. Como si eso fuera poco, la Unidad de Criminalística de la Fiscalía tardó más de siete horas en hacer el levantamiento. Siete horas estuvo la señora ahí tirada, gracias a una conjunción absurda de ineptitudes e indolencias. Lo mínimo que podría hacer cualquier persona sensata y sensible sería protestar. Y eso fue lo que sucedió, colapsando durante horas el tráfico bogotano. Pero como la movilidad está primero que la dignidad humana, llegó el Esmad y sacó a los protestantes y familiares a la fuerza.

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Que las marchas transformen la tristeza y la rabia en la esperanza de mañana

Columna publicada en Univisión el 21 de enero de 2017.

El d iscurso de posesión del ahora presidente de los Estado Unidos, Donald Trump, dejó en claro que vienen tiempos oscuros para todos, pero especialmente para los inmigrantes, las mujeres, los derechos sexuales y reproductivos, para cualquiera que no sea blanco, y para casi todos los países del mundo, excepto, quizás, Rusia. Las elecciones de Trump para su gabinete son un vaticinio de graves retrocesos en derechos humanos, el mundo está desconcertado, es como si un capítulo de Southpark se hubiese hecho realidad.

Siempre he sido una escéptica ante ese amplio surtido de mensajes de ánimo con los que contamos para hacer frente a la tragedia: “Antes de la luz viene la oscuridad”, “todo pasa por algo”, “no será tan terrible”. Ese tipo de esperanza, como de tarjetas de Hallmark, es un optimismo vacío, que no solo es odioso, también es efímero. Es una esperanza que peca por ingenua.

Tiempos como estos necesitan un optimismo que se transforme, que sea realmente una forma de resistencia y revolución, un comienzo y no un fin. Y ese comienzo pueden ser las marchas de mujeres que ocurrirán hoy.

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Colombia: Botched plastic surgeries and misogyny

Columna publicada el 12 de diciembre de 2016 en Al Jazeera. Para leer la versión en español, haga click aquí.

This column was published December 12, 2016, in Al Jazeera. For the Spanish version click here.

Colombian women, victims of unsafe plastic surgeries, struggle to find justice and understanding in a sexist society.

In Colombia, more than 350,000 plastic surgeries are performed each year; that is, 978 procedures a day, 40 an hour and three procedures every five minutes.

Plastic surgery is one of the most profitable branches of medical services in the country. The demand for cosmetic procedures responds to a massive need, fed by the hyper-sexism of the Colombian society which limits the professional and personal opportunities for women. Often, “being pretty” is the only way forward for a Colombian woman.

This is why it is understandable that there is such a high demand for such surgeries and so little regulation. Over the past decades, Colombia gradually became the perfect setting for offering unsafe surgeries, as the government took no serious action against the surgeries and victims felt too afraid to speak out.

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La periodista que puso el pecho

Perfil publicado en El Espectador el 10 de diciembre de 2016.

La foto de la periodista Lorena Beltrán en la portada de El Espectador es el desnudo más revolucionario que se ha visto en los últimos años en Colombia. En la foto, Beltrán muestra con honor las cicatrices que le dejó el cuestionado médico Francisco Sales Puccini, después de una cirugía de reducción de busto en el 2015. Las cicatrices que hoy lleva Beltrán le atraviesan los senos y rodean el pezón, y tienen aproximadamente un centímetro de grosor. Son el testimonio de cómo un médico irresponsable puede atentar contra la identidad y la salud física, mental y emocional de sus pacientes.

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Mujeres en saldo rojo

Columna publicada el 10 de diciembre de 2016 en El Heraldo.

Ser mujer, en Colombia, es carísimo. Las colombianas pagamos un impuesto exclusivo para todas las mujeres con útero y en edad reproductiva, un impuesto a la menstruación, que asciende a los 320.000 millones al año. Ahora, la nueva reforma tributaria pretende subir el IVA de las toallas higiénicas y tampones al 19%, tres puntos más por encima de lo que ya pagamos. Van a subir un impuesto que, en primer lugar, no debería existir.

Es muy distinto que le suban los impuestos a artículos de lujo, o prescindibles, o para desincentivar el consumo de artículos que sean nocivos para la salud como el licor, los cigarrillos o las bebidas azucaradas. Pero los tampones y las toallas higiénicas son artículos de consumo de primera necesidad para las colombianas en edad reproductiva. Claro, existen otras opciones más eficientes, baratas y ecológicas como la copa menstrual, pero estas son poco conocidas y aún difíciles de conseguir en el país. Como si tener la regla no fuera ya suficientemente engorroso, ahora nos va a salir mucho más caro, y no parece que esos tributos se vayan a usar, de manera prioritaria, para algo que nos beneficie a las mujeres.

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Por la memoria de Yuliana Samboní

Columna publicada el 7 de diciembre de 2016 en El Espectador.

La niña Yuliana Andrea Samboní, de siete años, fue secuestrada, violada, torturada, asfixiada y muerta, presuntamente por Rafael Uribe Noguera, en su apartamento, este fin de semana. El feminicidio de Yuliana ha conmovido y enrrabiado a toda Colombia.

Su más posible agresor, señalado por una cantidad de evidencia clara y abrumadora, fue internado en una clínica por supuesta sobredosis, y ahora se declara inocente, quizás con la esperanza de que le crean que su crimen atroz no fue premeditado. Pero ya hay testigos que dicen haber visto su camioneta en el barrio, rondando a la niña en días anteriores. Y no existe la droga que haga que una persona adquiera capacidad para tal violencia. Las drogas, si acaso, exacerban por momentos la magnitud de una violencia, que en el caso de Uribe Noguera fue alimentada en la comodidad del privilegio de ser un hombre, blanco, educado y miembro de una de las familias más poderosas de Colombia, un país en donde todos esos privilegios otorgan casi la omnipotencia de Dios. Yuliana Samboní, por el contrario, encarna todas las vulnerabilidades juntas, por género, por edad, por etnia, por clase social, por ser parte de una familia desplazada. En un mundo sin estas desigualdades abismales un crimen como este habría sido excepcional. En cambio, es uno entre tantos.

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