violencia sexual

Caperucita Roja

Columna publicada el 30 de marzo de 2017 en El Espectador.

En la versión más antigua del cuento de Caperucita Roja, escrito por Charles Perrault, la historia acaba cuando el lobo se la come. Esta versión viene acompañada de grabados de Gustave Doré, en los que la metáfora del cuento se hace literal: Caperucita aparece desnuda, metida en la cama con el lobo. Fueron los Hermanos Grimm los que más tarde se inventaron que la salvaba un leñador. En todo caso la advertencia para las niñas (y mujeres) es clara: si sales a la calle (bosque), más te vale no hacerlo con ropa provocativa (una caperuza roja), ni desviarte o disfrutar de tu camino, o hablar con extraños (el lobo) porque te pueden matar y violar.

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#JusticiaParaDaphne

Columna publicada el 29 de marzo de 2017 en la Revista Vice.

Diego Cruz, uno de ‘Los Porkys’, puso un amparo y el juez de distrito, Anuar González, hizo público un fallo inconcebible, que favorece al agresor y que envía un mensaje a todas las mujeres en este territorio: nada nos protege.

El año pasado, la valentía de Daphne, una adolescente de Veracruz que fue secuestrada y violada por un cuarteto de mirreyes, alias Los Porkys, fue uno de los ejemplos que despertó la marcha de la Primavera Violeta. El padre de Daphne subió a Facebook un video de sus agresores pidiéndole perdón, ya que ellos no habían cumplido los términos de reparación que el padre había pactado: que nunca más se acercaran a su hija. La noticia se mediatizó y produjo indignación en todo el país. Los Porkys escaparon al extranjero porque pueden, y apenas se ha podido extraditar a uno: Diego Cruz. Cruz puso un amparo y el juez de distrito, Anuar González, hizo público un fallo inconcebible, que favorece al agresor y que le envía un mensaje a todas las mujeres en este territorio: nada nos protege.

 

Y este ha sido el mensaje constante durante meses. Hace apenas unas semanas, la periodista Tamara de Anda denunció a un taxista por falta administrativa cuando este la acosó en la calle. La ley estuvo a su favor y el taxista, quien no quiso pagar la multa ni pedir disculpa alguna, fue a dar al Centro de Sanciones Administrativas conocido como Torito. Entonces trolls y conocidos se le fueron encima alegando que ella, por ser clasemediera y blanca, era responsable por el destino de su agresor. “Se le fueron encima” significa que recibió amenazas de violación, de muerte y suficiente bullying psicológico para que a todas nos quedara claro que la denuncia no es nuestra mejor defensa.

Los casos de @Plaqueta y Daphne muestran el sinsalida en el que estamos: no puedes denunciar a aquellos que tienen menos poder que tú, porque la justicia aplicará y te harán responsable de sus destinos; no puedes denunciar a quienes tienen más poder que tú, porque la Justicia, que no tiene nada de ciega y bastante de clasista, rara vez estará a tu favor, así que lo más probable es que te jodas porque la cosa quedará impune.

¿Qué significa pedir justicia para Daphne? Muchos han dado la respuesta leguleya: el fallo es correcto dentro del marco de la legalidad y bla, bla, bla en jerigonza, llevando la discusión a un oscuro campo del derecho en donde sólo unos pocos abogados-druidas pueden opinar. Estas posturas elitistas olvidan que toda la ciudadanía puede y debe hacer parte de un debate público como éste, y sobre todo, que el concepto de Justicia antes que del derecho, fue de la gente, del sentido común, de la moral y de la ética. El debate rápidamente confundió legalidad con justicia, que no siempre son lo mismo, al punto que si algo muestra este caso es que lo penal es, de lejos, insuficiente para prevenir, tratar, resolver y reparar la violencia de género.

El razonamiento en el fallo, que asume que le tocaron los senos a Daphne sin intenciones lascivas, parece hecho por un extraterrestre sin conocimiento alguno de las relaciones y prácticas humanas, decir que no hay indefensión cuando una adolescente menor de edad ha sido secuestrada y está siendo toqueteada y será posteriormente violada, es algo que parece pensado por alguien con una ingenuidad incapacitante. No se necesita ser un experto en nada para señalar un absurdo tan evidente.

Un error muy común de aquellos ungidos por alguna doctrina es creer que sus razonamientos pueden ser fríamente racionales y libres de prejuicios (cuando esto es imposible para cualquier ser humano) y por eso descartan la rabia que muchas sentimos ante este fallo como algo irrelevante. Pero las emociones humanas siempre han estado estrechamente ligadas a nuestro pensamiento moral y ético. Dijo una vez Catherine MacKinnon que a veces “la rabia es señal de que la dignidad humana no ha sido aniquilada, de que la humanidad arde incluso en donde ha debido extinguirse”. Hay rabias, como ésta, que muestran que el Estado está fallando en su obligación de prevenir, investigar y sancionar la violencia contra las mujeres, y que afirma que las democracias no pueden vaciarse de contenido político, aquí opinamos todos y todas, no sólo los versados en derecho.

Pedir Justicia para Daphne significa, primero, reconocer su valentía, porque en un mundo que nos tiene atrapadas entre dos paredes, ella fue capaz de alzar la voz y así se conviritió en un ejemplo para muchas, en una inspiración. Su caso entonces significa algo en el imaginario simbólico de este país, significa algo para las mujeres, que estamos hartas de tener que vivir con miedo. Por eso, exigir justicia para Daphne va más allá de que un Porky se “pudra en la cárcel”, como él, hay miles, no resuelve el problema. Significa una crítica urgente a unas instituciones que son o incompetentes, o insuficientes, o de plano crueles ante todo lo que respecta a la violencia de género. Pedir Justicia para Daphne es exigir que por fin se entienda, que la justicia no es justicia si no tiene perspectiva de género.

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La Plaqueja que rompió Internet

Quiero dedicar unas líneas a reflexionar sobre el más reciente caso viral de acoso en Ciudad de México que podríamos llamar “la Plaqueja que rompió Internet” porque es un episodio muy revelador de todos esos debates interseccionales sobre género, clase y raza que desde el feminismo queremos dar.

Resulta que Tamara de Anda, una reconocida bloguera feminista y colaboradora de varios medios iba caminando por la calle cuando un taxista le gritó “guapa”. ¿Quería este taxista entablar una amistad con Tamara (y le digo Tamara porque, antes de que salgan con suspicacias, es amiga mía) o porque pensara que le iba alegrar el día? No. Le grita guapa porque ella estaba ahí y él estaba en su carro, y seguramente hace eso con todas las mujeres que le pasan frente al carro. Mujeres que, como Tamara, se sienten incómodas, intimidadas, asqueadas o como mínimo molestas porque cualquier tipo que esté en la calle crea que puede comentar su cuerpo.

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Las cosas por su nombre

Columna publicada el 15 de marzo de 2017 en El Espectador.

Con el reciente feminicidio de Maribel Buitrago y el asesinato de su hijo a manos de su expareja y padre del mismo, Giovanny Sánchez, los medios de comunicación han vuelto a caer en los graves errores que normalizan y justifican este tipo de violencia. Sin ir más lejos, en la nota del periódico El Espectador se lee: “El último crimen pasional [..] fue cuando Angie Katherine Herrera fue golpeada y herida con arma blanca por su expareja, un patrullero de la Policía”. ¿Acaso las muertes de Herrera y Buitrago fueron ocasionadas por la inmensa pasión de sus parejas? No. Pero la palabra feminicidio, que es el tipo legal correcto desde que en Colombia existe la Ley Rosa Elvira Cely, brilla por su ausencia.

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Cerdos publicistas

Columna publicada el 9 de marzo de 2017 en El Espectador.

Esta semana se dio a conocer en la prensa el caso de Oriana Castro, una publicista de Leo Burnett que fue acosada en masa por varios de sus compañeros de trabajo. Oriana cuenta que en las fiestas se dedicaban a agarrarle el culo sin su consentimiento y denunció en Recursos Humanos específicamente al publicista Lukas Calderón quien, según los testimonios de varias mujeres, morbosea las fotos de Facebook de sus compañeras para intimidarlas, les dice que son “la mujer de su vida” y hasta llega a perseguirlas obsesivamente. Cuando Castro denunció este comportamiento con la directora Claudia Vargas, ella fingió apoyarla, y luego le sentó a sus dos jefes en frente para que le dijeran que “todos «la molestaban»”, que “por qué la emprendía con Calderón” y se ríeron en su cara. Después los mismos jefes se sentaron con el agresor y salieron de la oficina como si nada.

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Populismo perpetuo

Columna publicada el 11 de enero de 2017 en El Espectador.

Era 2011 y la congresista Gilma Jiménez movía su proyecto para hacer un referendo que les diera cadena perpetua a los violadores de niños y niñas. El ministro del Interior, en ese entonces Germán Vargas Lleras, creó una Comisión Asesora —integrada por juristas respetados internacionalmente: Yesid Reyes, Iván González, Rodrigo Uprimny, Camilo Sampedro y Julissa Mantilla, entre otros— para aconsejar al Gobierno en política criminal, a propósito de dicho referendo. La evaluación de la Comisión fue nefasta: señalaron que el referendo pendulaba entre la inconstitucionalidad y la irracionalidad, y lo calificaron de ineficaz, precario y retardatario.

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Las propias

Columna publicada el 17 de diciembre en El Heraldo.

Les voy a contar una anécdota horrible sobre mi vida del colegio. Cuando éramos adolescentes, mis compañeros de clase, en bachillerato, tenían una práctica que llamaban “Propiar”. Esto era, ir “a donde las propias”, un misterioso plan al que las chicas del salón nunca éramos invitadas. Así que lo que sé lo sé de oídas, de las historias que contaban al día siguiente en clase, que podían ser o no ciertas, y que supongo que estaban en un intermedio entre la verdad y la exageración. En todo caso, estas aventuras consistían en que se llevaran los carros (caros y de marca) de sus papás, a los barrios populares de Barranquilla. Allí, según decían “levantaban pelaítas” que se iban con ellos, descrestadas por los carros. La historia era que con estas mujeres o niñas (nunca supe sus edades, ni creo que ellos preguntaran) tenían sus primeras experiencias sexuales. ¿Había consentimiento en estas experiencias? Quizás ni ellos lo saben, en ese entonces nadie hablaba al respecto, y en el colegio nuestra profesora de religión, que también daba la clase de orientación sexual, nos decía que lo mejor era la abstinencia.

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