Racismo

Caras pintadas

Columna publicada el 6 de mayo de 2017 en El Heraldo.

Debo admitir que me emocioné tremendamente al saber que Telecaribe haría una miniserie con la historia de la Niña Emilia, diosa de la cumbia y el bullerengue, una mujer que triunfó con su voz en un mundo de hombres, que vivió su vida con desparpajo y con humor, a pesar de que muchas veces estuviera marcada por la miseria. Como mujer Caribe, la Niña Emilia es un referente obligado, pero además su voz tiene esa extraña cualidad de poder a la vez alegrar y desgarrar el corazón. ¡Estas son las historias que tenemos que estar contando! Me dije.

Finalmente pude ver toda la serie en Youtube esta semana y, aunque sé que muchos han celebrado el esfuerzo de la producción local, y la participación de la hija de la Niña Emilia, Nelly Hernández, la serie tiene un error insalvable: la protagonista es una mujer blanca. Y para mayor horror: una mujer blanca con la piel pintada.

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Rebelión

Columna publicada el 21 de enero de 2017 en El Heraldo.

Rebelión es, quizás, la canción más conocida del Joe Arroyo, cuya voz al grito de “No le pegue a la negra”, es un grito desgarrado y empoderador, más aún en el contexto del Caribe, y más puntualmente, Cartagena. Quizás todos bailamos con el Joe porque la historia que cuenta la canción suena a que pasó hace muchos años, en una antigua, pasada, y esclavista Cartagena.

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Las propias

Columna publicada el 17 de diciembre en El Heraldo.

Les voy a contar una anécdota horrible sobre mi vida del colegio. Cuando éramos adolescentes, mis compañeros de clase, en bachillerato, tenían una práctica que llamaban “Propiar”. Esto era, ir “a donde las propias”, un misterioso plan al que las chicas del salón nunca éramos invitadas. Así que lo que sé lo sé de oídas, de las historias que contaban al día siguiente en clase, que podían ser o no ciertas, y que supongo que estaban en un intermedio entre la verdad y la exageración. En todo caso, estas aventuras consistían en que se llevaran los carros (caros y de marca) de sus papás, a los barrios populares de Barranquilla. Allí, según decían “levantaban pelaítas” que se iban con ellos, descrestadas por los carros. La historia era que con estas mujeres o niñas (nunca supe sus edades, ni creo que ellos preguntaran) tenían sus primeras experiencias sexuales. ¿Había consentimiento en estas experiencias? Quizás ni ellos lo saben, en ese entonces nadie hablaba al respecto, y en el colegio nuestra profesora de religión, que también daba la clase de orientación sexual, nos decía que lo mejor era la abstinencia.

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Privilegiados y vulnerables: la estructura social detrás de la muerte de Yuliana Samboní

C0lumna publicada el 11 de diciembre en Razón Pública.

En el fondo del crimen que estremeció a la opinión pública está un país donde algunos “son alguien” y otros “no son nadie”. Además de castigar al culpable, este caso exige una nueva reflexión sobre las verdades de una sociedad que estimula y tolera la violencia de género. 

Vulnerabilidades y privilegios

El pasado fin de semana Yuliana Andrea Samboní, una niña indígena, desplazada y pobre, fue secuestrada, violada, torturada y asesinada por (según señala la evidencia) Rafael Uribe Noguera, un hombre, educado, blanco y de clase alta.

El crimen ha logrado horrorizar y conmover a un país que suele permanecer indiferente ante las muchas formas de violencia de género. El crimen también es un retrato de las desigualdades y tensiones sociales que se viven en Colombia y que influyen sobre el modo de ejercer la violencia y sobre las formas de impartir justicia. Por eso importa comenzar por un análisis de las vulnerabilidades y privilegios en la sociedad donde tuvo lugar este crimen. 

Esas vulnerabilidades y privilegios no son inherentes a la naturaleza, sino que son construcciones sociales. Ser niña, ser indígena o ser mujer no son desventajas en sí mismas, y en una sociedad justa no tendrían por qué serlo. Pero en un país machista y racista ser una mujer indígena implica tener problemas de acceso a derechos fundamentales como la educación y la salud, o una vida libre de violencia.

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Maluma es machista, pero no más que otros cantantes como Gardel, Sanz, Sting o The Beatles

Columna publicada en Univisión el 7 de diciembre de 2016.

Esta semana se hizo viral una columna del Huffington Post, escrita por la española Yolanda Domínguez, en donde señala que el cantante de reggaetón colombiano, Maluma, es machista y misógino en su canción ‘Cuatro babys’. Domínguez afirma, con razón, que en su letra, la canción trata a las mujeres como “meros cuerpos intercambiables y disponibles al servicio del deseo sexual ilimitado”. Hasta ahí Domínguez tiene razón.

Pero luego su argumento se debilita, pues no puede evitar detenerse a decir que el cantante tiene “pésima pronunciación” (¿según quién?) y “algunos problemillas de dicción” (¿quizás porque su acento no es ibérico?). Domínguez tampoco concibe que la canción afirme que alguien está enamorado pero tiene sexo promiscuo. Pero la promiscuidad no es un problema moral, el problema moral es el engaño (de lo cual no se habla en la canción).

Mejor dicho, a Domínguez se le sale lo clasista y lo tradicional. Y además termina con la pregunta equivocada: “¿No os aterra que vuestros hijos se eduquen con estos modelo?”, apelando a un terror populista, pero sin detenerse a pensar que “vuestros hijos” no se educan con Maluma, a menos que la educación que les den sus padres y el colegio sea en extremo paupérrima y deficiente.

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Los ojos del agua

Textos publicados como parte del taller: “Historias del agua, nuevas formas de contar la escasez” – organizado por la FNPI y Chicas Poderosas con el apoyo de CAF – Banco de Desarrollo para América Latina y Oxfam entre el 16 y el 20 de mayo de 2016. Los trabajos periodisticos producidos en el taller pueden verse aquí.

Los ojos del agua

Los wayuu son hijos de la tierra, emanaron de los ojos del agua, que son las ii, o vagina de la tierra. Los arijuna, en cambio, son los hijos del viento, pueden vivir en cualquier parte,. Los wayuu, en cambio, siempre regresan a su territorio, así sea en la muerte. Desde sus inicios, la historia de esta cultura ha girado alrededor de la tensión entre la sequía del desierto y las fuentes vitales que los congregan, si los ii se cierran se extinguen los wayuu. Su historia es la de un pueblo sin fronteras, pero profundamente vinculado al territorio, y la mirada de los wayuu emerge de las entrañas de la tierra. Por eso, sus ojos, son también ojos de agua.

Los putchipui, o el vehículo de la palabra

En la cultura wayuu, los palabreros o putchipui son considerados “el vehículo de la palabra”, encargados de mediar y conciliar conflictos en las comunidades. Eugenio Odilón Montiel Epiayu tiene 64 años y fue palabrero durante 30 años. Odilón es su nombre occidental, su nombre verdadero es Aramaira, que quiere decir “bien nacido y bien venido” y pertenece al clan Uriana. Como siempre tuvo facilidad para la palabra, a los 17 años ayudó a su familia en una negociación y así comenzó su experticia como gestor de la ley oral wayuu. Explica que un palabrero debe ser, ante todo, una persona con “solvencia moral” es decir, que debe ser una persona ética y recta, que de ejemplo, pues su lugar como autoridad ética dentro de los wayuu es algo que se construye a diario con su buen comportamiento. Cuando una familia necesita un palabrero para mediar en un conflicto, le paga el valor del viaje y una parte del arreglo entre familias, que puede incluir chivos, ovejos, collares y chirrinchi para tomar.

Para Odilón Montiel, la principal diferencia entre la ley wayuu y la de los arijuna (es decir, el derecho colombiano) es que “los abogados tienen dos verdades: la verdad verdadera y la verdad procesal. La verdad procesal con cien mentiras que se convierten en una verdad, y en la ley wayuu, no hay mentiras” pues cuando el palabrero le pregunta a alguien de la comunidad si ha hecho algo malo, la persona agacha la cabeza y admite sus errores “porque tienen respeto, es una verdad ancestral”.

La justicia arijuna

Su sobrina, Maisuneth Tranquilina Iguarán Montiel (descendiente de Tranquilina Iguarán, ancestra de Gabriel García Márquez) coincide con su tío. Maisuneth es abogada con una especialización en conciliación. Las mujeres, en la cultura wayuu, no pueden ser palabreras, pues su papel es el de “garantes de la verdad wayuu”. Ser abogada conciliadora es lo más cercano a una palabrera, pero sigue siendo diferente, para ella prevalece la ley de la cultura wayuu y ve como una ventaja que los acuerdos que se hacen en su cultura se respetan y resuelven los problemas de raíz, ya que no se basan en el castigo o la prohibición sino en la compensación de los daños. Esto permite que la parte agredida se sienta reparada. Pero, Maisuneth también anota que el arreglo se hace entre el palabrero y los mayores, muchas veces no toma en cuenta los deseos de la víctima. Sin embargo, es innegable que la justicia wayuu es más rápida para resolver los conflictos que la justicia colombiana, pues para la fiscalía la solución de un caso puede tomar años, si es que no prescribe.

La dignidad en un nombre

Estercilia Simanca es hija de una mujer wayuu con un arijuna afrodescendiente, así transita entre dos mundos, después de todo las wayuu son mujeres de frontera. Hacia el 2007, se dio cuenta de que muchos wayuu estaban registrados como nacidos el 31 de diciembre. Su sospecha se hizo mayor al darse cuenta de que algunos se llamaban “Coito”, “Payasito”, “Putica”, “Cosita Rica”, “Cabezón” y descubrió que en las registradurías le estaban poniendo nombres irrespetuosos a su comunidad. Como los wayuu no tenían un intérprete que los ayudara, los registradores se aprovechaban para burlarse. El caso comenzó con Rafael Pushaina cuyo nombre en la cédula aparecía como “Raspahierro” (1). Como abogada, Estercilia decidió ayudarle a buscar con reparación, pues él le dijo “en mi tumba yo quiero que diga Rafael Pushaina, después de muerto no se van a seguir burlando de mí”. Sin embargo, la reparación no podía hacerse uno por uno. En Colombia, uno puede cambiarse el nombre una vez en la vida, gracias al decreto 999 de 1998, pero es costoso, son al menos $90,000 pesos y además un wayuu tendría que pagar transporte y un intérprete para ir a la registraduría. Era injusto e inaccesible ejercer el decreto para la comunidad. La estrategia de Estercilia fue escribir el cuento “Manifiesta no saber firmar”, que al ser publicado llamó la atención de varios académicos y de una documentalista que hizo una pieza para Señal Colombia. Luego otros medios, como el canal RCN, retomaron la historia, que se convirtió en una estrategia legal para que los wayuu pudieran cambiar su nombre sin cobrar un solo peso. Fue una reivindicación legal que comenzó con la literatura, con un cambio cultural. Esto dio origen a la circular 276 de 2014 (2) que anuncia que cualquier wayuu puede cambiar su nombre gratis y en cualquier parte del mundo. La circular también exige que en el registro de nacimiento se ponga una nota que de cuenta del clan wayuu al que pertenece cada persona, de manera que no se pierda el matrilinaje y que permite que no haya que pedir certificación indígena y esto también permite que las autoridades tradicionales certifiquen los nacimientos. Al comienzo, los funcionarios tenían temor de que los wayuu no respondieran, pero el primer día llegaron 180 niños, vestidos con sus ropa de salir para hacer el nuevo registro. Fue evidente que para todos, recuperar la dignidad de su nombre, era vital y necesario. Para Estercilia, el próximo paso es la expedición de una cédula indígena para todas las comunidades indígenas de Colombia, que también de cuenta del clan en el documento de identidad.

 

La medicina tradicional wayuu

Cecilia Eufrosina Jusayu, es el nombre que aparece en su cédula, pero esta médica wayuu prefiere que la llamen Cecilia Bonivento. “A mí sí no me gustan los hospitales. Por ejemplo, le sacan mucha sangre a uno, le puyan mucho. Estuve en el hospital por el azúcar y mis hijas me llevaron a Maicao, yo les dije que no, que me sacaran, para tomar la sábila, y eso fue lo que tomé.” Antes, los wayuu no tenían médico y asistían a su equivalente en la medicina tradiconal: las piachi. Cecilia, que vive en el casco urbano de Uribia, es una de las piachi más respetadas, tiene 71 años, 4 hijas y 25 nietos. Aprendió la medicina observando a su mamá. En la cultura wayuu, la dimensión de las enfermedades es espiritual (wanulu) y física (ayuule). Las piachi también ayudan a las mujeres con los partos, aunque usualmente las mujeres wayuu se bastan a sí mismas. Cecilia cuenta que con su primera hija le echaron arena y un trapo limpio para que cayera la bebé. Con una cuchilla gillet y un pedazo de hilo amarró el cordón umbilical y la puso en una montura de burro, “me duré un rato con la placenta, llegó la suegra mía, y me dio ceniza, preparó en agua, lo cuela, me dio esa toma, entonces me agarró aquí suaveciiito, y puaaaaa, salió todo.” Sus hijas, en cambio, tuvieron sus partos por cesárea y en el hospital, no hay problema en recurrir a la medicina arijuna pues “todos los partos son diferentes”.

Explica que las enfermedades más comunes en la comunidad son la gripa y el dolor de huesos, también está preocupada por la creciente epidemia de sika. Para recibirnos, Cecilia se maquilla con una mezcla de cebo de ovejo y un hongo silvestre molido, que también hace las veces de bloqueador y es cicatrizante. Otros de sus remedios son: la bija roja, para la bronquitis; el cristal de sábila que cura la gripa, limpia el estómago, y hasta ayuda adelgazar. La piachi nos muestra cómo machaca las plantas: con una piedra sobre otra gran piedra cóncava que hace las veces de mortero. Los tratamientos médicos wayuu también se preparan con cortezas, frutos, hojas, tallos y raíces de plantas silvestres, a veces también incluyen el consumo de reptiles y aves. Cuando le preguntamos por el mejor remedio para la desnutrición, contesta, entre risas “¡comer!”, pero luego aclara que lo mejor es comer paloma e iguana chiquita, pues dan fortaleza y tienen muchas vitaminas. Las plantas, en la cosmogonía wayuu, son los primeros hijos concebidos por la lluvia y la tierra y tienen el don de la curación. Según estudios de la Universidad de la Guajira los wayuu cuentan con alrededor de 175 especies de plantas con que se curan del lado venezolano se hablan de unas 300.

Los wayuu y la medicina alópata

En el Hospital de Nuestra Señora de los Remedios en Riohacha, Sisleny Castaño es la coordinadora del Programa de atencion integral en salud y nutrición con enfoque comunitario en zona rural y comunidades dispersas. Sisleny es médica de profesión pero también pertenece a la comunidad wayuu. Su programa presta servicios de salud a los wayuu de Riohacha y los corregimiento cercanos. A las rancherías llegan equipos conformados por médicos y todos los promotores son hablantes de wayunaikii. Dan atención prioritaria a las gestantes y a los niños menores de 5 años. Entre los servicios que prestan, entregan una fórmula médica lista para consumir, donada por Unicef, que busca ayudar con el problema de desnutrición que viven las comunidades. Cada comunidad o ranchería está conformada por 20 o 25 familias, que tienen entre 2 y 10 integrantes cada una. A veces es difícil que la comunidad acepte la medicina occidental, por ejemplo, a veces se resisten a aceptar el uso de inyecciones o jeringuillas pues para los wayuu la sangre es algo sagrado, pero cuando la medicina tradicional no es suficiente muchos wayuu acuden con sus familias al hospital. Aunque está formada en la medicina occidental, Sisleny confía en la medicina wayuu, y respeta los usos y costumbres de la comunidad. “Tengo primas que se han cuidado para no quedar embarazadas con la jawapia y les funciona y les funciona”, cuenta, “la jawapia es una planta que ellos [los wayuu] trituran y secan para tomarse disuelta en agua. Las jawapias tienen una variedad de usos, desde ser un efectivo métodos anticonceptivo hasta espantar espírutos malos.

El don de los sueños

Rita Fince empezó a soñar con que los corrales de animales se quedaban vacíos. Esta fue una señal que auguraba la fuerte sequía que hoy se vive en la Guajira. Rita tiene 62 años y recibió el don del sueño cuando tenía 50, desde entonces, tanto los wayuu como los arijuna buscan a esta Outsuü, o chamana wayuu, para pedirle baños de plantas que les traerán buena fortuna. A los wayuu, Rita les pide ovejos o collares a cambio de su trabajo, a los arijuna, que no pueden entender el sentido de valor en su cultura, les cobra alrededor de $300,0000 pesos, apenas una pequeña parte de lo que podría costar un collar wayuu. El don llegó a ella en un sueño, que le mostró cuales eran las plantas que debía usar para bañar a hombres y mujeres cuando tienen problemas o tragedias, las plantas evitan que vuelva a suceder un accidente o una falta de respeto. Si una parranda termina en golpes, o si un carro te atropeya, hay una planta que puede prevenir que esto vuelva a pasar. Los espíritus también le enseñaron a Rita como ayudar a las mujeres a parir, con sus manos les ayuda a acomodar el poner el feto en posición para el nacimiento, es una suerte de ginecobstetra espiritual. Cuando una mujer sueña con al luna es un buen presagio, si la luna brilla incandescente es señal de que su matrimonio durará toda la vida, en cambio si la luna se nubla y se apaga es una mala señal. Su mayor pesadilla, es la oscuridad. Rita también sabe que cuando los wayuu mueren se van caminando a Jepira, lo que los arijuna llamamos El Cabo de la Vela, y allí continúan su vida familiar.

Ounusu taya nu chirua Cristo

En febrero del año 84, el misionero Antonio Balanta, de Cali, perteneciente a la denominación Bautista, llegó a La Guajira en su trabajo misionero, cuenta Elier Cuadrado, presidente de la Asociación de iglesias indígenas, de la ranchería Poromana, la primera ranchería cristiana de la Guajira. Comenzó con su versículo favorito, Juan 3:16. Balanta atrajo a los indígenas con el sonido de su acordeón, y enseñándoles medidas de salud básica “ustedes ya no tienen que beber de esta agua, beban el agua hervida, entonces les dijo que esa agua la enviaba Dios”, cuenta Cuadrado. Aunque los hombres los rechazaron, dos hermanas Isabel y María Julia Epinayu creyeron en su palabra. Isabel y María Julia, hoy son devotas y entusiastas de la iglesia cristiana bautista, que hoy cantan a Cristo en wayunaikii frente al templo de la ranchería, una casa de cemento pintada de azul, celeste como el cielo al que aspiran en la vida eterna cristiana (3). Esta comunidad dejó de lado a dioses como el dios luna, o el dios lluvia, y los simplificaron en un solo Dios Creador. A pesar de este cambio, la comunidad de Poromana se sigue relacionando con otras comunidades wayuu con espiritualidad tradicional y conservan usos y costumbres como la lengua o la vestimenta. Los wayuu son comunidades muy espirituales, y estos cristianos conservan la creencia de que los espíritus wayuu existen y que los sueños son enviados por Dios para anunciar que algo va a pasar. Son muchos los tipos de cristianismo que han llegado a la Guajira, esta comunidad Bautista no está de acuerdo con los cristianos que se oponen a las transmisiones de sangre o los que no lloran a sus muertos. “Cómo el Dios de ellos no va querer que otra persona se salve. A veces por un acto de esos, generan mala fama a toda la comunidad cristiana.” La escasez que hoy vive la Guajira se la atribuyen a los errores de los humanos que han consumido los recursos naturales y destruido su entorno, provocando una situación similar a lo que el Nuevo Testamento, traducido al wayunaikii (4), narra como el fin de los tiempos.

 

Tamuin re, el mañana de la cultura wayuu

La escuela Sauyepia Wayuu, o “semillero wayuu” funciona en Uribia, y su fundador y director el profesor Joaquín Prince.  Es un proyecto para fortalecer la cultura wayuu entre los jóvenes y adolescentes que funciona por las tardes después de clase. Por el programa han pasado más de 20 jóvenes que al cumplir 18 años se convierten también en formadores, como el joven docente Jarlis Charlis. Esta iniciativa comunitaria funciona en una escuela tradicional privada, gracias a estímulos del Ministerio de Cultura y el apoyo de la empresa privada. “A veces el niño en el colegio dice ‘la mapa’ y el profesor piensa que está hablando mal, pero el niño habla espiritualmente, pues para los wayuu la tierra es un sustantivo femenino. El proyecto busca la creación de espacios biofísicos y dentro de la escuela se han creado espacios sagrados que se llaman pi’oi y aquí, por las tardes, los niños practican la música wayuu con tambores hechos con los troncos de los árboles y el cuero de las vacas: es una forma de volver a conectarse con la naturaleza. Guillermo González Epiayu es un joven palabrero en formación, y ayuda en los conflictos dentro de la entidad educativa, elegido también por su afinidad con la palabra. Cuando sea adulto, además de ser palabrero, quiere dedicarse a la docencia. Joaquín explica: “Si los españoles no nos vencieron, sí vinieron los capuchinos con sus conventos y no nos vencieron, y en cambio terminaron aprendiendo nuestra lengua, menos nos vencerá la tecnología y lo que está pasando hoy. La cultura ancestral siempre a estado viva y es la mayor fortaleza de los wayuu.”