feminismos

Consejos prácticos para ser un hombre aliado del feminismo

Columna publicada en I-D Vice el 10 de agosto de 2016.

Hay muchas discusiones sobre si los hombres pueden o no ser feministas, algunas son teóricas, algunas son críticas a la manera en que algunos hombres cooptan el feminismo. Sin embargo, también hay muchos hombres que creen en la igualdad de género y tienen la mejor intención y de verdad quieren ayudar. Algunos me han dicho que no saben qué pueden hacer ellos por el feminismo y la primera respuesta es que yo no se los puedo enseñar, ni estoy obligada a darles una clase de feminismo ni puedo decirles cómo vivir sus vidas como hombres. No me corresponde. Sin embargo sí puedo hablar de cosas concretas que, como mujer y como feminista, sé que pueden ayudarnos a que nuestras vidas sean más fáciles. Simplemente son ejemplos puntuales y prácticos basados en mis interacciones con el paradigmático “hombre cisgénero heterosexual blanco o mestizo de clase media o alta y educado”, que para efectos de brevedad en este texto llamaremos “Man”. Con M mayúscula porque es un modelo arquetípico. Quizás no todas estas categorías les aplican, pero sí son las características que determinan a la masculinidad paradigmática y el privilegio en nuestra sociedad.

Así que a continuación les presento 13 cosas que pueden hacer por la igualdad de género. No son las únicas, son apenas las que a mí me parecen importantes para comenzar. Algunas no les van a gustar porque pueden sentirse incómodos, eso está bien. El feminismo es incómodo, si le van a entrar, acostúmbrese. No están obligados a hacerlas, no son mandamientos. Ni trucos para levantar. Tampoco van a recibir una estrellita. Pues no son pedidos caprichosos sino gestos puntuales de cómo usar sus privilegios para hacer más fácil y justa la vida de los demás.

  1. Reconocer su privilegio

No, que nos dejen entrar gratis al bar no es un privilegio. Ustedes lo saben, nos van a dar trago gratis para emborracharnos y que seamos “presa fácil” de algún muchacho que quiere sexo sin esforzarse. No existe tal cosa como el privilegio de ser mujer, ser mujer es nacer con muchas desventajas que quizás los Manes no pueden entender porque para sus vidas privilegiadas son inimaginables. Los Manes no tienen que pensar en qué ponerse antes de salir de la casa para estar seguros, seguramente van a ganar más por hacer el mismo trabajo que una mujer y toda la vida la sociedad lleva aplaudiéndoles que sean líderes y escuchan sus ideas. Por eso hay un mug feminista que dice “Quisiera tener la seguridad de un hombre blanco mediocre”. A diferencia de las personas trans, nadie les pregunta a los Manes si ese es su verdadero nombre o si su género es el correcto. Tampoco hay leyes que les prohiban una intervención médica que pueda ser necesaria para salvar sus vidas, como la interrupción del embarazo.

Manes: el mundo es suyo, las calles, los horarios laborales, la política, todo está hecho para sus cuerpos y muchos de estos privilegios son irrenunciables. Lo mínimo que pueden hacer es reconocerlo. Porque reconociendo su privilegio pueden usarlo para abrirle espacios a otras personas que no lo tienen.

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Hillary Clinton está cambiándolo todo

Columna publicada el 29 de julio de 2016 en Univisión.

Uno de los videos de la convención Demócrata, pasa una a una las caras de los presidentes de los Estados Unidos en orden cronológico. Al llegar a Barack Obama las caras forman un mosaico que cubre toda la pantalla. Sí, todos son hombres. Entonces el mosaico se rompe como si fuera de vidrio y detrás aparece la imagen de Hillary Clinton.

No es tiempo para sofisticaciones semánticas, el mensaje tiene que ser claro, al ser la primera candidata mujer a la presidencia Hillary está rompiendo el más alto techo de cristal de los Estados Unidos.

Tienen razón los demócratas en señalar que la representación, simbólicamente, importa, y que incluso llega a ser revolucionaria. Durante años la sociedad nos ha dicho que el papel de las mujeres es circunscribirse a nuestro estrecho rol de género y tener hijos, hornear galletas, y muy calladitas y sonrientes mantener un hogar.

La sociedad nos sigue diciendo eso, y ataca fieramente a cualquier mujer que se salga de su rol de género. El sistema funciona de tal manera que no nos deja ni siquiera imaginarnos que podemos ser otra cosa, porque el escarnio público de las que lo intentan nos sirve de advertencia, y porque ni siquiera tenemos los modelos para soñarlo. Por eso, los niños quieren ser astronautas y las niñas quieren ser mamás. Nadie les dice que pueden ser madres y astronautas. Y ese es el mensaje que una presidencia de Hillary Clinton enviaría.

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La paz con las mujeres

Columna publicada el 28 de julio de 2016 en El Espectador.

Entre el 23 y 25 de octubre de 2013 tuvo lugar en Bogotá la Cumbre Nacional de Mujeres y Paz, que reunió a 449 mujeres de todo el país, representantes de organizaciones feministas, de derechos humanos, campesinas, de víctimas, de indígenas, de afrodescendientes, estudiantiles, juveniles, ambientalistas, de las comunidades LGBTI, de empresarias, de iniciativas nacionales y territoriales de paz, de iglesias, gremios, educadores, académicos, partidos políticos, sindicatos, organizaciones raizales, medios de comunicación y expertas internacionales. Al terminar la cumbre, las mujeres entregaron una carta para Timochenko y el presidente Santos en la que afirmaron con contundencia que “¡La paz sin mujeres no va!”.

Tres años más tarde, los acuerdos anunciados por la Subcomisión de Género en las negociaciones de La Habana son la posibilidad de una revolución sin precedentes en derechos de género: por primera vez en Colombia se reconocerá de manera efectiva a todas las mujeres (sin distingo de raza, etnia, identidad sexual o clase) en la plenitud de su ciudadanía y se pondrán en marcha las acciones afirmativas para un día alcanzar la igualdad género en el país.

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Padecemos una fabricada y moral epidemia de gordura

Columna publicada el 15 de julio en Univisión.

Soy una mujer flaca. Siempre he sido flaca sin hacer mayor esfuerzo, sin hacer dietas ni ejercicio, a veces hasta me “adelgazo de más”. Sé que es “ de más” porque todo el mundo alrededor tiene fiscalizado mi cuerpo, y a veces alguien suelta un comentario -”bienintencionado”- sobre mi cuerpo. Pero ser flaca no es una virtud, no dice nada de mi salud, ni de mi carácter y si algo, es solo un indicador de que mi vida ha sido más fácil que la de otras mujeres.

No importa el cuerpo que tengamos, la sociedad nos insiste, a las mujeres especialmente, en que nuestro cuerpo está mal. No importa cuán parecidas seamos al canon de belleza nunca será suficiente, y como la sociedad nos ha enseñado a juzgar y disciplinar nuestro cuerpo, esa mirada se ha convertido en propia, hacemos un juicio cada vez que nos vemos al espejo. Esa colección de juicios es lo que yo experimento, como mujer, sobre mi cuerpo. Pero el rechazo, la opresión, llegan a mi porque soy mujer, no por ser flaca. Ser flaca es un privilegio inmenso porque vivo en un mundo que está hecho para mi tamaño: siempre encuentro ropa que me quede, y en todos los estilos imaginables, quepo en las sillas del avión, y quien no me conozca hasta creerá que hago ejercicio. No soy víctima de una cultura que equipara la gordura con la gula, la pereza, el descontrol, la incompetencia, y la enfermedad.

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¿Pueden los hombres ser feministas?

Columna publicada el 7 de julio de 2016 en El Espectador.

La semana pasada La Silla Vacía publicó una entrevista a Florence Thomas titulada “Ningún hombre puede ser feminista, pero sí solidario”. Thomas lo menciona en una pregunta sobre si hay un divorcio entre las leyes y la cultura frente a los derechos de las mujeres, hablando sobre la voluntad política necesaria para que estos derechos se hagan efectivos y sobre la falta de sensibilidad de género en las y los políticos. El título, provocador, seguro ganó muchos clics; un acierto, sin duda, porque a Thomas siempre conviene leerla. Pero la entrevista apenas toca el tema de pasada. Aún así, la pregunta de si los hombres pueden ser feministas es muy interesante.

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