Derechos de la niñez

Caperucita Roja

Columna publicada el 30 de marzo de 2017 en El Espectador.

En la versión más antigua del cuento de Caperucita Roja, escrito por Charles Perrault, la historia acaba cuando el lobo se la come. Esta versión viene acompañada de grabados de Gustave Doré, en los que la metáfora del cuento se hace literal: Caperucita aparece desnuda, metida en la cama con el lobo. Fueron los Hermanos Grimm los que más tarde se inventaron que la salvaba un leñador. En todo caso la advertencia para las niñas (y mujeres) es clara: si sales a la calle (bosque), más te vale no hacerlo con ropa provocativa (una caperuza roja), ni desviarte o disfrutar de tu camino, o hablar con extraños (el lobo) porque te pueden matar y violar.

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Las malas madres

Columna publicada el 14 de enero de 2017 en El Heraldo.

El video muestra a unos uniformados que llegan a la casa de una familia, en Tierralta, Córdoba, para rescatar a un niño a quien su madre, como castigo, había amarrado a un palo. La madre fue acusada por los vecinos y luego arrestada por la policía. En el video podemos escucharla suplicando para que no le quiten a su hijo.

Un segundo video muestra a la mujer arrepentida, ofreciendo su mea culpa a todos nosotros, sus jueces implacables, a nosotros que nos llevamos la mano a la boca mientras exclamábamos ¡mala madre! “¿Por qué amarrabas a tu hijo?” Le pregunta el periodista. Detrás de la mujer se ve una calle de tierra en donde juegan muchos niños y niñas descalzos, un muro a medio construir; testimonios de la situación vulnerable en la que vive la familia. La mujer contesta, tiene varias razones: la primera “porque varias veces casi me lo atropella una moto y también porque me botó la comida del mediodía, el agua de tomar, pero lo hice para no pegarle porque ya no hacía caso”. Es decir, la mujer nos dice que no daba abasto cuidar y disciplinar a su hijo, hacer de comer y probablemente trabajar. Nos dice que está frustrada porque el niño le bota la comida que probablemente llegó a la mesa con mucho esfuerzo. La segunda razón de la mujer es también descorazonadora: “cuando era pequeña a mí me amarraban a un palo en el sol”. Cuando ella era niña no habían vecinos con celular para grabar video y traer a los medios, así que nunca debió llegar la policía a desamarrarla de ese palo bajo el sol.

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Populismo perpetuo

Columna publicada el 11 de enero de 2017 en El Espectador.

Era 2011 y la congresista Gilma Jiménez movía su proyecto para hacer un referendo que les diera cadena perpetua a los violadores de niños y niñas. El ministro del Interior, en ese entonces Germán Vargas Lleras, creó una Comisión Asesora —integrada por juristas respetados internacionalmente: Yesid Reyes, Iván González, Rodrigo Uprimny, Camilo Sampedro y Julissa Mantilla, entre otros— para aconsejar al Gobierno en política criminal, a propósito de dicho referendo. La evaluación de la Comisión fue nefasta: señalaron que el referendo pendulaba entre la inconstitucionalidad y la irracionalidad, y lo calificaron de ineficaz, precario y retardatario.

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Privilegiados y vulnerables: la estructura social detrás de la muerte de Yuliana Samboní

C0lumna publicada el 11 de diciembre en Razón Pública.

En el fondo del crimen que estremeció a la opinión pública está un país donde algunos “son alguien” y otros “no son nadie”. Además de castigar al culpable, este caso exige una nueva reflexión sobre las verdades de una sociedad que estimula y tolera la violencia de género. 

Vulnerabilidades y privilegios

El pasado fin de semana Yuliana Andrea Samboní, una niña indígena, desplazada y pobre, fue secuestrada, violada, torturada y asesinada por (según señala la evidencia) Rafael Uribe Noguera, un hombre, educado, blanco y de clase alta.

El crimen ha logrado horrorizar y conmover a un país que suele permanecer indiferente ante las muchas formas de violencia de género. El crimen también es un retrato de las desigualdades y tensiones sociales que se viven en Colombia y que influyen sobre el modo de ejercer la violencia y sobre las formas de impartir justicia. Por eso importa comenzar por un análisis de las vulnerabilidades y privilegios en la sociedad donde tuvo lugar este crimen. 

Esas vulnerabilidades y privilegios no son inherentes a la naturaleza, sino que son construcciones sociales. Ser niña, ser indígena o ser mujer no son desventajas en sí mismas, y en una sociedad justa no tendrían por qué serlo. Pero en un país machista y racista ser una mujer indígena implica tener problemas de acceso a derechos fundamentales como la educación y la salud, o una vida libre de violencia.

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¿Cómo puede evitar Colombia que haya otras Yulianas?

Columna publicada en Univisión el 8 de diciembre de 2016.

Yuliana Samboní, una niña de 7 años, jugaba frente a su casa en el barrio popular de Bogotá cuando fue raptada en una camioneta. Un día más tarde, Samboní fue encontrada muerta, torturada, violada y asfixiada en un lujoso apartamento en el barrio contiguo al suyo. La abrumadora cantidad de evidencias encontradas por la Fiscalía señalan al arquitecto Rafael Uribe Noguera, de 38 años, miembro de una de las familias más ricas del país, como el culpable. Se sospecha que, además, sus hermanos le ayudaron a alterar la escena del crimen, y luego lo internaron en una clínica alegando una supuesta sobredosis.

La Fiscalía afirma que el consumo de sustancias fue posterior a la muerte de la niña, posiblemente para alegar que no sabía lo que hacía cuando cometió el crimen. Pero los mejores abogados penalistas del país se negaron a llevar el caso, incluido el prestigioso bufete del que Francisco Uribe, su hermano, hacía parte hasta hace unos días. Aunque lo normal suele ser que un agresor con tantos privilegios salga libre, la sociedad colombiana está tan indignada y enrabiada que es poco probable que el culpable escape a la justicia.

Sin embargo, el pedido de justicia va por dos caminos: por un lado, estamos quienes pedimos un cambio estructural y cultural que ayude a subsanar las desigualdades sociales que hicieron el crimen posible. Por otro lado, el distrito de Bogotá, la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y sectores de la sociedad exigen endurecimiento de penas para este tipo de críticas y cadena perpetua para los violadores de niños y niñas. El presidente del Congreso, Mauricio Lizcano, presentó un proyecto de ley llamado “Ley Yuliana”, para que, en sus palabras, “quienes violen un niño o niña se pudran en la cárcel”. Sin embargo estas medidas son entre inútiles y peligrosas: la vía punitiva, aunque puede parecer más efectiva, podría incluso crear un escenario peor para las niñas de Colombia.

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Por la memoria de Yuliana Samboní

Columna publicada el 7 de diciembre de 2016 en El Espectador.

La niña Yuliana Andrea Samboní, de siete años, fue secuestrada, violada, torturada, asfixiada y muerta, presuntamente por Rafael Uribe Noguera, en su apartamento, este fin de semana. El feminicidio de Yuliana ha conmovido y enrrabiado a toda Colombia.

Su más posible agresor, señalado por una cantidad de evidencia clara y abrumadora, fue internado en una clínica por supuesta sobredosis, y ahora se declara inocente, quizás con la esperanza de que le crean que su crimen atroz no fue premeditado. Pero ya hay testigos que dicen haber visto su camioneta en el barrio, rondando a la niña en días anteriores. Y no existe la droga que haga que una persona adquiera capacidad para tal violencia. Las drogas, si acaso, exacerban por momentos la magnitud de una violencia, que en el caso de Uribe Noguera fue alimentada en la comodidad del privilegio de ser un hombre, blanco, educado y miembro de una de las familias más poderosas de Colombia, un país en donde todos esos privilegios otorgan casi la omnipotencia de Dios. Yuliana Samboní, por el contrario, encarna todas las vulnerabilidades juntas, por género, por edad, por etnia, por clase social, por ser parte de una familia desplazada. En un mundo sin estas desigualdades abismales un crimen como este habría sido excepcional. En cambio, es uno entre tantos.

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‘A calzón quitao’

Columna publicada el 24 de septiembre en El Heraldo.

Mucho alardeamos los costeños de que las cosas en el Caribe se dicen ‘a calzón quitao’. Aquí al gordo le decimos gordo, al flaco flaco, al feo feo. ¿Pero al abusador de mejores o al agresor de mujeres? Para ellos no tenemos nombres, o bueno, a veces les decimos “señor”.

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