Caribe

Caras pintadas

Columna publicada el 6 de mayo de 2017 en El Heraldo.

Debo admitir que me emocioné tremendamente al saber que Telecaribe haría una miniserie con la historia de la Niña Emilia, diosa de la cumbia y el bullerengue, una mujer que triunfó con su voz en un mundo de hombres, que vivió su vida con desparpajo y con humor, a pesar de que muchas veces estuviera marcada por la miseria. Como mujer Caribe, la Niña Emilia es un referente obligado, pero además su voz tiene esa extraña cualidad de poder a la vez alegrar y desgarrar el corazón. ¡Estas son las historias que tenemos que estar contando! Me dije.

Finalmente pude ver toda la serie en Youtube esta semana y, aunque sé que muchos han celebrado el esfuerzo de la producción local, y la participación de la hija de la Niña Emilia, Nelly Hernández, la serie tiene un error insalvable: la protagonista es una mujer blanca. Y para mayor horror: una mujer blanca con la piel pintada.

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Por qué el reggaetón no es más machista que tú

Columna publicada el 9 de abril de 2017 en Univisión.

Esta semana el cantante de reggaetón Maluma recibió una condecoración de manos gobernador del departamento de Antioquia en Colombia. Luis Londoño (más conocido como Maluma) tiene 23 años, nació en Medellín, capital del departamento, y hoy es uno de los cantantes de reggaetón más exitosos a nivel internacional. Pero el reconocimiento provocó  la indignación de las redes sociales. A muchos les pareció terrible que una condecoración así se dedicara a un cantante de reggaetón, e incluso llegaron a comparar al Maluma con Alejandro Ordóñez, ex procurador de Colombia, destituido por corrupción y por haber usado el poder de su cargo para perseguir los derechos de las mujeres y la comunidad LGBTI en Colombia. El argumento en contra de Maluma es que sus letras y canciones “humillan y denigran a las mujeres” y este argumento se apoya en una columna de opinión de Yolanda Domínguez, publicada en el Huffington Post, que critica la canción 4 Babys.

Antes de continuar sería bueno detenerse en la letra de la polémica canción, en la que Maluma habla encuentros sexuales con cuatro mujeres. Esto no es en sí algo violento. De hecho, en un verso de la canción dice que “ninguna le pone pero”, algo que hasta puede interpretarse como una forma de consentimiento. Sí, la canción habla de sexo. Sí, para variar es un hombre con muchas mujeres. No, no nos habla de la personalidad o las historias de vida de estas mujeres y aunque no será la mejor canción del mundo, tampoco es un paradigma del sexismo o una apología a la violencia. Su verso más problemático es, quizás, “La otra medio psycho y si no la llamo se desespera”, por aquello de que uno no puede estarle diciendo psicópata a cualquiera, ni está chévere acusar a las mujeres de eso por tener ansiedad con el teléfono. Otras canciones de Maluma, como el ya clásico Borre cassette o Chantaje –su legendario dúo con Shakira– ponen a las mujeres en una situación de poder frente a él. De hecho, al menos Maluma no tiene el sexismo benevolente de otros reconocidos cantantes colombianos como Carlos Vives (piensen en La Cartera) o Juanes, que literalmente tiene una canción titulada “Malparida”.

¿Si Maluma no alcanza a ser más machista que otros ídolos de la música mainstream colombiana, por qué es el único que recibe las críticas? Si el llamado a rechazar la música machista fuera genuino, se extendería a todos los géneros y no se dedicaría sólo al reggaetón. Si la preocupación por el impacto que los símbolos de la cultura tienen en la vida de las mujeres fuera real, los colombianos no estarían pidiendo que “perdonemos” al futbolista Pablo Armero, llamado a jugar en la selección Colombia, la pesar de que el año pasado protagonizó un escabroso episodio de violencia doméstica en un hotel de Miami cuando su esposa no quiso tener sexo con él y él, en respuesta, le pegó y le arrancó las extensiones del pelo. Parece que para los colombianos esto último es perfectamente perdonable. En cambio, ser artista de reggaetón parece ser la mayor afrenta contra las mujeres.

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Crónicas de Indias

Columna publicada en El Heraldo el 8 de abril de 2017.

Hace más de quinientos años, cuando los españoles se enteraron de que al otro lado del mar existía todo un continente, empezaron a escribir historias, crónicas, en donde contaban cómo “descubrían” (colonizaban) América. Las crónicas de Indias resultaron ser tan coloridas que bien podrían ser antecedentes del realismo mágico. Bernal Díaz del Castillo y Hernán Cortés, entre otros, contaron historias de una tierra ignota, virgen, llena de monstruos como cíclopes, sirenas y gigantes, y apenas habitada por unos indios salvajes urgidos de catequización. Lo notable de estas historias es que eran llamadas “crónicas”, es decir, tenían una pretensión de verdad, la verdad de los conquistadores. La única forma de justificar la brutal conquista española era convenciendo a todos de la barbarie de estas tierras.

Medio siglo después la estrategia es la misma, pero un poco más sofisticada. Por ejemplo, los españoles de la multinacional Gas Natural Fenosa acabaron con la calidad del servicio eléctrico en la Costa a punta de ignorar las inversiones necesarias con la excusa de que hay una “cultura del no pago” en la región. Resultó que esta era una mentira flagrante, pues la deuda de los usuarios de a pie solo llegaba al 3,09% de la deuda total. Pero era una mentira fácil de creer porque hasta los mismos colombianos nos comemos el cuento de que los costeños somos flojos y desordenados, o en otras palabras, bárbaros.

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Camellando

Columna publicada el 11 de marzo de 2017 en El Heraldo.

El año pasado la artista plástica y cantante colombiana Lido Pimienta, quien se mueve entre Londres y Toronto y es una de las artistas pop más prometedoras de la escena contemporánea, hizo un cover de la canción Work, de Riahnna, usando el lenguaje coloquial barranquillero y muchos de sus recuerdos de cuando vivió en esta ciudad.

La canción se llama “Camellando” y retoma las historias que le contaban las vendedoras de las calles, de empanadas, de jugo de naranja, muchas veces acompañadas por sus hijos, trabajando de sol a sol. Las mujeres le contaba a la artista, una y otra vez, la misma historia: que trabajaban tanto, usualmente para mantener a un hombre y mantener una familia, en su coro repite el estribillo “camellando, camellando, camellando, me la paso camellando y tu vagabundeando” y hace referencia a esos hombres, mantenidos por estas mujeres trabajadoras, flojos, infieles, dormilones, dispuestos a irse con otra para afirmar su masculinidad, mientras ellas trabajaban, o hacer largas siestas, con la tranquilidad de tener a su lado mujeres decididas a proveer.  “Yo sé que tu me quieres, a tu manera tu me quieres” canta Pimienta, retomando los testimonios de estas mujeres que intentan excusar el comportamiento de sus parejas, de justificar ese amor inmerecido que reciben.

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La Batalla de Flores y los misterios culposos

Columna publicada el 4 de marzo de 2017 en El Heraldo.

Los y las barranquilleras apenas estaban rematando la fiestas del sábado de Carnaval en un puesto de fritos o de chuzo desgranado, y la directora y coreógrafa, asesora de Carnaval S.A.S. ya había publicado una larga disertación sobre quién tenía la culpa de las grandes fallas que hubo en la Batalla de Flores. Lindo nos explica que Songo le dio a Borondongo, y Borondongo a Bernabé, y que en todo caso la culpa no fue suya, que era la directora, y que pasó una amarga madrugada adelantándose a los críticos, que “todo fue una cadena de causas y consecuencias”.

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En las nubes están los dioses

Columna publicada el 25 de febrero de 2017 en El Heraldo.

Este jueves, en una de las rutas aéreas Miami-Barranquilla, el avión venía casi por entero lleno de barranquilleros, que regresaban a esta ciudad a vivir el Carnaval. En el avión se hablaba ruidosamente, era evidente a qué veníamos todos y nadie sintió el pudor de hablar pasito, como tanto nos piden fuera de casa y especialmente en Bogotá. Como en el avión se podía comprar cerveza, como todos estaban hablando del mismo tema, las conversaciones empezaron a expandirse más allá del círculo de conocidos. De la charla se pasó a las bromas, y los azafatos terminaron por sonar en los parlantes En Barranquilla me quedo. El avión entero se paró a bailar, sacamos las máscaras, hicimos trencito. Solo en Barranquilla decían todos, y era verdad. En cualquier otro contexto ese comportamiento habría sido inadmisible. Pero todos en este avión entendíamos ese goce de lo impropio como una picardía, y bailar en el avión, lejos de ser amenazante, fue algo cómplice, inofensivo, incorrecto, travieso, empoderador, vitalista. Eso es precisamente el Carnaval.

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Las ‘frías’

Columna publicada el 4 de febrero de 2017 en El Heraldo.

El nuevo Código de Policía prohíbe “consumir bebidas alcohólicas en lugares abiertos al público en el perímetro circundante” y “consumir bebidas alcohólicas, sustancias sicoactivas o prohibidas en estadios, coliseos, centros deportivos, parques, centros de salud y en general, en el espacio público excepto en las actividades autorizadas por la autoridad competente”. A primera vista parecen prohibiciones razonables que buscan controlar el consumo problemático de alcohol y garantizar la paz en las calles. Sin embargo, como sucede con muchas partes del Código de Policía, estas medidas, aparentemente razonables, pueden terminar siendo absurdas o autoritarias.

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