Derechos laborales

¿Es machista que los hombres paguen la cuenta?

Columna publicada en la revista Cromos el 13 de marzo de 2017.

Hay una respuesta corta a esta pregunta: si alguien me invita a comer porque quiere hacerme una atención, no veo por qué negarme. Ahora, la cosa cambia montones si quien paga asume que invitarme a comer le da derechos sobre mi vida, o sobre mi cuerpo.

Pero hay otra respuesta más complicada. Supongamos que esto es una cita romántica entre una pareja heterosexual. Esta aclaración es importante porque otras parejas, como las del mismo sexo, tienen otro tipo de dinámicas de poder. Pero con las parejas heterosexuales hay infinitas reglas de cortejo, construcciones sociales impuestas desde hace años, y el subtexto específico de pagar la cuenta es que el hombre debe ser el macho proveedor, el que puede demostrarle a la chica que es capaz de “tenerla como una reina”.

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Camellando

Columna publicada el 11 de marzo de 2017 en El Heraldo.

El año pasado la artista plástica y cantante colombiana Lido Pimienta, quien se mueve entre Londres y Toronto y es una de las artistas pop más prometedoras de la escena contemporánea, hizo un cover de la canción Work, de Riahnna, usando el lenguaje coloquial barranquillero y muchos de sus recuerdos de cuando vivió en esta ciudad.

La canción se llama “Camellando” y retoma las historias que le contaban las vendedoras de las calles, de empanadas, de jugo de naranja, muchas veces acompañadas por sus hijos, trabajando de sol a sol. Las mujeres le contaba a la artista, una y otra vez, la misma historia: que trabajaban tanto, usualmente para mantener a un hombre y mantener una familia, en su coro repite el estribillo “camellando, camellando, camellando, me la paso camellando y tu vagabundeando” y hace referencia a esos hombres, mantenidos por estas mujeres trabajadoras, flojos, infieles, dormilones, dispuestos a irse con otra para afirmar su masculinidad, mientras ellas trabajaban, o hacer largas siestas, con la tranquilidad de tener a su lado mujeres decididas a proveer.  “Yo sé que tu me quieres, a tu manera tu me quieres” canta Pimienta, retomando los testimonios de estas mujeres que intentan excusar el comportamiento de sus parejas, de justificar ese amor inmerecido que reciben.

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Cerdos publicistas

Columna publicada el 9 de marzo de 2017 en El Espectador.

Esta semana se dio a conocer en la prensa el caso de Oriana Castro, una publicista de Leo Burnett que fue acosada en masa por varios de sus compañeros de trabajo. Oriana cuenta que en las fiestas se dedicaban a agarrarle el culo sin su consentimiento y denunció en Recursos Humanos específicamente al publicista Lukas Calderón quien, según los testimonios de varias mujeres, morbosea las fotos de Facebook de sus compañeras para intimidarlas, les dice que son “la mujer de su vida” y hasta llega a perseguirlas obsesivamente. Cuando Castro denunció este comportamiento con la directora Claudia Vargas, ella fingió apoyarla, y luego le sentó a sus dos jefes en frente para que le dijeran que “todos «la molestaban»”, que “por qué la emprendía con Calderón” y se ríeron en su cara. Después los mismos jefes se sentaron con el agresor y salieron de la oficina como si nada.

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El cuidado es trabajo

Columna publicada el 2 de marzo de 2017 en El Espectador.

“Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien”. No lo dice Pambelé, Lo dice Virginia Woolf en su célebre ensayo feminista Una habitación propia. Pensar, soñar, parecen actividades baratas, pero son carísimas: su prerrequisito es tener las necesidades básicas garantizadas (algo que pocos, pero especialmente pocas, tienen en este país); y no sólo eso, también se necesita tiempo libre. Algo que históricamente las mujeres no hemos tenido, porque hemos estado encargadas del funcionamiento de los hogares, de la comida, de la reproducción, la crianza y la educación. Virginia Woolf fue la escritora prolífica que fue porque pudo mandar al carajo todas esas obligaciones. Pero no porque “fuera una rebelde”; también y sobre todo, porque era de una clase social que podía pagar por los trabajos de cuidado y de servicio, porque tenía propiedades, dinero para comer y vestirse asegurados y un marido que le permitía tener esa habitación propia (otros maridos recluían a sus esposas “creativas” por “locas”). De nada sirve tener la mente de Virginia Woolf si no se tienen todos esos privilegios.

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Rebelión

Columna publicada el 21 de enero de 2017 en El Heraldo.

Rebelión es, quizás, la canción más conocida del Joe Arroyo, cuya voz al grito de “No le pegue a la negra”, es un grito desgarrado y empoderador, más aún en el contexto del Caribe, y más puntualmente, Cartagena. Quizás todos bailamos con el Joe porque la historia que cuenta la canción suena a que pasó hace muchos años, en una antigua, pasada, y esclavista Cartagena.

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Escuela de troles

Columna publicada el 19 de enero de 2017 en El Espectador.

La profesora y escritora Carolina Sanín acaba de ganar una tutela contra la Universidad de los Andes, con un fallo que deja sin dientes a su injusto despido y le exige a la universidad adelantar urgentes campañas contra el matoneo, la violencia de género y los discursos peligrosos que se están dando en el interior de su comunidad.

El fallo es un saludo a los docentes colombianos, pues revierte el mal precedente que el despido de Sanín sentaba para la libertad de cátedra y la libertad de expresión en la educación en Colombia.

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Por el derecho al trabajo sexual digno y seguro

Columna publicada el 14 de diciembre de 2016 en El Espectador.

Este martes, las organizaciones Parces y Paiis presentaron el informe Ley entre Comillas, sobre las condiciones del trabajo sexual en Bogotá. Lo que el informe muestra es alarmante: los estigmas sociales hacen del trabajo sexual un territorio sin ley, sin empatía o solidaridad ciudadana, y en donde muchas vulnerabilidades se juntan para dar ocasión al abuso y la violencia.

El segundo mayor miedo de los y las trabajadoras sexuales, después de contraer una enfermedad de transmisión sexual, es ser asesinadas, y que enfrentan violencias cotidianas por parte de los clientes, los ciudadanos, los patrones y la misma Policía. Esto último es especialmente preocupante, porque para las trabajadoras sexuales de la ciudad el uniforme verde se ha convertido en una amenaza más. El 74 % de las personas encuestadas en el informe recibieron violencia verbal por parte de la Policía, el 62 % violencia física, el 51 % extorsión, el 39 % violencia simbólica, el 35 % retención de documentos y el 34 % violencia sexual. Lo que estas cifras muestran es que a los ojos del orden público no todos los ciudadanos y las ciudadanas somos iguales. Quizás uno de los castigos arbitrarios más frecuentes es que las lleven a la UPJ, que es una especie de purgatorio urbano al que todos y todas le tenemos miedo, pero en donde solo acaban quienes menos privilegios tienen. La UPJ hace mucho tiempo dejó de cumplir su función, que era proteger a los ciudadanos, y se convirtió en una de las formas más efectivas de amenazarlos. Entre las violencias que viven las trabajadoras sexuales también se incluyen las que viven las mujeres trans, que reciben golpes en la cara, en los implantes, ataques que tienen una evidente objetivo: negar su identidad. Por otro lado, las condiciones laborales de las trabajadoras sexuales son de extrema desprotección: el 88 % de las encuestadas en el informe no cotiza pensión y el 65 % no hace parte de un sistema de salud.

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