Medio ambiente

Las iguanas

Columna publicada en El Heraldo el 15 de abril de 2017.

Cuando era niña, los árboles de Barranquilla y sus alrededores estaban llenos de monstruos prehistóricos. Literalmente, pues las iguanas son primas en tercer grado de los extintos dinosaurios, y se dice que están presentes en la Tierra desde entonces. Algunas eran pequeñas, rápidas, como un led de verde brillante moviéndose entre los árboles. Otras eran gigantes, colosales, y si las atrapabas de la cola te la dejaban de recuerdo. Recuerdo también la crueldad de la gente: en recreo, los niños solían tirarles piedras a ver si alcanzaban a descalabrarlas. En los peajes siempre llegaban a vender los huevos de iguana, como un manjar, pero sin contestar por la vida del animal en donde estaban antes esos huevos. Hoy se hace evidente, por lo raro que es ver una iguana en la ciudad o sus alrededores, que las malas prácticas y la caza indiscriminada está acabando con las iguanas.

 

Las iguanas son un plato típico de Cuaresma porque precisamente ponen sus huevos en febrero y marzo. A las iguanas preñadas, que son más lentas, las cazan a mansalva con piedras y palos, las desgarran por sus uñas y tendones y la amarran para abrirles la barriga con cualquier cuchillo y de cualquier manera, y luego les dejan mal cosidos los vientres, para que los animales mueran poco después por infección o desgarramiento, y las pocas que sobreviven (apenas el 5%) quedan infértiles.

Hace cuatro años, en el 2013, el Instituto Von Humboldt y Ecopetrol hicieron una alianza para salvar estos animales. Uno de los puntos que señala el Instituto es que la carne de iguana es una importante fuente de proteína alterna (en Costa Rica le llaman “el pollo de los árboles”) y por eso es importante que no desaparezca. Sin embargo, las matan más rápido de lo que se reproducen. Además, los huevos ni siquiera se utilizan principalmente para satisfacer a la población local, pues quienes más los consumen son los turistas. No se trata de dejar de comerlas (de hecho, podríamos empezar a incorporar su carne, que solo se come en el Cesar y La Guajira, a la dieta de todo el Caribe. Pero no podemos hacerlo mientras estén en vías de extinción y sin tener unas condiciones de cultivo menos crueles y que le permitan a la especie sobrevivir. “En Colombia el conocimiento básico de las poblaciones de esta especie, así como los patrones de aprovechamiento por parte de las comunidades locales, es prácticamente nulo, por lo que garantizar su manejo y conservación mediante programas de zoocría, como se ha hecho hasta el momento, resulta incierto”, dijo al periódico El Tiempo la directora del Instituto, Brigitte Baptiste.

Mirar con amor al Caribe, valorar lo propio, también es conservar nuestra flora, nuestra fauna y nuestros recursos. Las iguanas han sido uno de los animales más emblemáticos del paisaje de la región, y desde hace más de 30 años nos están advirtiendo que cambiemos nuestras prácticas. Es hora de hacerlo.

Noticias de Mocoa

Columna publicada el 6 de abril de 2017 en El Espectador.

“Estuve escuchando el testimonio de un campesino que decía que si le hubiesen dado un radio, él había podido avisar con suficiente tiempo sobre la emergencia que se iba a presentar en el departamento de Putumayo”, dijo el congresista Orlando Guerra de la Rosa, representante conservador por el departamento de Putumayo, la mañana de ayer en RCN Radio. La declaración es importante, porque nos habla de las condiciones difíciles de un departamento apartado, olvidado por el Estado que ha fallado en hacer prevención de desastres, pero también en garantizar derechos fundamentales a sus habitantes, como el derecho a la información.

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El derecho al agua

Columna publicada el 12 de noviembre de 2016 en El Heraldo.

El proyecto para garantizar el agua como derecho fundamental, con consumo humano como fin prioritario, está a punto de hundirse este año en el congreso. Aunque los congresistas están en su mayoría de acuerdo con el proyecto, han tenido que aplazar los debates por el ausentismo (desidia) de muchos. El legislativo sale a vacaciones el 16 de diciembre (un lujos que no se pueden dar el resto de los colombianos) y los proyectos que no aprueben antes de esa fecha quedan sepultados. El presidente del senado, Mauricio Lizcano, ha llamado a una sesión extraordinaria el 17 de noviembre para desatrasarse del trabajo que no hicieron durante el año, y salvar, entre muchos proyectos, esta reforma constitucional que pretende elevar el derecho al agua a derecho fundamental. La iniciativa a superó cinco debates y le faltan tres y el tiempo que queda es apenas para que se discuta y se apruebe en el último día de sesiones.

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Los ojos del agua

Textos publicados como parte del taller: “Historias del agua, nuevas formas de contar la escasez” – organizado por la FNPI y Chicas Poderosas con el apoyo de CAF – Banco de Desarrollo para América Latina y Oxfam entre el 16 y el 20 de mayo de 2016. Los trabajos periodisticos producidos en el taller pueden verse aquí.

Los ojos del agua

Los wayuu son hijos de la tierra, emanaron de los ojos del agua, que son las ii, o vagina de la tierra. Los arijuna, en cambio, son los hijos del viento, pueden vivir en cualquier parte,. Los wayuu, en cambio, siempre regresan a su territorio, así sea en la muerte. Desde sus inicios, la historia de esta cultura ha girado alrededor de la tensión entre la sequía del desierto y las fuentes vitales que los congregan, si los ii se cierran se extinguen los wayuu. Su historia es la de un pueblo sin fronteras, pero profundamente vinculado al territorio, y la mirada de los wayuu emerge de las entrañas de la tierra. Por eso, sus ojos, son también ojos de agua.

Los putchipui, o el vehículo de la palabra

En la cultura wayuu, los palabreros o putchipui son considerados “el vehículo de la palabra”, encargados de mediar y conciliar conflictos en las comunidades. Eugenio Odilón Montiel Epiayu tiene 64 años y fue palabrero durante 30 años. Odilón es su nombre occidental, su nombre verdadero es Aramaira, que quiere decir “bien nacido y bien venido” y pertenece al clan Uriana. Como siempre tuvo facilidad para la palabra, a los 17 años ayudó a su familia en una negociación y así comenzó su experticia como gestor de la ley oral wayuu. Explica que un palabrero debe ser, ante todo, una persona con “solvencia moral” es decir, que debe ser una persona ética y recta, que de ejemplo, pues su lugar como autoridad ética dentro de los wayuu es algo que se construye a diario con su buen comportamiento. Cuando una familia necesita un palabrero para mediar en un conflicto, le paga el valor del viaje y una parte del arreglo entre familias, que puede incluir chivos, ovejos, collares y chirrinchi para tomar.

Para Odilón Montiel, la principal diferencia entre la ley wayuu y la de los arijuna (es decir, el derecho colombiano) es que “los abogados tienen dos verdades: la verdad verdadera y la verdad procesal. La verdad procesal con cien mentiras que se convierten en una verdad, y en la ley wayuu, no hay mentiras” pues cuando el palabrero le pregunta a alguien de la comunidad si ha hecho algo malo, la persona agacha la cabeza y admite sus errores “porque tienen respeto, es una verdad ancestral”.

La justicia arijuna

Su sobrina, Maisuneth Tranquilina Iguarán Montiel (descendiente de Tranquilina Iguarán, ancestra de Gabriel García Márquez) coincide con su tío. Maisuneth es abogada con una especialización en conciliación. Las mujeres, en la cultura wayuu, no pueden ser palabreras, pues su papel es el de “garantes de la verdad wayuu”. Ser abogada conciliadora es lo más cercano a una palabrera, pero sigue siendo diferente, para ella prevalece la ley de la cultura wayuu y ve como una ventaja que los acuerdos que se hacen en su cultura se respetan y resuelven los problemas de raíz, ya que no se basan en el castigo o la prohibición sino en la compensación de los daños. Esto permite que la parte agredida se sienta reparada. Pero, Maisuneth también anota que el arreglo se hace entre el palabrero y los mayores, muchas veces no toma en cuenta los deseos de la víctima. Sin embargo, es innegable que la justicia wayuu es más rápida para resolver los conflictos que la justicia colombiana, pues para la fiscalía la solución de un caso puede tomar años, si es que no prescribe.

La dignidad en un nombre

Estercilia Simanca es hija de una mujer wayuu con un arijuna afrodescendiente, así transita entre dos mundos, después de todo las wayuu son mujeres de frontera. Hacia el 2007, se dio cuenta de que muchos wayuu estaban registrados como nacidos el 31 de diciembre. Su sospecha se hizo mayor al darse cuenta de que algunos se llamaban “Coito”, “Payasito”, “Putica”, “Cosita Rica”, “Cabezón” y descubrió que en las registradurías le estaban poniendo nombres irrespetuosos a su comunidad. Como los wayuu no tenían un intérprete que los ayudara, los registradores se aprovechaban para burlarse. El caso comenzó con Rafael Pushaina cuyo nombre en la cédula aparecía como “Raspahierro” (1). Como abogada, Estercilia decidió ayudarle a buscar con reparación, pues él le dijo “en mi tumba yo quiero que diga Rafael Pushaina, después de muerto no se van a seguir burlando de mí”. Sin embargo, la reparación no podía hacerse uno por uno. En Colombia, uno puede cambiarse el nombre una vez en la vida, gracias al decreto 999 de 1998, pero es costoso, son al menos $90,000 pesos y además un wayuu tendría que pagar transporte y un intérprete para ir a la registraduría. Era injusto e inaccesible ejercer el decreto para la comunidad. La estrategia de Estercilia fue escribir el cuento “Manifiesta no saber firmar”, que al ser publicado llamó la atención de varios académicos y de una documentalista que hizo una pieza para Señal Colombia. Luego otros medios, como el canal RCN, retomaron la historia, que se convirtió en una estrategia legal para que los wayuu pudieran cambiar su nombre sin cobrar un solo peso. Fue una reivindicación legal que comenzó con la literatura, con un cambio cultural. Esto dio origen a la circular 276 de 2014 (2) que anuncia que cualquier wayuu puede cambiar su nombre gratis y en cualquier parte del mundo. La circular también exige que en el registro de nacimiento se ponga una nota que de cuenta del clan wayuu al que pertenece cada persona, de manera que no se pierda el matrilinaje y que permite que no haya que pedir certificación indígena y esto también permite que las autoridades tradicionales certifiquen los nacimientos. Al comienzo, los funcionarios tenían temor de que los wayuu no respondieran, pero el primer día llegaron 180 niños, vestidos con sus ropa de salir para hacer el nuevo registro. Fue evidente que para todos, recuperar la dignidad de su nombre, era vital y necesario. Para Estercilia, el próximo paso es la expedición de una cédula indígena para todas las comunidades indígenas de Colombia, que también de cuenta del clan en el documento de identidad.

 

La medicina tradicional wayuu

Cecilia Eufrosina Jusayu, es el nombre que aparece en su cédula, pero esta médica wayuu prefiere que la llamen Cecilia Bonivento. “A mí sí no me gustan los hospitales. Por ejemplo, le sacan mucha sangre a uno, le puyan mucho. Estuve en el hospital por el azúcar y mis hijas me llevaron a Maicao, yo les dije que no, que me sacaran, para tomar la sábila, y eso fue lo que tomé.” Antes, los wayuu no tenían médico y asistían a su equivalente en la medicina tradiconal: las piachi. Cecilia, que vive en el casco urbano de Uribia, es una de las piachi más respetadas, tiene 71 años, 4 hijas y 25 nietos. Aprendió la medicina observando a su mamá. En la cultura wayuu, la dimensión de las enfermedades es espiritual (wanulu) y física (ayuule). Las piachi también ayudan a las mujeres con los partos, aunque usualmente las mujeres wayuu se bastan a sí mismas. Cecilia cuenta que con su primera hija le echaron arena y un trapo limpio para que cayera la bebé. Con una cuchilla gillet y un pedazo de hilo amarró el cordón umbilical y la puso en una montura de burro, “me duré un rato con la placenta, llegó la suegra mía, y me dio ceniza, preparó en agua, lo cuela, me dio esa toma, entonces me agarró aquí suaveciiito, y puaaaaa, salió todo.” Sus hijas, en cambio, tuvieron sus partos por cesárea y en el hospital, no hay problema en recurrir a la medicina arijuna pues “todos los partos son diferentes”.

Explica que las enfermedades más comunes en la comunidad son la gripa y el dolor de huesos, también está preocupada por la creciente epidemia de sika. Para recibirnos, Cecilia se maquilla con una mezcla de cebo de ovejo y un hongo silvestre molido, que también hace las veces de bloqueador y es cicatrizante. Otros de sus remedios son: la bija roja, para la bronquitis; el cristal de sábila que cura la gripa, limpia el estómago, y hasta ayuda adelgazar. La piachi nos muestra cómo machaca las plantas: con una piedra sobre otra gran piedra cóncava que hace las veces de mortero. Los tratamientos médicos wayuu también se preparan con cortezas, frutos, hojas, tallos y raíces de plantas silvestres, a veces también incluyen el consumo de reptiles y aves. Cuando le preguntamos por el mejor remedio para la desnutrición, contesta, entre risas “¡comer!”, pero luego aclara que lo mejor es comer paloma e iguana chiquita, pues dan fortaleza y tienen muchas vitaminas. Las plantas, en la cosmogonía wayuu, son los primeros hijos concebidos por la lluvia y la tierra y tienen el don de la curación. Según estudios de la Universidad de la Guajira los wayuu cuentan con alrededor de 175 especies de plantas con que se curan del lado venezolano se hablan de unas 300.

Los wayuu y la medicina alópata

En el Hospital de Nuestra Señora de los Remedios en Riohacha, Sisleny Castaño es la coordinadora del Programa de atencion integral en salud y nutrición con enfoque comunitario en zona rural y comunidades dispersas. Sisleny es médica de profesión pero también pertenece a la comunidad wayuu. Su programa presta servicios de salud a los wayuu de Riohacha y los corregimiento cercanos. A las rancherías llegan equipos conformados por médicos y todos los promotores son hablantes de wayunaikii. Dan atención prioritaria a las gestantes y a los niños menores de 5 años. Entre los servicios que prestan, entregan una fórmula médica lista para consumir, donada por Unicef, que busca ayudar con el problema de desnutrición que viven las comunidades. Cada comunidad o ranchería está conformada por 20 o 25 familias, que tienen entre 2 y 10 integrantes cada una. A veces es difícil que la comunidad acepte la medicina occidental, por ejemplo, a veces se resisten a aceptar el uso de inyecciones o jeringuillas pues para los wayuu la sangre es algo sagrado, pero cuando la medicina tradicional no es suficiente muchos wayuu acuden con sus familias al hospital. Aunque está formada en la medicina occidental, Sisleny confía en la medicina wayuu, y respeta los usos y costumbres de la comunidad. “Tengo primas que se han cuidado para no quedar embarazadas con la jawapia y les funciona y les funciona”, cuenta, “la jawapia es una planta que ellos [los wayuu] trituran y secan para tomarse disuelta en agua. Las jawapias tienen una variedad de usos, desde ser un efectivo métodos anticonceptivo hasta espantar espírutos malos.

El don de los sueños

Rita Fince empezó a soñar con que los corrales de animales se quedaban vacíos. Esta fue una señal que auguraba la fuerte sequía que hoy se vive en la Guajira. Rita tiene 62 años y recibió el don del sueño cuando tenía 50, desde entonces, tanto los wayuu como los arijuna buscan a esta Outsuü, o chamana wayuu, para pedirle baños de plantas que les traerán buena fortuna. A los wayuu, Rita les pide ovejos o collares a cambio de su trabajo, a los arijuna, que no pueden entender el sentido de valor en su cultura, les cobra alrededor de $300,0000 pesos, apenas una pequeña parte de lo que podría costar un collar wayuu. El don llegó a ella en un sueño, que le mostró cuales eran las plantas que debía usar para bañar a hombres y mujeres cuando tienen problemas o tragedias, las plantas evitan que vuelva a suceder un accidente o una falta de respeto. Si una parranda termina en golpes, o si un carro te atropeya, hay una planta que puede prevenir que esto vuelva a pasar. Los espíritus también le enseñaron a Rita como ayudar a las mujeres a parir, con sus manos les ayuda a acomodar el poner el feto en posición para el nacimiento, es una suerte de ginecobstetra espiritual. Cuando una mujer sueña con al luna es un buen presagio, si la luna brilla incandescente es señal de que su matrimonio durará toda la vida, en cambio si la luna se nubla y se apaga es una mala señal. Su mayor pesadilla, es la oscuridad. Rita también sabe que cuando los wayuu mueren se van caminando a Jepira, lo que los arijuna llamamos El Cabo de la Vela, y allí continúan su vida familiar.

Ounusu taya nu chirua Cristo

En febrero del año 84, el misionero Antonio Balanta, de Cali, perteneciente a la denominación Bautista, llegó a La Guajira en su trabajo misionero, cuenta Elier Cuadrado, presidente de la Asociación de iglesias indígenas, de la ranchería Poromana, la primera ranchería cristiana de la Guajira. Comenzó con su versículo favorito, Juan 3:16. Balanta atrajo a los indígenas con el sonido de su acordeón, y enseñándoles medidas de salud básica “ustedes ya no tienen que beber de esta agua, beban el agua hervida, entonces les dijo que esa agua la enviaba Dios”, cuenta Cuadrado. Aunque los hombres los rechazaron, dos hermanas Isabel y María Julia Epinayu creyeron en su palabra. Isabel y María Julia, hoy son devotas y entusiastas de la iglesia cristiana bautista, que hoy cantan a Cristo en wayunaikii frente al templo de la ranchería, una casa de cemento pintada de azul, celeste como el cielo al que aspiran en la vida eterna cristiana (3). Esta comunidad dejó de lado a dioses como el dios luna, o el dios lluvia, y los simplificaron en un solo Dios Creador. A pesar de este cambio, la comunidad de Poromana se sigue relacionando con otras comunidades wayuu con espiritualidad tradicional y conservan usos y costumbres como la lengua o la vestimenta. Los wayuu son comunidades muy espirituales, y estos cristianos conservan la creencia de que los espíritus wayuu existen y que los sueños son enviados por Dios para anunciar que algo va a pasar. Son muchos los tipos de cristianismo que han llegado a la Guajira, esta comunidad Bautista no está de acuerdo con los cristianos que se oponen a las transmisiones de sangre o los que no lloran a sus muertos. “Cómo el Dios de ellos no va querer que otra persona se salve. A veces por un acto de esos, generan mala fama a toda la comunidad cristiana.” La escasez que hoy vive la Guajira se la atribuyen a los errores de los humanos que han consumido los recursos naturales y destruido su entorno, provocando una situación similar a lo que el Nuevo Testamento, traducido al wayunaikii (4), narra como el fin de los tiempos.

 

Tamuin re, el mañana de la cultura wayuu

La escuela Sauyepia Wayuu, o “semillero wayuu” funciona en Uribia, y su fundador y director el profesor Joaquín Prince.  Es un proyecto para fortalecer la cultura wayuu entre los jóvenes y adolescentes que funciona por las tardes después de clase. Por el programa han pasado más de 20 jóvenes que al cumplir 18 años se convierten también en formadores, como el joven docente Jarlis Charlis. Esta iniciativa comunitaria funciona en una escuela tradicional privada, gracias a estímulos del Ministerio de Cultura y el apoyo de la empresa privada. “A veces el niño en el colegio dice ‘la mapa’ y el profesor piensa que está hablando mal, pero el niño habla espiritualmente, pues para los wayuu la tierra es un sustantivo femenino. El proyecto busca la creación de espacios biofísicos y dentro de la escuela se han creado espacios sagrados que se llaman pi’oi y aquí, por las tardes, los niños practican la música wayuu con tambores hechos con los troncos de los árboles y el cuero de las vacas: es una forma de volver a conectarse con la naturaleza. Guillermo González Epiayu es un joven palabrero en formación, y ayuda en los conflictos dentro de la entidad educativa, elegido también por su afinidad con la palabra. Cuando sea adulto, además de ser palabrero, quiere dedicarse a la docencia. Joaquín explica: “Si los españoles no nos vencieron, sí vinieron los capuchinos con sus conventos y no nos vencieron, y en cambio terminaron aprendiendo nuestra lengua, menos nos vencerá la tecnología y lo que está pasando hoy. La cultura ancestral siempre a estado viva y es la mayor fortaleza de los wayuu.”

 

Arroyo peligroso

Columna publicada el 4 de junio en El Heraldo.

Esta semana se entregaron las obras de canalización del peligrosísimo y muy tradicional arroyo de la 84.

Todos los barranquilleros sabemos que a los arroyos no se los subestima: lo que parece una corriente segura puede cambiar en cualquier momento, y por eso, la ciudad se paraliza cuando llueve y los niños y niñas aprendemos a rezar pidiendo que llueva para no tener que ir al colegio. El culmen de nuestra adaptación cultural es nuestra particular señal de tránsito: un carro hundiéndose en una corriente y bajo la lluvia, y las palabras “Arroyo peligroso”.

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No más bolsas

Columna publicada el 20 de abril de 2016 en El Heraldo.

El 29 de abril se conmemoró el día del uso racional de la bolsa, una iniciativa del Ministerio de Ambiente y el World Wildlife Fund (WWF) que busca mermar el desperdicio que se produce usando bolsas plásticas. Según cifras de Minambiente, se estima que el colombiano promedio consume 288 bolsas al año, y contando eso por 60 millones de colombianos son ¡17.280.000.000 bolsas al año! Y ¿a dónde van a parar? Los costeños lo sabemos muy bien, las bolsas usadas aparecen en cualquier paraje, enredadas en los árboles, semejando medusas en el mar, y hasta como adornos en los árboles de Navidad. De estos tres, el último parece el único destino digno, pero hay que recordar que los arbolitos se botan, y las bolsas quedan, indestructibles, listas para sobrevivirnos.

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Matar perros

Columna publicada el 9 de octubre de 2015 en Sin Embargo.

Para la gran mayoría de las personas matar a un perro es de los actos más crueles que un ser humano puede cometer. Foto: Tomada de InternetPara la gran mayoría de las personas matar a un perro es de los actos más crueles que un ser humano puede cometer. Foto: Tomada de Internet

Están matando perros en la Condesa. 18 perros han muerto por ingerir veneno en los parques España y México. Esta noticia tiene aterrorizados a todos los vecinos que ya se organizaron para sacar un protocolo de seguridad y unir esfuerzos para encontrar al villano.

En un país indolente ante el feminicidio, las desapariciones y la tortura, como mínimo debe llamarnos la atención este unánime rechazo al asesino de perros de la Condesa. ¿Por qué matar perros genera un repudio colectivo, una empatía que no alcanzan otros animales y ni los mismos humanos? Atención: hay una falacia en esta pregunta pues presenta una falsa dicotomía entre o perros o humanos cuando rara vez sucede así. Además, no es como si del amor por los perros tenga por condición el odio a los humanos. Sí. Algo está muy mal con nosotros, pero no porque nos aliemos con los perros, para eso hay razones de sobra, sino porque no hemos sido capaces de dar el mismo valor a la vida de todas las personas, algo que paradójicamente, podemos aprender de nuestra relación con los perros.

La pregunta falaz del párrafo anterior es un buen ejemplo de por qué hablar de “derechos” de los animales es problemático. Retomo lo que dije en la columna Cinco patas de la tauromaquia, “A mí me encantan los animales (incluso más que la gente), creo que muchos (y en diversos grados) pueden empatizar y comunicarse conmigo y creo que muchos tienen noción de sí. Pero no creo que entiendan qué es un derecho, no tienen cómo participar en nuestra discusión sobre los derechos y ni sabemos si les importa siquiera. Hay humanos que no están capacitados para entender los derechos o discutirlos (bebés, por ejemplo), pero tienen la capacidad en potencia. Otros animales ni siquiera eso. Aun si mis perros tuvieran una noción continuada de sí mismos, ellos y yo no tenemos cómo discutirlo. Por eso no creo que Rafaela y Jaibo (mis perros) sean sujeto de derechos, yo soy sujeto de derechos y tengo la responsabilidad de protegerlos. El maltrato animal debería estar penalizado, pero no porque ellos tengan derechos sino porque nosotros tenemos deberes. Los derechos son cosa inventada por hombres, con lógica de hombres, para hombres (y a veces hasta para las mujeres). No tienen sentido en otros animales que no sabemos con qué lógica funcionan (o si la palabra lógica aplica siquiera). Además está el problema de si el perro tiene más derechos que el mono o el mosquito o de si el tigre tiene derecho a cazarnos y encima no podemos ni preguntarles o hacerlos partícipes de la discusión. Decir “derechos de los animales” (no humanos) también es antropocentrismo. Tal vez esto un día cambie. De pronto en un futuro podremos conversar con otra especie que entienda nuestras lógicas y nos diga “¡qué bestias!”. Yo guardo la esperanza.”

Para la gran mayoría de las personas matar a un perro es de los actos más crueles que un ser humano puede cometer. Sin embargo, muchas de estas personas no lo pensarán dos veces antes de ponerle veneno a la rata o aplastar un zancudo. Esta diferencia no es gratuita. Para entenderlo vale la pena remitirse a la filósofa y socióloga feminista Donna Haraway en su maravilloso libro El manifiesto de las especies de compañía: perros, humanos y alteridad significativa (escrito a partir de la relación que tiene con sus dos perros) el vínculo que los humanos tenemos con los perros es poco tiene que ver con una relación amo-subalterno de “domesticación”. (Rescato los argumentos de la columna ‘Principe’ publicada en El Heraldo) “Por ejemplo, no es cierto que los perros sean el resultado de una domesticación de los lobos. Lobo y perro se separaron genéticamente hace más de 100 mil años (una época en la que nuestros ancestros difícilmente podrían ser llamados ‘humanos’). Más que hablar de ‘domesticación’ tendríamos que hablar de un proceso de co-evolución que se puso en marcha cuando dos especies se asociaron para beneficio de ambas, ‘domesticándose’ mutuamente.”

Nuestro vínculo con los es especial porque aprendieron a interpretar el lenguaje corporal y el estado mental del ser humano mucho más eficazmente que cualquier especie más cercana a nosotros evolutivamente, como los chimpancés, y quizás hasta mejor que otros seres humanos. Esto es a lo que Haraway se refiere con “alteridad significativa” y plantea que hay un “tráfico ontológico” con otras especies, especialmente con las de compañía que coexisten, cohabitan con nosotros hasta constituir una relación tan íntima que a veces nos referimos a ella como un parentesco. Muchos critican a quienes e tratan a los perros “como personas”, y se habla de los “perri-hijes”, como algo loco, nocivo, indeseable, exagerado. Sin embargo, la mayoría de las personas que consideran a sus animales “como de la familia” no cae en el engaño de pensar que son como pequeños humanos indefensos. Haraway plantea un “florecimiento de la otredad” que parte de aceptar que “el otro no es yo”. De esta manera querer el bien del otro implica no imponer un yo, reconociendo una “otredad radical”. De esta manera, jugamos con el perro a tirarle una bola, o a forcejear con un juguete aunque para nosotros sea monótono y absurdo, porque encontramos placer en verlo feliz en sus términos y su placer nos produce placer. Así, perros y humanos se ven obligados a admitir que habitan mundos distintos y que la comprensión total es imposible, y la comunicación a través de esa diferencia termina reducida a lo que importa. “Preguntarse respetuosamente de forma continua quién y qué emerge en relación es la clave. Esto es así para todos los amantes verdaderos, no importa de qué especie”. Desde la empatía y el amor interespecie que se entabla, los perros hacen de nosotros mejores humanos.

Por eso, Haraway plantea una ética del cuidado de la otredad, porque, al estar todos relacionados, los daños a una especie se revierten sobre nosotros individual o colectivamente. Al ser el perro un ‘otro’ nos obliga a un trabajo continuo, de ensayo y error para entablar comunicación. También nos obliga a replantearnos relaciones de propiedad, “yo tengo al perro, pero el perro también me tiene a mí.” Por eso es que ser cruel con una especie de compañía, en particular los perros –que han entablado una simbiosis con los humanos que no tiene paralelo–, va en detrimento de la propia humanidad. En el caso de los asesinatos de perros en la Condesa, el dolor que estas muertes han causado a 18 familias y el miedo que se esparce por el barrio no es cosa menor. Hay aquí una intención de hacer daño gratuito y crear zozobra, que habla de las formas más mezquinas, crueles y oscuras que toman los seres humanos. En eso se hace evidente nuestra radical diferencia con los perros, que jamás serían capaces de tanta maldad.