Política de drogas

Mujeres, drogas y daños colaterales

Columna publicada el 20 de abril de 2016 en El Espectador.

Para Colombia —y más en el contexto de un proceso de paz y ante la perspectiva de un posconflicto en el que los neoparamilitares estarán financiados por el narcotráfico—, las tendencias prohibicionistas en materia de drogas auguran tormentas, y por eso el discurso que el país adopta a nivel internacional (como en UNGASS 2016) últimamente es de un progresista moderado a favor de la legalización.

Sin embargo, este discurso progre internacional sigue sin tener eco en la vida cotidiana del país, en donde la estigmatización mantiene escondido el problema de salud pública y los policías arrestan según sus prejuicios personales, usualmente alienados con el clasirracismo nacional. No hay una política efectiva porque no hay implementación del discurso. No habrá un cambio hacia la legalización en los contextos internacionales si no se logran cambios internos palpables, en los que se note que el Estado colombiano empieza a entender el problema de drogas desde el lente de los derechos humanos.

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Las palabras del “Chapo”

Columna publicada el 13 de enero de 2016 en El Espectador.

“Es una realidad que las drogas destruyen”, dijo El Chapo Guzmán en su entrevista para Sean Penn para la revista Rolling Stone, revelada en días posteriores a su recaptura.

Penn le pregunta si se siente responsable por todas las vidas que ha “acabado” debido al consumo de drogas, el capo afirma que no, y luego le dice que no cree que el narcotráfico se vaya a acabar con su posible captura. En lo segundo, El Chapo tiene razón. Pero la razón de fondo por la que el narcotráfico no se acaba con la captura de narcos es que siguen vivos montones de prejuicios sobre las sustancias psicoactivas. El Chapo nos recita la más importante de todas estas falacias: que las drogas destruyen.

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La mata que salva

Columna publicada el 16 de diciembre de 2015 en El Espectador.

El mes pasado se anunció que Colombia está a punto de legalizar el uso medicinal de la marihuana.

El decreto, construido por medio de un acuerdo entre los ministerios de Salud, Justicia y Agricultura, sólo está esperando la firma del presidente Santos que, aunque se muestra favorable al tema, lo tiene traspapelado hace varias semanas.

El decreto contempla la legalización del cultivo, y la fabricación y distribución de la hierba con fines medicinales. La idea también es exportar estos productos a países donde su uso y comercio sea también legal con fines medicinales. El decreto permitirá sacar una licencia para el cultivo y permitirá una licencia diferencial de investigación para entidades debidamente reconocidas por el Ministerio de Educación. También define que no se requerirá licencia para el autocultivo de hasta 20 plantas de cannabis, destinadas al uso personal y cuya comercialización estaría expresamente prohibida. Aunque el decreto se ha presentado como una política muy de avanzada, en realidad reglamenta una ley de hace casi 30 años: el artículo 3 de la Ley 30 de 1986, que ya habla de la distribución, producción y comercialización de la planta con fines medicinales y científicos. Este decreto se ve complementado por un proyecto de ley del senador Galán que reglamenta el artículo 49 de la Constitución: “El porte y el consumo de sustancias estupefacientes o psicotrópicas está prohibido, salvo prescripción médica”. Este proyecto ya fue aprobado en segundo debate y ahora su discusión será en la Comisión Primera y la plenaria de la Cámara de Representantes. Con esto se evidencia que el uso medicinal de la marihuana en Colombia es legal desde hace rato, y lo que están haciendo el Congreso y el Gobierno es ponerse al día con una tarea pendiente desde hace casi 30 años.

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Marihuana y feminismo

Columna publicada el 6 de noviembre de 2015 en Sin Embargo.

Esta soy yo en el 2006 en una marcha por la legalización en Bogotá.Esta soy yo en el 2006 en una marcha por la legalización en Bogotá.

Argumentos para la legalización de la marihuana (y otras drogas recreativas) sobran, pero además, creo que desde el feminismo hay muchas razones importantes para apoyar la legalización, y tienen todo que ver con la reciente Sentencia mexicana que abre la puerta a la despenalización del consumo recreativo en el país.

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Sobriedad y lucidez

Columna publicada el 4 de septiembre de 2015 en Sin Embargo.

Graciela con sus papás Raúl Elizalde y Mayela Benavides. Foto: Sanjuana Martínez.Graciela con sus papás Raúl Elizalde y Mayela Benavides. Foto: Sanjuana Martínez.

Graciela Elizalde Benavides es una niña mexicana de 8 años de edad que está enferma de epilepsia y sus padres buscan que sea legal para ella adquirir un tratamiento experimental que usa la marihuana. Graciela sería la primera persona en México en consumir legalmente la planta en la forma de un aceite que podría servir para calmar los efectos de la epilepsia, y de esta manera, sin saberlo ni quererlo, le abriría camino a la legalización.

Los seres humanos usamos todo tipo de sustancias para alterar nuestros estados de conciencia, usamos la cafeína y la nicotina, teína, aspirina, la lista de las drogas legales que consumimos a diario es inmensa. Algunas de estas sustancias son especialmente adictivas, por ejemplo, el consumo de azúcar, produce severa narcodependencia, y por eso la obesidad se ha convertido en un verdadero problema de salud pública en México.  Aunque una encuesta reciente muestra que el 87.4% de los mexicanos ha probado la marihuana, su consumo sigue siendo estigmatizado en todo el país, al punto de compararla con drogas realmente fuertes, como la heroína o el mundano alcohol. Sin duda, la razón para la prohibición de la marihuana no tiene que ver con que sus efectos causen gran cosa en las personas, vamos, ni siquiera causa dependencia, pero como la sustancia ha sido ilegal por tanto tiempo su consumo se ha estigmatizado como “inmoral” al punto que tenemos que pasar por absurdas preguntas como que si está bien que una niña la use para calmar su dolor, preguntas acompañadas de proceso legales y burocráticos, que no deberían entorpecer el acceso a la salud de una menor de edad.

Creer que las decisiones morales y éticas que toma una personas pueden estar influenciadas por las sustancias que consume es un grave error, primero porque nuestra conciencia, ante los estímulos del mundo moderno, casi siempre está alterada,, y segundo porque un estado alterado de conciencia no exime de las responsabilidades legales y morales de las personas, si lo hiciese, podríamos tomarnos una cerveza y correr a hacer lo que queramos sin consecuencias. Alguien que excuse su mal comportamiento por haberse fumado un porro es un sinvergüenza y quién le crea es un tonto. Las personas están en capacidad de tomar decisiones sobre lo que consumen, y sobre los efectos que estas sustancias tienen sobre sus cuerpos (siempre particulares), y quizás si hubiese más educación sobre los riesgos del consumo de drogas, si pudiésemos hablar con franqueza al respecto, si no fuera un tabú, tendríamos consumidores más responsables que no pondrían en ni peligro su salud ni la de los demás.

El asambleísta del PRD, Eduardo Santillán Pérez, dijo a The Washington Post que la legalización agravaría un problema de salud pública porque “si eres pobre, sin trabajo, sin educación, sin alternativas para tu tiempo libre, el uso de la marihuana lleva a actividades ilícitas.” Es grave que un asambleísta caiga en esta falacia porque lo que está diciendo es que la culpable de las actividades ilegales es la marihuana, y no las terribles condiciones sociales y de desigualdad en las que viven los mexicanos. Si el Estado no garantiza trabajo, ni educación, ni alternativas, con o sin marihuana, la gente considerará dedicarse a la delincuencia. Si no hay posibilidades legales de movilidad social, muchos se verán reclutados por el narcotráfico, pues la triste realidad es que los carteles ofrecen la movilidad que no permite el Estado. Pero peor aún, gente que vive en condiciones de bienestar y riqueza, y quizás sin haber probado sustancia ilegal alguna, también se dedica a actividades ilícitas, corruptas, y nocivas para la sociedad. La inmoralidad y la maldad no son un problema de consumo de drogas y son transversales a todas las clases sociales. Cuando un asambleísta le echa la culpa de las actividades ilícitas al consumo de marihuana y no a los problemas estructurales generados por la incapacidad del gobierno para atender a los ciudadanos o para acabar con la impunidad, se está lavando las manos.

Los consumidores de cannabis no solo cargan con el estigma de tener “vidas disipadas”. También nos han dicho que son los culpables directos de las muertes que deja el narcotráfico. Esto lo creen incluso los padres de Graciela, que han padecido la violencia del narco en Monterrey y que se desmarcan de la causa de la legalización diciendo (con toda razón) que ellos no quieren hacer activismo político si no encontrar alivio para su hija. Sin embargo, los consumidores de sustancias como la marihuana existen desde antes que estas fueran ilegales. Los narcotraficantes no son resultado de la demanda de un mercado, sino de la ilegalidad que se ha impuesto a ese mercado. El comercio de alcohol, o de cigarrillos, que son drogas legales, no deja muertos, y en cambio, sí deja impuestos, que en el caso de legalizar el consumo de la marihuana, podrían usarse para resolver los problemas sociales que llevan a la gente a vivir en la ilegalidad.

Pero resulta que la ilegalidad del negocio es muy lucrativa para todos, incluidos miembros del gobierno. El narcotráfico, en la escala que se da en México, simplemente no podría ocurrir sin el beneplácito de la policía y la fuga olímpica del Chapo es prueba de que el negocio ilegal beneficia a altas esferas del gobierno. Además tenemos (el plural es porque me refiero a México y a Colombia) ese compromiso con Estados Unidos, un país que ha hecho política de relaciones exteriores a partir de una moral puritana fundada en el miedo. La plata que le manda EEUU a ambos países cada año para “combatir el narcotráfico” es un monto considerable y una fuente de ingresos que los gobiernos no quieren cortar, incluso ante la contradicción de que el mismo Estados Unidos esté empezando a legalizar el consumo de varias drogas, entre ellas la marihuana.

La estigmatización del consumo de drogas como la marihuana también facilita que muchos crímenes (como el multihomicidio de la Narvarte) se queden en la impunidad, pues la justicia no logra ver más allá de sus prejuicios, y de repente, cualquiera que entre contacto con drogas ilícitas se asume desechable para la sociedad. Mientras que la prohibición deja miles de muertos, la legalización podría mejorar la vida de muchas personas que padecen condiciones como la de Graciela. Empecinarse en frenar la legalización es un razonamiento absurdo, fundado en falacias propias de la moralina más barata, que prueban, más allá de toda duda, que sobriedad no es lo mismo que lucidez.

Los motivos del crimen

Columna publicada el 18 de agosto de 2015 en Sin Embargo.

Protesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: FácticoProtesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: Fáctico

Les voy a contestar la gran pregunta que aún nos ronda sobre el multihomicidio ocurrido hace dos semanas en la colonia Narvarte: ¿por qué los mataron?

A juzgar por cómo lo cuentan los medios, esta es una gran película de misterio con coloridos personajes: la activista y el fotoperiodista (¿tenían una relación sentimental o eran parte de una conspiración para revelar un secreto de Duarte que fuese aún más oscuro que la información que ya es pública?); la maquillista con conexiones en la política Michoacana; la empleada doméstica, olvidada, pero inocente, que estaba en el lugar equivocado; y, para completar este capítulo policíaco de “Medias de seda”, una colombiana, buscona y mostrona (“como somos las colombianas”), ¿edecán?, ¿trabajadora sexual?, ¿narcotraficante?, anunciaron antes de darnos su nombre y luego sacaron fotos para hacer evidente su gusto por todo lo brillante, desde el misterioso Mustang en el que “huyeron los asesinos” hasta su elección de bikinis dorados.

Entonces nos preguntamos por qué estaban estas cuatro personas juntas en el apartamento un viernes durante el día, cómo fue que la quinta roommate tuvo la suerte de salvarse por ir al trabajo (recuerden amigos, cumplir el horario godín los mantendrá a salvo). ¿Qué tenían que ver los unos con los otros? ¿Cuál es el mensaje que envía un asesinato tan brutal que según la PGJDF fue exprés: en 40 minutos, que vienen siendo 10 minutos por víctima? ¿Fue para silenciar una vez más la libertad de expresión y el ejercicio a la protesta? Esta hipótesis no es muy taquillera entre los medios oficialistas que seguro se preguntan: ¿para qué quedarnos en eso de la censura cuando tenemos a una “prostituta” y un departamento lleno de drogadictos”? Sexo, drogas y rocanrol. ¿Qué más quieren?

Porque, además, ya sabemos que en el cenicero del cuarto de Nada Vera había rastros de marihuana y que un vecino, que también contó que al departamento entraban “extranjeros de diversas nacionalidades”, les gritaba que dejaran de “quemarle las barbas al diablo” que al parecer es vernáculo para “dejen de fumar porro.” Nadia: marihuanera de vida díscola. También encontraron una sospechosísima pastilla con forma de corazón, como esa que se comió Leonardo DiCaprio en la película de Romeo y Julieta, y que después lo puso “todo loco” y por “sus locuras” todo el mundo se murió. Pero esperen, peor aún, Rubén Espinosa dio positivo para, cha channnn, ¡cocaína!

La trama del entrelíneas nos dice que seguro la colombiana era una puta que tenía tormentosos amoríos con un dealer, y Nadia y Rubén, que eran unos hedonistas irresponsables, llegaron a afteriar y le marcaron al dealer violento que en vez de venderles drogas se ensañó en asesinarlos, y torturar especialmente a Mile Virginia Martín, que, como toda femme fatale, “lo merecía”. Por ahí saltan algunos personajes secundarios como “El viene viene” y “El malabarista” a quienes podemos darles una o dos líneas en la historia, para poder así salpicar a todos los grupos vulnerables de la ciudad –porque los hombres también son discriminados por clase, no lo olvidemos–.

Con el pequeño detalle de que no vivimos en una película, sino en la realidad. En la realidad, el dealer que te lleva drogas a la casa no te mata, porque si lo hiciera se le acabaría el negocio. En la realidad, esos mismos periodistas que con altisonancia escriben “drogas”, quizás se echan ¿de vez en cuando? un pase y un porro el fin de semana igualito que Nadia y Rubén. ¿No se dan cuenta de que cuando escriben sus notas amarillistas, su hipocresía contribuye a la impunidad de los crímenes contra sus colegas? ¿De cuándo acá dar positivo en un examen de drogas prueba que se trata de un consumidor sistemático, o problemático (que no son lo mismo, hay consumidores funcionales)?  En la vida real, ese “bajo mundo de las drogas” no es tan bajo; el mundo de los consumidores es bastante pedestre y seguro, como lo atestiguan las largas filas en los baños de las fiestas del D.F.

A todas estas sería importante diferenciar entre narcotraficantes (ilegal) y consumidores (legal) y recordar que el consumo de ninguna manera implica tráfico de drogas. También que la razón del narcotráfico no son los consumidores; los consumidores existían desde siempre, mucho antes de que existieran los narcotraficantes, cuya única razón de ser es la prohibición de algunas drogas (drogas como el alcohol, la nicotina, el azúcar, y la religión no están prohibidas), prohibición que no se ha levantado porque el negocio resulta más lucrativo para “los poderosos” si se mantiene en la ilegalidad.

Pero ahora hablemos de “La colombiana”. ¿Cómo es que una muchacha “de cuna humilde” logró viajar a México y tener un Mustang? Seguro, era algo ilegal, recuerden que “todo lo del pobre es robado”. Según una nota reciente del periódico El Tiempo en Colombia, retomada en México por el semanario Proceso, Mile Virginia Martín hizo varios “viajes sospechosos al extranjero” (es que los pobres no deberían salir ni de su barrio), y el más “sospechoso” de todos es uno a España. Ejem. Y bueno, la Visa de turista en México se le había vencido y estaba de ilegal, como me imagino que están tantas mujeres colombianas y latinoamericanas. Claro, hay detalles en el expediente que nos darían a entender otra historia, pero convenientemente, no han sido filtrados a la prensa.

Otra posibilidad es que Mile Virginia Martín tuviera un sugar daddy, lo cual, que yo sepa, no es una actividad de alto riesgo, sino un arreglo de lo más común en México y en muchos lugares del mundo. Finalmente el Mustang resultó ser del “novio”, o el amante casual, Daniel Pacheco, que ha sido detenido, y en cuya foto aparece con visibles golpes en la cara. Al parecer, Pacheco es un tipo muy torpe y se dio contra el picaporte, digo, contra la patrulla, o creo que también escuché el rumor de que “se tropezó voluntariamente contra el puño cerrado de un policía”, no estoy segura, pero, en todo caso, ya saben lo fácil que es hacerse a un ojo morado en la vida cotidiana. Antes es un milagro que no hubiera chocado el Mustang.

¿Y Mile Virginia? ¿Al fin sí era “puta”? Ella ya no puede desmentirlo. Pero, ¿y si lo fuera, qué? ¿Acaso los crímenes contra las trabajadoras sexuales sí pueden quedar en la impunidad? La fama de putas que tenemos las colombianas, y de narcotraficantes, es una fama que tiene su origen en condiciones reales: nuestro país tiene un gravísimo problema de violencia, la movilidad social es prácticamente inexistente para todos y además las mujeres tienen muy pocas oportunidades laborales y más si pertenecen a la clase trabajadora. En ese panorama, que por cierto es similar al mexicano, no es de extrañarse que muchos vean en el narcotráfico su única posibilidad para ascender socialmente, y eso, es culpa de un Estado que no le ofrece oportunidades a sus ciudadanos, y, ante un problema como el narcotráfico que afecta más a los más vulnerables, termina por criminalizar la pobreza. A eso podemos sumarle las condiciones geopolíticas y climáticas que hacen de Colombia un lugar privilegiado para la producción y distribución de drogas como la cocaína y la marihuana, que sería una ventaja, y no un problema, si estas sustancias fueran legales.

Por otro lado, en Colombia, para muchas mujeres “ser bonita” es la única forma de movilidad social y muchas veces un par de tetas de silicona son cuestión de supervivencia. A eso tenemos que sumarle que Colombia vive a diario el drama de la trata de personas, especialmente de mujeres con fines de explotación sexual. Mi país es origen, paso y destino de trata de personas y cada día es más conocido por el turismo sexual. Si muchas colombianas se dedican a la prostitución es porque venimos de un país violento que trata a las mujeres como objetos (hasta nos ofrece el ministerio de cultura en sus spots publicitarios que invitan a “venir a ver nuestros, paisajes, nuestras frutas, nuestras mujeres”). Ser trabajadora sexual, no es motivo vergüenza. Pena les debe dar a los que pagan por sexo sin preguntar por las condiciones laborales de las prostitutas, a los proxenetas explotadores, a los gobiernos cómplices de la explotación del cuerpo de las mujeres. A pesar de estas condiciones adversas, todos los y las colombianas somos personas, todos existimos, todos tenemos derecho a la dignidad. Si Mile Virginia Martín era trabajadora sexual -que no lo sabemos-, eso no la hace desechable.

Colombianos de la asociación de colombianos en México “Me muevo por Colombia” protestan en El Ángel el domingo 16 de agosto. Foto: Eliji Fukushima

Todo este discurso, que pinta buenos y malos, que nos pone a los espectadores en posición de hacer un juicio moral sobre los asesinados, solo lleva a construir una insensibilidad hacia las víctimas. “No eran como nosotros, ellos eran malos” y por eso “se lo merecían”. Pero no es así. Todas las vidas importan. Todos los muertos merecen ser nombrados. Todos los crímenes deben ser investigados exhaustivamente. “Mile Virginia sí era una cualquiera, cualquiera de nosotras” dijimos el domingo en un comunicado como asamblea de colombianos en México, Me muevo por Colombia. Lo dijimos conscientes de nuestra gran vulnerabilidad como migrantes pero también lo dijimos para hacer ver que un crimen como este nos pone en peligro a todos. Por eso pedimos #JusticiaParaMile #JusticiaParaLxsCinco y memoria para, en ella, mantenerlos vivos.

Ahora que por fin están exhaustas las líneas narrativas en esta deliberación hipotética les voy a revelar la verdad: la verdadera razón por la que mataron a Nadia, Yesenia, Mile, Olivia Alejandra y Rubén. ¿Están listos?

Los mataron porque pudieron.

Porque ninguna actividad, ilegal o no, ningún oficio, ninguna nacionalidad o gentilicio es justificación o explicación de un crimen como este. Los mataron porque en la Ciudad de México se puede cometer un crimen tan atroz a plena luz del día y en una colonia de clase media, y esto puede ocurrir con la tranquilidad de que lo más probable es que quede en la impunidad. Las cinco personas asesinadas en la Narvarte presentaban, todas, formas de vulnerabilidad que los hacían invisibles ante el Estado y esto los dejaba desprotegidos: eran casi todos migrantes, realizaban oficios irregulares o mal pagados, eran ilegales, mujeres, desplazados de la violencia, parte de una clase trabajadora invisible. Hoy muchos medios de comunicación se indignan ante este ataque a la libertad de prensa, pero siguen regateando los sueldos de los periodistas, pagándoles tarde y explotando su trabajo, y este es el momento de admitir que esas prácticas laborales inventadas en tiempos de La Plantación dejan a casi todos los periodistas de México (y de América Latina) muy vulnerables. Todas estas condiciones de vida precaria que experimentaban Olivia Alejandra, Nadia, Mile, Yesenia y Rubén, -sin cuya trágica presencia este caso no habría llegado a la prensa y serían simplemente otras cuatro mujeres asesinadas- facilitaron los asesinatos.

Los mataron porque pudieron, porque las vulnerabilidades de todos se sumaron para que el crimen pudiera ocurrir,  para hacer de las cinco personas asesinadas, ciudadanos de última categoría, con menos derechos que todos los demás, y por eso, la investigación no promete ser exhaustiva y en cambio parece que se quedará en los estereotipos comunes. En la vida real, nada podemos hacer con una serie de motivos para el asesinato si no tenemos la oportunidad, y esa oportunidad, en México, es estructural: la injusticia es el estado del Estado. Desprotección e impunidad casi absoluta: por eso los mataron.

¿Quién es el mero mero?

Columna publicada el 14 de julio de 2015 en Sin Embargo.

Meme tomado de InternetMeme tomado de Internet

La reciente fuga de “El Chapo” Guzmán de un penal de “máxima seguridad” ha revivido las comparaciones entre el capo mexicano y Pablo Escobar. El colombiano se escapó de la cárcel llamada La Catedral, en Envigado (municipio del Área Metropolitana de Medellín) en julio de 1992, un año después de que se entregara y luego de haber forzado a la Asamblea Constituyente a negar la extradición con una sangrienta guerra contra el Estado en la que murieron miles de civiles.

Escobar planeó su entrega desde 1989 y mandó a construir, en terrenos suyos y cercanos a su tierra natal, una cárcel a su medida en la que viviría junto con sus cuatro lugartenientes. El capo le pidió a su abogado, Guido Parra, que acordara con el alcalde de Envigado la construcción de la cárcel en un terreno adquirido por él en el cerro de la Paz, que forma parte de la geografía de su infancia.

Supongo que en el caso de Escobar no se puede -tampoco- hablar de una fuga, cuando fue el mismo narcotraficante quien escogió los terrenos y diseñó su lujosa mansión -que le concedieron como cárcel junto a sus secuaces-  a su antojo, con lámparas, cortinas, cuadros, altares a la Virgen y mesas de billar; jacuzzis, criaderos de animales para los hijos de familiares y empleados, entre un sinfín más de lujos, extravagancias y excesos. Quizás el Chapo estuvo un poquito más incómodo, aunque, sin duda, tuvo con la holgura suficiente para mandarse a hacer un túnel desde su ducha, lo cual no tendría que sorprender a nadie porque ya sabemos que los túneles son su especialidad.

Hoy abundan los titulares, artículos de prensa y hasta memes que comparan la fuga de un capo con la otra, el poder (quién tenía más plata según Forbes, más carros, y aun ¡más mujeres!), y hasta la BBC se pregunta si “El Chapo” es “el Pablo Escobar” del siglo XXI. ¿De verdad eso importa? A mí, que como colombiana viví esa violencia y vi cómo la cultura narco, desde sus valores hasta sus gustos permearon toda la sociedad de mi país,  me preocupa y me angustia muchísimo el tonito comparativo de los medios y el afán por escoger cuál de los dos fue más grande, más malo, más bigotón, el mero mero macho, cuyo nombre los narcocorridos cantarán sin tregua.

Hasta me han dicho que “El Chapo” admiraba profundamente a Escobar. Ya se ven en redes sociales mensajes que afirman que el capo mexicano “sería mejor presidente”. Y aunque el estándar de Peña Nieto es muy fácil de superar, la pregunta es: ¿Para cuantos mexicanos y colombianos este modelo de violencia machista se está convirtiendo en algo aspiracional? ¿Qué efectos tiene eso?

Ser el “capo de capos” no es ningún logro. Ahí no hay nada que celebrar. No crean que las fugas espectaculares y las sangrientas balaceras son un testimonio de la “astucia” de estos delincuentes. Son, más bien, el  testimonio de la desigualdad de nuestros países, en donde una de las pocas formas efectivas de movilidad y ascenso social parece ser el narcotráfico, cuyos réditos son inmediatos y exorbitantes. Y son testimonio de una fuerza pública corrupta (pues ninguna de esas cosas pudo haber pasado sin que supieran el ejército y la policía) y la complicidad de las personas en el poder, políticos y empresarios con el narco y sus maneras de blanquearles las cuentas. La “guerra contra las drogas” no se acaba porque no hay voluntad política para hacerlo, y no la hay porque hay mucha gente que gana mucha plata con el narcotráfico. Escobar y Guzmán son meras fachadas cuyo ego fue y ha sido alimentado por gobiernos, medios y sociedades que sucumbieron ante la fascinación de su maldad.

Estos capos, convenientemente endiosados, protagonistas de historias y mitos, tienen la función útil de ser cabezas visibles de un problema. Cortas la cabeza y dices en la prensa que se acabó. El 2 de diciembre de 1993, día en que asesinaron a Escobar miembros del ejército colombiano, la DEA y los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), Luz María, su hermana dijo “¿Y creen que porque mataron a Pablo se acabó el narcotráfico en Colombia?”. Y no. Porque “acabamos” con todos nuestros capos y contrario a lo esperado, la producción de cocaína sigue estable, si es que no ha incrementado.

La violencia del narco ha venido sofisticándose en muchos aspectos, y Guzmán y los capos sucesivos de acá y de allá, más que ser competencia de Escobar, han sabido ser discípulos juiciosos que han tenido en cuenta los errores cometidos por su “maestro” para no ir a cometerlos. Los de ahora mandaron a sus hijos a estudiar a las universidades del  Ivy League y ya regresaron al país como “empresarios” y políticos, tal cual lo hiciera Michael Corleone en las tres películas de El Padrino, y como lo hizo la ilustre familia Kennedy, que amasó su fortuna con el contrabando de trago (narcotráfico prehistórico). Y puede que ya no tengamos balaceras en cualquier calle, pero todos sabemos por cuáles no se camina si no quieres que te metan un tiro; ya no hay amenazas de bomba en los colegios (recuerdo que cuando era niña cada semana nos hacían un simulacro de evacuación, por si acaso), pues ahora estudian juntos los hijos de los narcotraficantes, con los de los políticos, con los de los fiscales. Aprendieron a mimetizarse

Desde que llegué, he tenido montones de veces la conversación sobre Escobar cuando se enteran de que soy colombiana. Me preguntan por su vida (y le dicen “Pablo”) como si yo, por ser colombiana, tuviera que saberme de memoria la biografía del “héroe nacional” cual si se tratara de Benito Juárez. Me dicen que ya en mi país todo anda bien (sí,claro. Ajá) y que ese Escobar sí que era “un tipazo”, que todo lo hizo “por su mamá”, que “el pueblo” lo adoraba. Nada de eso es del todo cierto, y la novela sobre El patrón, si bien está basado en un relato periodístico, no es un documento histórico. Cuando dicen que en Colombia “ya todo está bien”, lo que están diciéndome, a mi modo de ver,  es que puede existir un hombre como él y que después la cosa puede resolverse con un final feliz.

La violencia de Escobar y de la guerra contra el narcotráfico ha dejado en Colombia hondas y gravísimas secuelas. Sirvió y aún sirve para justificar el paramilitarismo que,  conjuntamente con el Estado, quienes fueran los Pepes, después convertidos en las Autodefensas Unidas de Colombia, ayudaron a matarlo y se aprovecharon del momento de inestabilidad para cometer a sus anchas magnicidios, asesinatos a sindicalistas, líderes de izquierda y genocidios como el de la UP, mismos que convenientemente aún se le endilgan al Patrón y no a los verdaderos responsables. También, con los “falsos positivos” (nuestros “43”), se demostró que la fuerza pública es sobornable y corrupta. Las conocidas prácticas de Escobar (mandaba a pedir niñas de los pueblos para que se las entregaran “en sacrificio”) les dio a las redes de trata la idea de hacer “subastas de vírgenes” (¡así como lo leen!). Es decir, el perfecto comodín. La violencia del narco también les dejó a todos los periodistas un nivel de autocensura del que es muy difícil sacudirse. Pablo Escobar no fue nunca, ni bajo ninguna luz, un héroe. Guzmán tampoco.

El otro día me contó un amigo colombiano, de visita en D.F., que paseando por La Roma llegó a la intersección de las calles Medellín y Sinaloa. Su acompañante, mexicano, le dijo ¡voy a sacarte una foto! Mi amigo, a quien la bomba en el vuelo 203 de Avianca puesta por el Cartel de Medellín en 1989 le dejó un familiar y dos conocidos muertos, declinó en silencio. No hay manera de sentir orgullo por esos muertos.