violencia sexual

Niñez y violencia sexual

Columna publicada el 29 de abril de 2017 en El Heraldo.

Esta semana una niña de 11 años fue secuestrada en el barrio La Candelaria, en Soledad, por un tipo en una moto hasta un monte cerca a la Central de Abastos en donde abusó de ella. Intentó matarla con un destornillador pero ella logró escapar y pedir ayuda. Esta semana también fue capturado Julio Antonio Maldonado quien, de acuerdo con investigaciones de la fiscalía se hacía pasar por un “enviado de Dios” para abusar sexualmente de menores de edad, al parecer, siete en la población de Suan, al sur del Atlántico, pero se sospecha que también ha cometido violaciones en Soledad y Malambo. Medicina Legal reportó que en el Atlántico, en lo que va del año, le han hecho valoraciones médicas por presunto delito sexual a 202 niños y niñas. Todos sabemos que son muchas más las historias que nunca pasan por los medios de comunicación o por medicina legal.

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Yuliana, Sara, Dayana, Remedios…

Columna publicada en El Espectador el 27 de abril de 2017.

Colombia se levantó este lunes para enterarse de la muerte de otra niña, Sara Yolima Salazar de tres años, abusada y torturada en Tolima; del asesinato de dos niños en el Cauca por su padre feminicida; y de una bebé de cuatro meses que fue abusada por un soldado de 19 años en Villavicencio. Son noticias dolorosas, más cuando hacen eco de la violación, tortura y asesinato de Yuliana Samboní apenas hace unos meses. La indignación colectiva parece indicar que hay un consenso apasionado por defender a la niñez colombiana. Sin embargo, indignarse es lo más fácil; lo difícil es entender qué papel jugamos cada uno de nosotros en este problema y entender las razones por las cuales estos crímenes atroces son posibles.

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¿Qué es “de hombres”?

Columna publicada el 21 de abril de 2017 en la Revista Vice.

Una campaña contra el acoso callejero invita a los hombres a rechazar este comportamiento. Pero, ¿en verdad está cumpliendo su objetivo?

Una campaña contra el acoso callejero lanzada recientemente invita a los hombres de la ciudad a rechazar el acoso diciendo que eso “no es de hombres”. Lo cual nos deja con una profunda pregunta ontológica: ¿Qué es lo que sí es “de hombres”? ¿Fumar Marlboro mientras montas a caballo? ¿Comer carne asada? ¿Usar un desodorante “extremo” para tu día lleno de aventuras? ¿Patinar las llantas del carro? Yo sueño con que la respuesta sea “nada”, porque nada es de un género o de otro; esa división es absurda. Pero a juzgar por esta campaña, estamos lejos de esa respuesta.

#NoEsDeHombres ha sido presentada a los medios internacionales como un éxito cuya clave está en por fin hablarles a los hombres (algo que las feministas llevamos pidiendo desde hace años). En una columna publicada en Animal Político, Ana Güezmes, representante de OnuMujeres en México, cuenta que la campaña —creada por la agencia de publicidad J.Walter Thompson— fue retomada en los medios de comunicación de más de 15 países alrededor del mundo; tuvo 400 menciones en medios internacionales, nacionales y locales; y más de 20 millones de reproducciones de videos en las diferentes redes sociales. Sin duda un éxito publicitario, si éste se mide solo a partir de reproducciones y menciones. Pero ¿así es como se debe medir el éxito de una campaña impulsada por un órgano como la ONU y presentada también por un órgano gubernamental como Inmujeres CDMX? Más importante aún: ¿Tuvo algún impacto en lo que al acoso se refiere?

La campaña parte de una premisa correcta: en vista de que la abrumadora mayoría de los acosadores son hombres, hay que hablarle a los hombres. Esto es un reclamo que surge desde el feminismo desde hace rato, y ya empiezan a verse campañas dirigidas a los agresores, y los que pocos ejemplos que tenemos no alcanzan a atinarle. ¿Qué está fallando?

En Colombia, la Secretaría Distrital de la Mujer en Bogotá acaba de lanzar una campaña bastante buena, orientada a promover masculinidades alternativas, en donde varios hombres, diversos, con quienes muchos tipos de colombianos pueden identificarse, cantan que son “hombres sin vergüenza“: “sin vergüenza de lavar, de planchar, de cuidar a los hijos” y la campaña añade “hacerlo con esmero y amor”. La cosa va de maravilla hasta que la canción cierra con el estribillo “soy un hombre de verdad”. Esta no alcanza a ser una campaña perfecta, pero al menos apunta a construir masculinidades solidarias y amorosas.

También está el pésimo ejemplo del comercial que la cerveza Tecate lanzó el año pasado, cuyos errores coinciden con la campaña #NoEsDeHombres, quizás porque ambas fueron engendradas en el mundo publicitario, un gremio machista (sí, el acoso sexual es pan de cada día), que además ha aprovechado el machismo, históricamente, para venderle cosas a la gente. Así nació la brillante idea de que las mujeres en bikini venden cualquier producto: tetas = líbido = hombres que gastan plata. O esta gran idea: aprovechar el machismo de los hombres para venderles respeto por las mujeres. Sólo que… un momento, ¡eso es imposible! Porque no se puede ser feminista sin antes deconstruir el machismo. Para los derechos de las mujeres no aplica la misma ecuación publicitaria, una ecuación que, dicho sea de paso, subestima y ridiculiza a los mismos hombres.

La campaña #NoEsDeHombres tiene cuatro partes: una se llama Pantallas, en donde graban culos de hombres, en el metro, como si los estuvieran morboseando, y los muestran en las pantallas. Los hombres ríen nerviosos, pero el ejercicio no alcanza a mostrarles la vulnerabilidad que nosotras sentimos. Luego está una intervención en una silla del metro, a la que le pusieron pectorales y el relieve de un pene. Como mujer heterosexual alcancé a entender el objetivo: mostrar ese asco que uno siente con los arrimones de los tipos en el espacio público. Pero esos arrimones son intimidantes no porque se sienta el relieve de un pene, sino porque no son consentidos. Los hombres del metro no rechazan la silla-pene porque recuerden algún avance sexual no consentido, la rechazan porque sentarse en un pene equivale a ser homosexual, a ser penetrado, a feminizarse, y eso, como lo confirma la práctica del albur, es a lo que más temen los machos mexicanos. Pero entonces la silla no comunica nuestra vulnerabilidad, solo aviva su homofobia. Finalmente la campaña tiene unos carteles con fotos de hombres con mirada lasciva, sucios, que se ven como malandros, como si los señoritos elegantes tipo los Porkys no fueran igual de amenazantes. Retratan a los hombres como seres decrépitos y asquerosos, con quienes los hombres reales que usan el metro, padres de familia, profesionistas, jamás van a identificarse, jamás se preguntarán ¿será que así soy yo? Como resultado el acoso vuelve a ser algo que hacen otros hombres, los lobos, los malos, y no es necesario hacer autocrítica y entender que los acosadores son ellos, hombres comunes y corrientes.

A pesar de las críticas, las organizaciones creadoras de la campaña dicen estar satisfechas. Parece que la agencia de publicidad hizo unos focus groups con hombres para preguntarles sus ideas sobre el acoso. Y como suele suceder con las lógicas publicitarias, se asumió que “el cliente siempre tiene la razón” y como los “clientes” aquí son “los hombres” terminaron haciendo un contrasentido: feminismo para gustarle al patriarcado. Los hombres del focus group que hizo la agencia de publicidad dijeron que “Si la frase dice ‘mujeres’ no siento nada, la verdad no me importa ni me preocupa…. si me dices que es una de las mujeres que a mí me importan pues no quiero que les pase nunca, ni yo hacerlo”. Quizás no estamos leyendo la misma frase. Tienes a un grupo de hombres diciendo que las mujeres les importan un carajo, ¡que no sienten NADA cuando leen la palabra mujeres! A menos que esas mujeres tengan un pronombre posesivo antes: “mi mujer, mi esposa, mi amiga, mi casa y mi carro nuevo”. Es decir, para esos hombres del focus group solo valemos en tanto propiedad privada. Luego de una declaración tan violenta, no extraña que nos acosen en el metro.

Pero la agencia de publicidad no estaba ahí para luchar contra el machismo, si ese hubiese sido el objetivo no se habrían rendido tan rápido en el intento de convencer a los hombres de que las mujeres somos personas. Estaban ahí para venderle un producto a los hombres, el producto era el sexismo benevolente, que a algunas organizaciones y al mismo gobierno les llega a parecer “mejor que nada”. Pero en realidad es peor que nada. Porque los hombres no aprendieron que no les pertenecemos. Al ver fotos de hombres con gestos lascivos, todos morenos, algo sucios, en camiseta, cof cof, de una específica clase social, es algo que conecta con el clasismo y el machismo de los hombres, no envía el mensaje de que deben respetarnos porque es lo justo, porque tenemos derecho a habitar el espacio público. Al ver el relieve de un pene en la silla del metro no sintieron el miedo, la invasión, la vulnerabilidad que sentimos nosotras, sintieron sólo el asco de su homofobia. Porque acosarnos, vaya y venga, pero ser jotos ¡jamás!

Luego de estos focus group se invitó a varias feministas independientes y de organizaciones a comentar la campaña. Aunque fui invitada no pude asistir, pero fuentes que sí estuvieron en estas reuniones cuentan que era más una presentación en sociedad de la campaña que una oportunidad para discutirla. Ya tenían las ideas de los hombres de su focus group ¿para qué más?

Dice Güezmes que “Fue una decisión consciente basar la campaña en un impacto real y no optar por una campaña políticamente correcta”. Quizás esa fue la intención, pero la campaña solo llegó a “equivocada”. Y creo que aquí es importante detenernos, porque cuando las organizaciones que pretenden defender los derechos de las mujeres se niegan a aceptar los errores diciendo que son “políticamente incorrectas” están usando el mismo argumento usado por Trump y la extrema derecha, las cosas van muy mal. Exigir una campaña buena no es una necedad política o una mojigatería de “expertas”. Lo exigimos porque somos las mujeres que vivimos en esta ciudad, que vivimos este acoso a diario, y tenemos que aguantar que nos digan que la idea de que las mujeres importamos “no es vendedora”. No se trata de “corrección política” sino de tomar responsabilidad por los efectos reales que tienen las palabras. No se puede combatir el machismo reforzando el machismo.

El gran punto ciego de la campaña es que los hombres nos acosan para reafirmarse como hombres. La masculinidad es una costa vistosa, frágil y pesada, como una lámpara de baccarat, y hay que que ponerla a prueba cada minuto. Una de esas pruebas es mostrar deseo sexual hacia las mujeres cercanas, que devenimos en vaginas y extensiones de su ego. Lo que se intenta aquí es cambiar un comportamiento de reafirmación de la masculinidad por otro comportamiento de reafirmación de la masculinidad. Y esto es lo que pasa cuando hay mucho de publicidad y poco de perspectiva de género.

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Caperucita Roja

Columna publicada el 30 de marzo de 2017 en El Espectador.

En la versión más antigua del cuento de Caperucita Roja, escrito por Charles Perrault, la historia acaba cuando el lobo se la come. Esta versión viene acompañada de grabados de Gustave Doré, en los que la metáfora del cuento se hace literal: Caperucita aparece desnuda, metida en la cama con el lobo. Fueron los Hermanos Grimm los que más tarde se inventaron que la salvaba un leñador. En todo caso la advertencia para las niñas (y mujeres) es clara: si sales a la calle (bosque), más te vale no hacerlo con ropa provocativa (una caperuza roja), ni desviarte o disfrutar de tu camino, o hablar con extraños (el lobo) porque te pueden matar y violar.

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#JusticiaParaDaphne

Columna publicada el 29 de marzo de 2017 en la Revista Vice.

Diego Cruz, uno de ‘Los Porkys’, puso un amparo y el juez de distrito, Anuar González, hizo público un fallo inconcebible, que favorece al agresor y que envía un mensaje a todas las mujeres en este territorio: nada nos protege.

El año pasado, la valentía de Daphne, una adolescente de Veracruz que fue secuestrada y violada por un cuarteto de mirreyes, alias Los Porkys, fue uno de los ejemplos que despertó la marcha de la Primavera Violeta. El padre de Daphne subió a Facebook un video de sus agresores pidiéndole perdón, ya que ellos no habían cumplido los términos de reparación que el padre había pactado: que nunca más se acercaran a su hija. La noticia se mediatizó y produjo indignación en todo el país. Los Porkys escaparon al extranjero porque pueden, y apenas se ha podido extraditar a uno: Diego Cruz. Cruz puso un amparo y el juez de distrito, Anuar González, hizo público un fallo inconcebible, que favorece al agresor y que le envía un mensaje a todas las mujeres en este territorio: nada nos protege.

 

Y este ha sido el mensaje constante durante meses. Hace apenas unas semanas, la periodista Tamara de Anda denunció a un taxista por falta administrativa cuando este la acosó en la calle. La ley estuvo a su favor y el taxista, quien no quiso pagar la multa ni pedir disculpa alguna, fue a dar al Centro de Sanciones Administrativas conocido como Torito. Entonces trolls y conocidos se le fueron encima alegando que ella, por ser clasemediera y blanca, era responsable por el destino de su agresor. “Se le fueron encima” significa que recibió amenazas de violación, de muerte y suficiente bullying psicológico para que a todas nos quedara claro que la denuncia no es nuestra mejor defensa.

Los casos de @Plaqueta y Daphne muestran el sinsalida en el que estamos: no puedes denunciar a aquellos que tienen menos poder que tú, porque la justicia aplicará y te harán responsable de sus destinos; no puedes denunciar a quienes tienen más poder que tú, porque la Justicia, que no tiene nada de ciega y bastante de clasista, rara vez estará a tu favor, así que lo más probable es que te jodas porque la cosa quedará impune.

¿Qué significa pedir justicia para Daphne? Muchos han dado la respuesta leguleya: el fallo es correcto dentro del marco de la legalidad y bla, bla, bla en jerigonza, llevando la discusión a un oscuro campo del derecho en donde sólo unos pocos abogados-druidas pueden opinar. Estas posturas elitistas olvidan que toda la ciudadanía puede y debe hacer parte de un debate público como éste, y sobre todo, que el concepto de Justicia antes que del derecho, fue de la gente, del sentido común, de la moral y de la ética. El debate rápidamente confundió legalidad con justicia, que no siempre son lo mismo, al punto que si algo muestra este caso es que lo penal es, de lejos, insuficiente para prevenir, tratar, resolver y reparar la violencia de género.

El razonamiento en el fallo, que asume que le tocaron los senos a Daphne sin intenciones lascivas, parece hecho por un extraterrestre sin conocimiento alguno de las relaciones y prácticas humanas, decir que no hay indefensión cuando una adolescente menor de edad ha sido secuestrada y está siendo toqueteada y será posteriormente violada, es algo que parece pensado por alguien con una ingenuidad incapacitante. No se necesita ser un experto en nada para señalar un absurdo tan evidente.

Un error muy común de aquellos ungidos por alguna doctrina es creer que sus razonamientos pueden ser fríamente racionales y libres de prejuicios (cuando esto es imposible para cualquier ser humano) y por eso descartan la rabia que muchas sentimos ante este fallo como algo irrelevante. Pero las emociones humanas siempre han estado estrechamente ligadas a nuestro pensamiento moral y ético. Dijo una vez Catherine MacKinnon que a veces “la rabia es señal de que la dignidad humana no ha sido aniquilada, de que la humanidad arde incluso en donde ha debido extinguirse”. Hay rabias, como ésta, que muestran que el Estado está fallando en su obligación de prevenir, investigar y sancionar la violencia contra las mujeres, y que afirma que las democracias no pueden vaciarse de contenido político, aquí opinamos todos y todas, no sólo los versados en derecho.

Pedir Justicia para Daphne significa, primero, reconocer su valentía, porque en un mundo que nos tiene atrapadas entre dos paredes, ella fue capaz de alzar la voz y así se conviritió en un ejemplo para muchas, en una inspiración. Su caso entonces significa algo en el imaginario simbólico de este país, significa algo para las mujeres, que estamos hartas de tener que vivir con miedo. Por eso, exigir justicia para Daphne va más allá de que un Porky se “pudra en la cárcel”, como él, hay miles, no resuelve el problema. Significa una crítica urgente a unas instituciones que son o incompetentes, o insuficientes, o de plano crueles ante todo lo que respecta a la violencia de género. Pedir Justicia para Daphne es exigir que por fin se entienda, que la justicia no es justicia si no tiene perspectiva de género.

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La Plaqueja que rompió Internet

Quiero dedicar unas líneas a reflexionar sobre el más reciente caso viral de acoso en Ciudad de México que podríamos llamar “la Plaqueja que rompió Internet” porque es un episodio muy revelador de todos esos debates interseccionales sobre género, clase y raza que desde el feminismo queremos dar.

Resulta que Tamara de Anda, una reconocida bloguera feminista y colaboradora de varios medios iba caminando por la calle cuando un taxista le gritó “guapa”. ¿Quería este taxista entablar una amistad con Tamara (y le digo Tamara porque, antes de que salgan con suspicacias, es amiga mía) o porque pensara que le iba alegrar el día? No. Le grita guapa porque ella estaba ahí y él estaba en su carro, y seguramente hace eso con todas las mujeres que le pasan frente al carro. Mujeres que, como Tamara, se sienten incómodas, intimidadas, asqueadas o como mínimo molestas porque cualquier tipo que esté en la calle crea que puede comentar su cuerpo.

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Las cosas por su nombre

Columna publicada el 15 de marzo de 2017 en El Espectador.

Con el reciente feminicidio de Maribel Buitrago y el asesinato de su hijo a manos de su expareja y padre del mismo, Giovanny Sánchez, los medios de comunicación han vuelto a caer en los graves errores que normalizan y justifican este tipo de violencia. Sin ir más lejos, en la nota del periódico El Espectador se lee: “El último crimen pasional [..] fue cuando Angie Katherine Herrera fue golpeada y herida con arma blanca por su expareja, un patrullero de la Policía”. ¿Acaso las muertes de Herrera y Buitrago fueron ocasionadas por la inmensa pasión de sus parejas? No. Pero la palabra feminicidio, que es el tipo legal correcto desde que en Colombia existe la Ley Rosa Elvira Cely, brilla por su ausencia.

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