Proceso de paz

¡Del acuerdo no nos sacan!

Columna publicada el 12 de octubre de 2016 en El Espectador.

El martes, los grupos feministas LGBTI y de mujeres en Colombia se tomaron las redes sociales con el hashtag #DelAcuerdoNoNosSacan para exigirle al Gobierno que no saque la perspectiva de género de los acuerdos de paz.

El enfoque de género transversal es uno de los mayores aciertos de los acuerdos de paz, pues parte de un ejercicio de escuchar a los grupos de mujeres, especialmente a las víctimas, para plantear reparaciones a los abusos históricos que, por su género, han sufrido las mujeres y las comunidades LGBTI. Por primera vez en la historia, un proceso de paz reconoce la validez y la urgencia de estas luchas, y por eso, el enfoque de género en los acuerdos es un ejemplo para el mundo.

Sin embargo, la oprobiosa campaña del No logró convencer a los grupos cristianos y evangélicos de que la aprobación de los acuerdos impondría la “dictadura homosexual” y pondría en peligro “los valores de la familia” (heterosexual y heteronormada). Esta fue una de las mentiras que ayudaron a que el No “ganara”, aunque perdiera toda Colombia y quedáramos en este limbo angustioso que ha obligado al presidente a recibir propuestas absurdas por parte del uribismo y los grupos religiosos que, antes que una preocupación por garantizar la paz o reparar a las víctimas, se han lanzado a la causa de defender el poder del statu quo.

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#Acuerdo ya

Columna publicada el 8 de octubre de 2016 en El Heraldo.

Colombia es difícil y el proceso político que nos llevó hasta este momento histórico ha sido un camino sinuoso y enrevesado, no podía ser menos con una conversación tan complicada en un país que siempre ha estado polarizado. Que ganara el No el domingo habla de eso. Con el plebiscito fuimos superficiales y fuimos irresponsables, e hizo falta hacer pedagogía sobre los acuerdos en partes –del territorio y de la mente– adonde ni las noticias ni la racionalidad llegan. No es la primera vez que los votantes colombianos son manipulados con miedos y mentiras, y ambos se contrarrestan con más información de calidad, mejor comunicada.

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No había vivido lo suficiente para saber que el corazón se te desgarra porque falla un acuerdo político

Columna publicada en Univisión el 6 de octubre de 2016.

Hay una anécdota que funciona perfectamente para explicar la relación que tenemos los y las colombianas con eso que podría llamarse el orgullo patrio: nos inventamos que habíamos sido elegidos como el país con el tercer himno más hermoso del mundo. El rumor se regó como pólvora y pocos preguntaron por la naturaleza de tan particular competencia, ¿cómo eran las categorías? ¿quiénes fueron los jueces? Eso sí, lo que estaba claro era que había ganado la Marseillaise.

Esta anécdota inventada nos dice mucho de los colombianos y nuestro nacionalismo vergonzante: solo diciendo que quedamos de terceros la historia era creíble. Un primer lugar habría sido cuestionado inmediatamente por cualquier colombiano. Esta arraigada costumbre de hacernos zancadilla, de no confiar en nosotros mismos, es uno de los sinos que explican que, ante la sorpresa de todos, incluso de la oposición, ganara el No a los acuerdos de paz en las votaciones del domingo.

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¿Una nación a pesar de sí misma?

Columna publicada el 5 de octubre de 2016 en El Espectador.

La primera vez que tuve en mis manos ese libro que se ha convertido en el clásico básico y obligado de la historia del país: Colombia, una nación a pesar de sí misma, del historiador David Bushnell, pensé “qué gran título”.

Me tomó tiempo darme cuenta de que el título es un insulto, que yo, como colombiana, tengo perfectamente incorporado en mi identidad. Pensemos, por ejemplo, en esas cosas que llamamos “colombianadas”, cada una de ellas, también, a pesar de sí mismas. Días como el domingo, cuando pudimos ver, estupefactos, que la homofobia, la ignorancia, el miedo y el rencor son (y siempre han sido) fuerzas políticas importantes en nuestro país nos lo reafirman. La intuición de Bushnell es la misma de Macondo. Uno presiente la crónica garciamarquiana en el mero título de “Colombia: el país que rechazó la paz”. ¡Si hasta hubo un huracán! Y a pesar de todo, el país está ahí, paralizado un lado, el otro pavoneándose con mezquindad. “¡Qué más podría esperarse!”, dijeron muchos en el universo del “de eso tan bueno no dan tanto”. Mucho en nuestra identidad está marcado por un derrotismo cínico, y días como el domingo nos tientan a reafirmarlo.

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Columna publicada el 1 de octubre de 2016 en El Heraldo.

El destino de un país como Colombia no puede definirse a punta de mentiras. No se entregarán tierras a las Farc, ni se expropiará nada a nadie, los acuerdos, de hecho, están llenos de protección a la propiedad privada. Solo se le dará al partido político que surja de las Farc 10 curules en el congreso durante dos períodos, porque no podemos pedirle a una guerrilla que deje las armas sin darles garantías de participación política (y más aún con el precedente del genocidio político de la Unión Patriótica). El “castrochavismo” no “se tomará” Colombia, un país de marcada centro derecha y en donde hasta los más pobres tienen una mentalidad capitalista. Tanto Castro (en sentido figurado) como Chávez están muertos, y sus fantasmas no llegarán en forma de pajaritos a incidir en la política nacional. No habrá impunidad, habrá justicia transicional, una que pone en el centro del problema a las víctimas. Finalmente, no se impondrá la “ideología de género” porque tal cosa no existe (el término es un invento de las ultraderechas, usado para justificar el machismo y la homofobia). Lo que el acuerdo tiene es una perspectiva de género transversal que permite entender que las víctimas del conflicto han sido afectadas de manera distinta en virtud de su género o sexo, y, además, la Constitución colombiana, desde 1991, tiene el mandato de no discriminar por raza, etnia, sexo, género u orientación sexual.

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Paisajes sonoros

Columna publicada el 29 de septiembre de 2016 en El Espectador.

En su discurso del lunes, Timochenko, o Rodrigo Londoño, como deberíamos llamarle ahora, les “ofreció” perdón a los y las colombianas por el daño que han causado las Farc.

El verbo que usó es, digamos, curioso, porque uno “ofrece disculpas” y “pide perdón”, pero el contexto en que lo dijo no dio lugar a ambigüedades. Frente a los medios, frente a una plaza llena de civiles que representaban a muchos sectores del país, frente a las víctimas, pidió el perdón reticente que tanto le hemos reclamado a la guerrilla (y que también nos compete a todos: Ejército, Estado, políticos, paras, financiadores de cada uno de los bandos, e incluso los ciudadanos que hemos visto la guerra a través del noticiero). Fue la frase memorable que salvó un discurso farragoso, la más contundente señal de esperanza de toda la ceremonia de firma de los acuerdos de paz.

Luego vino un momento inesperado, pero cargado de tanta fuerza simbólica que ha podido reemplazar todos los discursos: cuando Londoño hacía esa impajaritable referencia a García Márquez que aparece en todos los discursos políticos que buscan “conectar con el pueblo” (y que siempre pasa por alto la ironía de que Cien años de soledad sea precisamente una gran crítica a la guerra y a la política colombiana), el estridente ruido de un avión Kfir (con los que bombardeaban a las Farc) le cortó la voz. Es más, vimos a Londoño palidecer, mirar hacia arriba con miedo, recobrar el aliento, esperar, sonreír y soltar la segunda mejor frase de su discurso: “esta vez pasaron para saludar la paz y no para tirar bombas”.

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Al son que me toquen bailo

Columna publicada el 10 de septiembre de 2016 en El Heraldo.

Arturo Char, senador de Cambio Radical y hermano del alcalde de Barranquilla, acaba de hacer público su voto por el “Sí” en el plebiscito con una salsa, compuesta por él mismo, en donde invita a decir “Sí a la paz”. Así lo reveló La Silla Caribe, en una entrevista reciente en donde le preguntan al senador por qué su preferencia es tan unívoca, cuando el líder de su partido, Germán Vargas Lleras, y su mismo hermano (que tiene aspiraciones a la vicepresidencia en clave con Vargas Lleras), se han mostrado ambiguos en su “sí, pero con reservas” a los acuerdos de paz. Arturo Char contesta que tanto el vicepresidente como el alcalde apoyan el proceso “a su manera”, que están “muy ocupados”, “con muchas cosas en la cabeza”, que las reservas son técnicas y que todos, como él, están emocionados.

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