trata de personas

Guatemala sexual slavery verdict shows women’s bodies are not battlefields

Op-ed published at the Newspaper  The Guardian on February 29th 2016.

Two men have been found guilty for enslaving indigenous women in Sepur Zarco in a case symbolising a wider battle for Latin America women

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The word muxuk refers to a woman who has been “desecrated”, a woman whose “social and spiritual world was destroyed and broken in all of the areas of her life”. In the Q’eqchi’ language there are four ways to refer to sexual violence, yet muxuk is the term Guatemalan women of the Sepur Zarco community have chosen to use when talking about the war crimes perpetrated against them.

Neither Spanish nor English have the words to describe precisely the horrors these women experienced in 1982, during the Guatemalan armed conflict.

The Sepur Zarco trial was groundbreaking for three reasons. Unlike other trials involving sexual violence during armed conflicts – such as the cases in Rwanda(pdf) and former Yugoslavia – the proceedings were conducted entirely by a national court.

The verdict has set a precedent for treating domestic and sexual slavery as war crimes – something that is crucial for the advancement of transitional justice in many Latin American countries.

And it seeks to build a standard of proof based on the testimony of survivors – important because, in a case like this, where the events occurred more than 30 years ago, little physical evidence is available.

Like many conflicts in Latin America, what happened in Sepur Zarco was a battle over the ownership of territory – both land and women’s bodies.

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Con los ojos cerrados, con los ojos abiertos

Columna publicada el 24 de febrero en Sin Embargo.

La cantante pop Kesha sale del tribunal superior en Nueva York, el viernes 19 de febrero de 2016. Kesha está luchando para continuar su carrera separada de un exitoso productor que dice que la drogó, abusó sexualmente de ella y la atormentó psicológicamente. Él aún tiene derechos exclusivos para hacer discos con ella. (Foto AP/Mary Altaffer)

La cantante pop Kesha sale del tribunal superior en Nueva York, el viernes 19 de febrero de 2016. Kesha está luchando para continuar su carrera separada de un exitoso productor que dice que la drogó, abusó sexualmente de ella y la atormentó psicológicamente. Él aún tiene derechos exclusivos para hacer discos con ella. (Foto AP/Mary Altaffer)

El viernes pasado una jueza falló en contra de la cantante de pop Kesha, que buscaba liberarse de su contrato con Sony alegando que su productor, Dr. Luke Kornreich, había abusado de ella física, sexual, psicológica y emocionalmente durante diez años. La jueza no encontró pruebas contundentes para las acusaciones de Kesha, que no “recolectó evidencia” después de los abusos y no tiene más que su testimonio. Por eso, el contrato de Kesha con Sony sigue en pie, y si bien no parece que la vayan a poner a trabajar directamente con su posible agresor, éste sí va a redituar de su trabajo. El caso ha despertado una solidaridad -inusual con las víctimas de violencia sexual- y varias artistas mujeres han mostrado su apoyo en redes sociales.

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Lado B

Columna publicada el 18 de febrero en El Espectador.

“No tiene valor periodístico, es una invasión a la privacidad” fue la rotunda conclusión de la opinión pública en Colombia sobre el video publicado por La F.m el martes, que muestra una conversación entre el entonces senador Carlos Ferro y el capitán Ányelo Palacios, en la que ambos planean un encuentro sexual.

El video fue publicado con la intención de vincular al exviceministro Ferro con la llamada “Comunidad del Anillo”, una presunta red de “prostitución” al interior de la Policía Nacional. Las denuncias por la Comunidad del Anillo implican al general Palomino, hasta ayer director de la Policía, como uno de los líderes de la red. El video coincidió con que la Procuraduría abriera investigación formal contra Palomino, también por cargos de presunto incremento injustificado en su patrimonio y seguimientos al grupo de periodistas que ha venido investigando esta historia, entre ellos, Vicky Dávila, quien reveló el video.

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El Saqueo

Columna publicada el 12 de diciembre de 2015 en El Heraldo

En el colegio nos enseñan que a América mandaron lo peor de lo peor que había en las cárceles españolas a colonizarnos y que por eso es que “estamos como estamos”. Luego de esta afirmación suele venir una sarta de elogios a la cultura europea, “es que son tan cultos”, “son tan elegantes”, “si esto estuviera en manos de europeos quizás funcionaria”. En lo profundo de la construcción de nuestra identidad está que somos casi que genéticamente inadecuados, y que de ahí viene nuestro desorden y nuestro desastre. La admiración por Europa en Latinoamérica llega al punto de que a duras penas aprendemos la historia propia, y en cambio, la historia de las civilizaciones comienza en Europa, da un paseo por Asia y al final, nos hablan un poquito de los aztecas y de los incas.

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Los motivos del crimen

Columna publicada el 18 de agosto de 2015 en Sin Embargo.

Protesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: FácticoProtesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: Fáctico

Les voy a contestar la gran pregunta que aún nos ronda sobre el multihomicidio ocurrido hace dos semanas en la colonia Narvarte: ¿por qué los mataron?

A juzgar por cómo lo cuentan los medios, esta es una gran película de misterio con coloridos personajes: la activista y el fotoperiodista (¿tenían una relación sentimental o eran parte de una conspiración para revelar un secreto de Duarte que fuese aún más oscuro que la información que ya es pública?); la maquillista con conexiones en la política Michoacana; la empleada doméstica, olvidada, pero inocente, que estaba en el lugar equivocado; y, para completar este capítulo policíaco de “Medias de seda”, una colombiana, buscona y mostrona (“como somos las colombianas”), ¿edecán?, ¿trabajadora sexual?, ¿narcotraficante?, anunciaron antes de darnos su nombre y luego sacaron fotos para hacer evidente su gusto por todo lo brillante, desde el misterioso Mustang en el que “huyeron los asesinos” hasta su elección de bikinis dorados.

Entonces nos preguntamos por qué estaban estas cuatro personas juntas en el apartamento un viernes durante el día, cómo fue que la quinta roommate tuvo la suerte de salvarse por ir al trabajo (recuerden amigos, cumplir el horario godín los mantendrá a salvo). ¿Qué tenían que ver los unos con los otros? ¿Cuál es el mensaje que envía un asesinato tan brutal que según la PGJDF fue exprés: en 40 minutos, que vienen siendo 10 minutos por víctima? ¿Fue para silenciar una vez más la libertad de expresión y el ejercicio a la protesta? Esta hipótesis no es muy taquillera entre los medios oficialistas que seguro se preguntan: ¿para qué quedarnos en eso de la censura cuando tenemos a una “prostituta” y un departamento lleno de drogadictos”? Sexo, drogas y rocanrol. ¿Qué más quieren?

Porque, además, ya sabemos que en el cenicero del cuarto de Nada Vera había rastros de marihuana y que un vecino, que también contó que al departamento entraban “extranjeros de diversas nacionalidades”, les gritaba que dejaran de “quemarle las barbas al diablo” que al parecer es vernáculo para “dejen de fumar porro.” Nadia: marihuanera de vida díscola. También encontraron una sospechosísima pastilla con forma de corazón, como esa que se comió Leonardo DiCaprio en la película de Romeo y Julieta, y que después lo puso “todo loco” y por “sus locuras” todo el mundo se murió. Pero esperen, peor aún, Rubén Espinosa dio positivo para, cha channnn, ¡cocaína!

La trama del entrelíneas nos dice que seguro la colombiana era una puta que tenía tormentosos amoríos con un dealer, y Nadia y Rubén, que eran unos hedonistas irresponsables, llegaron a afteriar y le marcaron al dealer violento que en vez de venderles drogas se ensañó en asesinarlos, y torturar especialmente a Mile Virginia Martín, que, como toda femme fatale, “lo merecía”. Por ahí saltan algunos personajes secundarios como “El viene viene” y “El malabarista” a quienes podemos darles una o dos líneas en la historia, para poder así salpicar a todos los grupos vulnerables de la ciudad –porque los hombres también son discriminados por clase, no lo olvidemos–.

Con el pequeño detalle de que no vivimos en una película, sino en la realidad. En la realidad, el dealer que te lleva drogas a la casa no te mata, porque si lo hiciera se le acabaría el negocio. En la realidad, esos mismos periodistas que con altisonancia escriben “drogas”, quizás se echan ¿de vez en cuando? un pase y un porro el fin de semana igualito que Nadia y Rubén. ¿No se dan cuenta de que cuando escriben sus notas amarillistas, su hipocresía contribuye a la impunidad de los crímenes contra sus colegas? ¿De cuándo acá dar positivo en un examen de drogas prueba que se trata de un consumidor sistemático, o problemático (que no son lo mismo, hay consumidores funcionales)?  En la vida real, ese “bajo mundo de las drogas” no es tan bajo; el mundo de los consumidores es bastante pedestre y seguro, como lo atestiguan las largas filas en los baños de las fiestas del D.F.

A todas estas sería importante diferenciar entre narcotraficantes (ilegal) y consumidores (legal) y recordar que el consumo de ninguna manera implica tráfico de drogas. También que la razón del narcotráfico no son los consumidores; los consumidores existían desde siempre, mucho antes de que existieran los narcotraficantes, cuya única razón de ser es la prohibición de algunas drogas (drogas como el alcohol, la nicotina, el azúcar, y la religión no están prohibidas), prohibición que no se ha levantado porque el negocio resulta más lucrativo para “los poderosos” si se mantiene en la ilegalidad.

Pero ahora hablemos de “La colombiana”. ¿Cómo es que una muchacha “de cuna humilde” logró viajar a México y tener un Mustang? Seguro, era algo ilegal, recuerden que “todo lo del pobre es robado”. Según una nota reciente del periódico El Tiempo en Colombia, retomada en México por el semanario Proceso, Mile Virginia Martín hizo varios “viajes sospechosos al extranjero” (es que los pobres no deberían salir ni de su barrio), y el más “sospechoso” de todos es uno a España. Ejem. Y bueno, la Visa de turista en México se le había vencido y estaba de ilegal, como me imagino que están tantas mujeres colombianas y latinoamericanas. Claro, hay detalles en el expediente que nos darían a entender otra historia, pero convenientemente, no han sido filtrados a la prensa.

Otra posibilidad es que Mile Virginia Martín tuviera un sugar daddy, lo cual, que yo sepa, no es una actividad de alto riesgo, sino un arreglo de lo más común en México y en muchos lugares del mundo. Finalmente el Mustang resultó ser del “novio”, o el amante casual, Daniel Pacheco, que ha sido detenido, y en cuya foto aparece con visibles golpes en la cara. Al parecer, Pacheco es un tipo muy torpe y se dio contra el picaporte, digo, contra la patrulla, o creo que también escuché el rumor de que “se tropezó voluntariamente contra el puño cerrado de un policía”, no estoy segura, pero, en todo caso, ya saben lo fácil que es hacerse a un ojo morado en la vida cotidiana. Antes es un milagro que no hubiera chocado el Mustang.

¿Y Mile Virginia? ¿Al fin sí era “puta”? Ella ya no puede desmentirlo. Pero, ¿y si lo fuera, qué? ¿Acaso los crímenes contra las trabajadoras sexuales sí pueden quedar en la impunidad? La fama de putas que tenemos las colombianas, y de narcotraficantes, es una fama que tiene su origen en condiciones reales: nuestro país tiene un gravísimo problema de violencia, la movilidad social es prácticamente inexistente para todos y además las mujeres tienen muy pocas oportunidades laborales y más si pertenecen a la clase trabajadora. En ese panorama, que por cierto es similar al mexicano, no es de extrañarse que muchos vean en el narcotráfico su única posibilidad para ascender socialmente, y eso, es culpa de un Estado que no le ofrece oportunidades a sus ciudadanos, y, ante un problema como el narcotráfico que afecta más a los más vulnerables, termina por criminalizar la pobreza. A eso podemos sumarle las condiciones geopolíticas y climáticas que hacen de Colombia un lugar privilegiado para la producción y distribución de drogas como la cocaína y la marihuana, que sería una ventaja, y no un problema, si estas sustancias fueran legales.

Por otro lado, en Colombia, para muchas mujeres “ser bonita” es la única forma de movilidad social y muchas veces un par de tetas de silicona son cuestión de supervivencia. A eso tenemos que sumarle que Colombia vive a diario el drama de la trata de personas, especialmente de mujeres con fines de explotación sexual. Mi país es origen, paso y destino de trata de personas y cada día es más conocido por el turismo sexual. Si muchas colombianas se dedican a la prostitución es porque venimos de un país violento que trata a las mujeres como objetos (hasta nos ofrece el ministerio de cultura en sus spots publicitarios que invitan a “venir a ver nuestros, paisajes, nuestras frutas, nuestras mujeres”). Ser trabajadora sexual, no es motivo vergüenza. Pena les debe dar a los que pagan por sexo sin preguntar por las condiciones laborales de las prostitutas, a los proxenetas explotadores, a los gobiernos cómplices de la explotación del cuerpo de las mujeres. A pesar de estas condiciones adversas, todos los y las colombianas somos personas, todos existimos, todos tenemos derecho a la dignidad. Si Mile Virginia Martín era trabajadora sexual -que no lo sabemos-, eso no la hace desechable.

Colombianos de la asociación de colombianos en México “Me muevo por Colombia” protestan en El Ángel el domingo 16 de agosto. Foto: Eliji Fukushima

Todo este discurso, que pinta buenos y malos, que nos pone a los espectadores en posición de hacer un juicio moral sobre los asesinados, solo lleva a construir una insensibilidad hacia las víctimas. “No eran como nosotros, ellos eran malos” y por eso “se lo merecían”. Pero no es así. Todas las vidas importan. Todos los muertos merecen ser nombrados. Todos los crímenes deben ser investigados exhaustivamente. “Mile Virginia sí era una cualquiera, cualquiera de nosotras” dijimos el domingo en un comunicado como asamblea de colombianos en México, Me muevo por Colombia. Lo dijimos conscientes de nuestra gran vulnerabilidad como migrantes pero también lo dijimos para hacer ver que un crimen como este nos pone en peligro a todos. Por eso pedimos #JusticiaParaMile #JusticiaParaLxsCinco y memoria para, en ella, mantenerlos vivos.

Ahora que por fin están exhaustas las líneas narrativas en esta deliberación hipotética les voy a revelar la verdad: la verdadera razón por la que mataron a Nadia, Yesenia, Mile, Olivia Alejandra y Rubén. ¿Están listos?

Los mataron porque pudieron.

Porque ninguna actividad, ilegal o no, ningún oficio, ninguna nacionalidad o gentilicio es justificación o explicación de un crimen como este. Los mataron porque en la Ciudad de México se puede cometer un crimen tan atroz a plena luz del día y en una colonia de clase media, y esto puede ocurrir con la tranquilidad de que lo más probable es que quede en la impunidad. Las cinco personas asesinadas en la Narvarte presentaban, todas, formas de vulnerabilidad que los hacían invisibles ante el Estado y esto los dejaba desprotegidos: eran casi todos migrantes, realizaban oficios irregulares o mal pagados, eran ilegales, mujeres, desplazados de la violencia, parte de una clase trabajadora invisible. Hoy muchos medios de comunicación se indignan ante este ataque a la libertad de prensa, pero siguen regateando los sueldos de los periodistas, pagándoles tarde y explotando su trabajo, y este es el momento de admitir que esas prácticas laborales inventadas en tiempos de La Plantación dejan a casi todos los periodistas de México (y de América Latina) muy vulnerables. Todas estas condiciones de vida precaria que experimentaban Olivia Alejandra, Nadia, Mile, Yesenia y Rubén, -sin cuya trágica presencia este caso no habría llegado a la prensa y serían simplemente otras cuatro mujeres asesinadas- facilitaron los asesinatos.

Los mataron porque pudieron, porque las vulnerabilidades de todos se sumaron para que el crimen pudiera ocurrir,  para hacer de las cinco personas asesinadas, ciudadanos de última categoría, con menos derechos que todos los demás, y por eso, la investigación no promete ser exhaustiva y en cambio parece que se quedará en los estereotipos comunes. En la vida real, nada podemos hacer con una serie de motivos para el asesinato si no tenemos la oportunidad, y esa oportunidad, en México, es estructural: la injusticia es el estado del Estado. Desprotección e impunidad casi absoluta: por eso los mataron.

El lobo feroz

Columna publicada el 8 de agosto de 2015 en El Heraldo

Esta semana encontraron muerta a la joven Natalia Seña Bernier, de 15 años, junto al cadáver de un hombre de 22 años. La adolescente llevaba varios días desaparecida y finalmente hallaron su cuerpo en Medicina Legal. Vellojín resultó ser un completo extraño para la familia, y se descubrió que Natalia  lo había conocido por Facebook. A través de chats, el tipo le decía que él estaba muy solo y que quería suicidarse y ella intentaba animarlo. “Debemos tener acceso a las redes sociales para informarnos de posibles personas que les quieren hacer daño”, dijo a Noticias Caracol la tía de la joven, Katherine Rodríguez.

Precisamente esta misma semana la Corte Constitucional sacó una sentencia en donde dice que los padres están autorizados a revisar los correos y las redes sociales de sus hijos. La sentencia se origina por un caso de violación sexual a una menor. El crimen fue descubierto por los padres de la niña, que al revisar sus redes sociales descubrieron que este abusador la drogaba para violarla. En el juicio, los correos no sirvieron como prueba, porque un juez lo calificó de violación al derecho a la intimidad. Por eso la Corte sentó jurisprudencia y dijo que ese derecho no aplica en este caso y que los padres tienen potestad cuando un menor se encuentre “en peligro e indefensión”.

Sin duda la sentencia es necesaria. También hay que admitir que, en casos extra-juicio, los padres que quieran revisar las redes de sus hijos lo harán con o sin permiso de la Corte Constitucional. Pero, también es importante reconocer que los adolescentes les han mentido a sus padres hoy y siempre. El problema no está en las redes sociales. El derecho a la privacidad, como muchos derechos, es incremental. Cuando una persona es un bebé su derecho a la privacidad frente a sus padres es cero, y este va en aumento poco a poco hasta llegar a las 18, que sí, es una cifra arbitraria para dar cuenta de la madurez, pero en alguna línea teníamos que ponernos de acuerdo. En todo caso, el derecho a la privacidad es algo que se negocia con los padres, conforme ellos consideren que su hijo tiene las herramientas para bandearse solo, o al menos sería así en un mundo ideal. Muchos padres que espían a sus hijos –con las mejores intenciones– quizás no entiendan las interacciones que tienen, o hasta ataquen su derecho al libre desarrollo de la personalidad (como si un padre o madre homofóbico descubre que su hijo o hija es gay).

Al final, no hay vigilancia suficiente para mantener seguros a los hijos, que cada día son personas más autónomas, y la única manera de proteger a alguien es entender que no basta con “darle pescado”, toca enseñarle a pescar. Esto es lo que nos enseña el cuento de Caperucita Roja, escrito pensando en las niñas que son llamativas, cuando caminan por un mundo hostil y lleno de impunidad, en donde se atraviesan ‘lobos’ (que debido al machismo y la misoginia son muchísimos) que tratarán de engañarlas. Vigilar o no es irrelevante si no somos capaces de darles a las adolescentes más amor para que sean menos vulnerables al acoso, herramientas para identificarlo y la confianza y el apoyo para contar.

Ofendidas

Columna publicada el 1 de julio de 2015 en El Espectador.

María Belén Mora, humorista chilena, hizo un sketch en el que las colombianas somos caricaturizadas (ojo, caricaturizadas) como prostitutas, y roza el tema de la coca. Ahí le entrega al presentador un “café con malicia”, y cuando él le pregunta si había llegado a Chile por la Copa América, ella responde: “¿Por qué otra razón una colombiana vendría a Chile? Pero ¿sabe usted?, yo tengo varias amigas que trabajan en el norte, en Antofalombia”, señalando que las colombianas que viven en Chile se dedican a la prostitución.

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